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Etiquetas:   Carta al director  

La dilatación de la vida

Francisco Arias Solís
Redacción
viernes, 23 de febrero de 2007, 21:37 h (CET)
“Para ti, patria, árbol arrastrado
sobre los ríos, ardua España mía,
en nombre de la luz que ha alboreado:
alegría.”


Blas de Otero

La alegría es asunto de cada uno de nosotros, y en buena medida depende de diversos azares. A veces la poseemos y nos llena el alma; otras, mantenemos con esfuerzo un hilo que nos permite seguir adelante; en ocasiones nos está negada por un destino adverso. Las circunstancias exteriores la pueden hacer posible, tal vez favorecer, es decir, hacerla más probable, pero nunca la pueden dar.

Pero hay otra forma, que no puede ser impersonal, porque la alegría afecta a la persona misma, pero que tampoco es estrictamente personal, de cada uno de nosotros. Es la que podríamos llamar alegría transpersonal, que es compatible hasta con una situación particularmente dolorosa. Corresponde al estado de la vida colectiva; la estimula la dilatación de la vida que en ocasiones se experimenta, sea cualquiera nuestro estado de ánimo personal. Y otro tanto podría decirse de la tristeza, de la angostura en que no respiramos bien, del despliegue de cada uno a un rincón de sí mismo. A la larga, la primera situación engendra magnanimidad; la última, pusilanimidad. Es lo que explica históricamente que algunos pueblos, en ciertas épocas, tengan grandeza, y otros queden reducidos a una penosa mezquindad. No se trata de un fatalismo étnico, no depende de las dotes, sino de lo que se hace en ellas, de la configuración que la vida va tomando.

La vida es particularmente dura; hay mil problemas, inconvenientes, males; pero todo eso parece normal, la estructura misma de las cosas, y no es objeción para lanzarse a los proyectos atractivos, a las empresas que ilusionan.

Hace treinta años, los españoles sentimos esa dilatación de la vida que preludia y hace posible las formas interesantes de la vida colectiva. Hemos dado pasos decisivos hacia adelante, más largos y seguros de lo que nadie hubiera esperado unos años antes. Los temores que invadían la sociedad española, expresados en la lamentable pregunta “¿Qué va pasar?”, se disiparon; en su lugar se sintió confianza, casi seguridad de que no iba a pasar nada, se entiende, nada malo.

Pero hay un cierto catastrofismo larvado. A muchos hombres de nuestro tiempo, lo que no es malo no les sabe a noticia. Cuando no pasa verdaderamente nada malo, se empieza a pensar que no pasa nada, y se pasan por alto las más importantes transformaciones positivas. Si acaso, se subrayan los aspectos menos buenos, los inconvenientes que la realidad siempre muestra; poco importa que sean proporcionalmente mínimos, desdeñables: es lo único que se señala, exagera, comenta.

Ha habido un propósito decidido y bastante sistemático de agriar una vida que , a pesar de sus asperezas, mostraba una manifiesta voluntad de dulzura y cordialidad. El diestro manejo del silencio ha ido llenando de sombras intencionadas el horizonte de nuestra vida colectiva; se ha procurado -y en gran parte se ha conseguido- que las figuras grandes parezcan pequeñas, que algunos pigmeos se agiganten por un defecto de óptica, que se prefiera lo inferior a lo superior. Esa tentación de nuestro tiempo -y de otros-, el rencor contra la excelencia, ha tenido una extensión desmesurada, ha sido aceptada y consentida por demasiados.

Pero nada de esto es verdaderamente grave. Para remediarlo basta con una sola cosa: que los españoles no lo acepten. Quiero decir que no renuncien a esa dilatación que les pertenece y tenían ya en sus manos; que recobren su capacidad de imaginación, proyección, decisión. Que no se contenten con lo que les ofrezcan, sino que sean capaces de buscar por sí mismos y elegir con libertad.

Basta con que no nos dejemos fascinar por la pintura negra, por la mezquindad, por la preferencia por lo torvo y sucio. Si los españoles rechazan ese sutil sistema de “vetos” que se les está sirviendo, si vuelven los ojos a lo que posee, si prefieren lo superior a lo inferior, si no dejan que decidan por ellos, el horizonte volverá a estar abierto. Y pronto se alumbrarán sea cualquiera nuestra situación particular, esos manantiales de alegría transpersonal sin la cual no hay creación histórica ni vida colectiva digna. Y como dijo el poeta: “Para el hombre hambreante y sepultado / en sed -salobre son de sombra fría- / en nombre de la fe que he conquistado: / alegría”.

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