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Afganistán: todo un abismo

Piotr Goncharov
Redacción
jueves, 22 de febrero de 2007, 18:57 h (CET)
Ya se considera casi mal gusto no regañar a la OTAN ni resistir la tentación de dar un puntapié a EE UU por sus acciones en Afganistán.

Arraigó la opinión de que los asuntos de la OTAN en Afganistán van de mal en peor. Que EE UU se está atascando en el cenagoso terreno afgano, lo mismo que pasó en Irak. Que de día en día la situación en Afganistán sigue agravándose. Que EE UU y la OTAN siguen repitiendo los errores “soviéticos” y correrán inevitablemente la suerte de la URSS. Entretanto, a mi modo de ver, semejantes estimaciones pecan de impresición.

Naturalmente, Afganistán atraviesa un período complicado y muy difícil de su historia. Período de consolidación de la nación que siguió a la expulsión de los talibanes de Kabul, que se prolonga ya más de cinco años. Al caracterizar en términos concretos el momento actual, la situación en Afganistán alcanzó su punto álgido. Por un lado se encuentran los reformadores deseosos de edificar, en el marco del Estado islámico, una moderna sociedad democrática basada en los valores universales y por esto, bastante laica; por el otro, los talibanes y sus opositores de siempre: los mojaheddines que no estarían en contra de reanimar el pasado de Afganistán. Pero cada bando lo interpreta a su manera. Hoy, no cabe duda que la balanza se inclinó a favor de los reformadores. Ahora lo principal es consolidar este éxito. En su entrevista con expertos rusos, el enviado especial adjunto del Secretario General de la ONU, Christopher Alexander, quien a primeros de febrero visitó Moscú, destacó dos tendencias que denota claramente el desarrollo de la situación actual en el país. La primera se refiere a la activación esencial del movimiento Talibán, mientras que la segunda está relacionada con la normalización de la economía y de las relaciones sociales, pero, por fin, –lo que es principal- con la consolidación de la sociedad afgana. Estas conclusiones pueden considerarse justificadas aunque no del todo.

Por ejemplo, el pasado año 2006 la economía afgana arrojó un aumento del 10-12%. No obstante, de entrada debo decepcionar a los “amigos” de Afganistán. Este crecimiento no se debe al narcotráfico, sino al intenso desarrollo del sistema de comunicaciones, la construcción, incluida la vial, y el comercio.

Comienza a levantar cabeza la agricultura que constituye la base de la economía que parecía absolutamente arruinada. Por primera vez en esos 10-15 años el campesino afgano pudo crear excedente, sea insignificante, de producción agropecuaria que se exporta a la India y Pakistán vecinos.

Naturalmente, todos estos éxitos son resultado del apoyo financiero que la comunidad internacional presta a Kabul y, ante todo, del convenio “Paquete afgano” aprobado en febrero de 2006, en Londres. De hecho, ese convenio por el valor de 10,5 mil millones de dólares USA fue concluido entre Afganistán y la comunidad internacional para realizar un programa quinquenal tendente a normalizar la vida en Afganistán y reanimar su economía.

Pero importa señalar otro aspecto del mismo. El citado acuerdo se realiza en el marco del programa panafgano “Solidaridad nacional” orientado a intensificar la actividad de las estructuras estatales de base que hasta el presente seguían siendo el eslabón más débil del proceso de reanimación de Afganistán.

La esencia del programa consiste en lo siguiente: los órganos de poder a nivel de consejos (shurá) de las aldeas y los distritos rurales presentan a Kabul el plan de desarrollo de su región que ha de ser aprobado por el Ministerio de Desarrollo de las aldeas y los patrocinadores internacionales. Ese documento incluye la reparación de carreteras y puentes, la construcción de escuelas, puestos de practicantes, hospitales, sistemas de irrigación, etc. Las organizaciones internacionales asignan hasta 50 mil dólares USA para realizar el concreto plan concordado y ejercen el control de su gasto adecuado. En total, al Ministerio de Desarrollo de las aldeas le fueron asignados 650 millones de dólares. El programa abarca ya a más de 17 mil pueblos de las 34 mil existentes en Afganistán. Pero procede señalar lo principal: la participación activa de las mujeres en las labores de los consejos locales y, además, no en las cercanías de Kabul, sino en las provincias orientales, entre ellas, Paktia. Es un rasgo significativo para Afganistán.

El proceso de consolidación de la nación es muy doloroso, ya que no podrá evitar un problema tan áspero como el liderazgo histórico tradicional de los pushtúes en Afganistán en el contexto del reforzamiento del rol de las minorías nacionales, ante todo, los tajikos, khazarios y uzbekos. Estas minorías nacionales constituyeron la base de la antigua Alianza Septentrional en lucha contra los talibanes, pero llegados al poder, muchos líderes de la alianza la comparten de mala gana con los pushtúes. Por supuesto, este problema tiene solución, pero se requiere tiempo.

En opinión de los propios afganos, Kabul ha logrado mejorar notablemente la situación relativa a la seguridad en las provincias septentrionales, occidentales y centrales de Afganistán. Por ejemplo, ya dejó de ser problemático viajar en coche de Herat a Kabul. La situación más o menos similar se observa en todas las provincias del norte, pero sigue siendo muy grave en el sur y el suroeste del país, donde los talibanes han intensificado bastante sus acciones.

Por ejemplo, en 2006, en algunos combates del lado de los talibanes participaron más de dos mil extremistas. Aumentó en flecha el número de atentados terroristas con uso de explosivos. Procede señalar que en 176 casos fueron realizados por terroristas kamikaze (a título de comparación: en 2005 el número de actos terroristas con participación de kamikaze no sobrepasó 100). El 2006 fue el año record también por el número de víctimas: más de 4000, mientras que en 2005, menos de 1000.

A comienzos de la campaña antiterrorista EE UU logró torpedear notablemente la influencia del Talibán en el sur y sureste de Afganistán. El proceso de consolidación y ampliación de su influencia se inició ante todo en las provincias del sur del país pobladas de pushtúes, lo que obedece a los factores objetivos y subjetivos. Pero una de las causas principales del renacer del Talibán fue su apoyo por una parte del establishment político de Pakistán y de sus radicales movimientos islámicos.

Es un problema muy complicado para Afganistán. En opinión de muchos expertos afganos, para poder resolver el problema de apoyo que prestan a los talibanes los sectores pakistaníes, se precisa la asistencia más activa de la Gran Bretaña y China que tienen palancas de presión sobre Islamabad.

Actualmente, en Afganistán funcionan dos estructuras militares extranjeras: el contingente de las Fuerzas Armadas norteamericanas y otro de la Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad (ISAF) controlado por la OTAN e integrado por 43 mil efectivos. Sin embargo, para resolver el problema afgano se precisa no sólo ni tanto la asistencia militar como el apoyo político y económico internacional.

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Piotr Goncharov, RIA Novosti.

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