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No existe una fórmula mágica para los sucesos de Irak

Marianna Belenkaia
Redacción
miércoles, 21 de febrero de 2007, 13:46 h (CET)
Ha transcurrido más de un mes desde que el presidente Bush hiciera pública su nueva estrategia de acciones en Irak.

Sin lugar a dudas, es un período insuficiente para evaluar su eficacia, máxime que todavía no ha empezado a ejecutarse en plena medida. Pero el problema es un poco otro y consiste en si realmente existe una estrategia de arreglo en Irak.

Dos planteamientos de esta estrategia no suscitan objeciones algunas. Primero: no existe una fórmula mágica para normalizar la situación en Irak. Segundo: el comienzo de la retirada de las tropas norteamericanas de este país en tiempos próximos no hará sino agravar la situación y, además, provocará el robustecimiento de las fuerzas extremistas en toda la zona del Gran Oriente Próximo. Bush parte de que es imposible permanecer inactivos en Irak. Pero, ¿qué acciones emprender?

El aumento del contingente de militares norteamericanos en Irak llamados a invertir la situación y cambiar a su favor la correlación de fuerzas es una medida lógica. Ello no obstante, muchos expertos en temas militares dudan de que el aumento del contingente norteamericano en otros 21.500 efectivos contribuya a introducir cambios sustanciales en la situación. Primero, porque a lo largo de toda la campaña iraquí (desde 2003) el número de militares extranjeros emplazados en este país no dejó de experimentar zigzagueos. Indistintamente de si disminuía o volvía a crecer, esto no suponía cambios sustanciales en la situación. Los períodos de calma se sucedían con brotes de violencia. Segundo, expertos, incluidos los norteamericanos, sostienen que para cambiar la situación en Irak a favor de EE.UU., allí deberían estar acantonados unos 450 mil efectivos y no 140 mil, número de militares que se encontraban en Irak hacia el momento de presentar Bush su nueva estrategia. De otro lado, Bush no plantea la tarea de establecer el control sobre todo el territorio iraquí. Se trata, antes que nada, de la situación en Bagdad y en la provincia de Anbar. Precisamente allí será acuartelado el contingente adicional. Tal vez, será un número suficiente para lograr una superioridad en las fuerzas, aunque sea temporal. Con tanta más razón que el mandatario norteamericano no proponía limitarse al aumento del efectivo orgánico sino también modificar la táctica de sus acciones.

Mientras que antes los militares norteamericanos e iraquíes eludían entrar en áreas en que las tribus estaban enzarzadas en luchas intestinas, ahora el Gobierno de Irak les dio su consentimiento para hacerlo. Además, el primer ministro iraquí Nuri al-Maliki dio libertad absoluta de acción a los norteamericanos y a sus propias fuerzas de seguridad para detener a cualesquiera individuos que provoquen desórdenes, indistintamente de su afiliación en uno u otro partido ni de credos religiosos. Los últimos días evidencian que en Bagdad los norteamericanos intensificaron las operaciones contra los grupos armados chiítas, aunque trataron de no meterse con la comunidad chiíta cuyos representantes constituyen la mayoría en el Gobierno.

Sin lugar a dudas, son plausibles los intentos de los norteamericanos de separar las partes enfrentadas en Irak, pero este propósito puede resultar contraproducente. Sin conocer los usos y costumbres locales, es muy difícil determinar quiénes son los justos y quiénes, los pecadores. Así que tales intentos sólo pueden causar mayores víctimas entre los militares norteamericanos y no invertir la situación. Tal resultado deplorable, sin lugar a dudas, no hará subir el índice de popularidad de Bush sino que acentuaría los ánimos antibélicos en EE.UU. Además, la neutralidad de las fuerzas de seguridad iraquíes suscita serias dudas, ante todo entre la población iraquí. ¿No provocará todo ello el agravamiento de las luchas intestinas en Irak?

Por supuesto que Bush hizo ciertas reservas. Según el mandatario norteamericano, aun cuando la nueva estrategia surta el efecto deseado, los actos de violencia no cesarán, por lo cual es de esperar nuevas víctimas tanto entre los iraquíes como entre los norteamericanos. En rigor, él personalmente no corre ningún riesgo. Sus índices de popularidad ya sin ello no dejan de caer vertiginosamente. El que realmente corre riesgo es el Partido Republicano que, pese a todo, todavía abriga las esperanzas de que su nuevo candidato pase a ocupar el sillón de la Casa Blanca. Pero las probabilidades son mínimas. Quines sí corren el verdadero riesgo son los norteamericanos que combaten en Irak.

También, a diferencia de Bush, corre riesgo el primer ministro de Irak, quien expone a riesgo tanto su vida como carrera política. El paso dado por Nuri al-Maliki no merece otro calificativo que valiente. El primer ministro iraquí dio autorización ilimitada para detener a los representantes de las fuerzas políticas que lo habían promovido al poder. Pero nadie sabe cuánto tiempo se mantenga en el cargo. El jefe del Gobierno ya expresó que no se proponía exceder el plazo establecido para el ejercicio de su cargo. Es decir, no lamentará su dimisión, aun cuando lo obliguen a presentarla. Pero ¿qué cambios generaría su dimisión, aparte de generar mayores divergencias entre los iraquíes? Recordemos que los iraquíes necesitaron varios meses para definir la candidatura del primer ministro y la composición del Gobierno. En Irak, cualquier político afronta esta disyuntiva: aferrarse del apoyo prestado por su comunidad o partido, defendiendo sus intereses hasta el final o sacrificarlos en aras de la unidad nacional. Hoy por hoy, sólo personas contadas pueden hacer tales sacrificios. Además, cualesquiera concesiones tienen sus límites, y cada nuevo atentado terrorista no une sino escinde a los iraquíes.

La unidad iraquí se desintegró simultáneamente con la caída del régimen de Sadam Husein. Los intereses de diversas comunidades que durante decenios fueron contenidos bajo la amenaza de la muerte, brotaron junto con el deseo de obtener aquello que no se lograba obtener antes, vengarse de las humillaciones y el dolor del pasado. Esta última circunstancia se refiere ante todo a los chiítas y kurdos. La amenaza de la desintegración de Irak por lo menos en tres partes sigue siendo un problema de palpitante actualidad. Hoy cuesta mucho trabajo imaginar las razones que puedan mantener consolidados a los iraquíes. Tal vez, el temor a una violencia más feroz todavía y las fuerzas externas. Y si en un futuro próximo se logra estabilizar la situación en el ámbito de seguridad aunque sea relativamente, de todas formas están por delante un sinnúmero de batallas políticas, cada una de las cuales puede degenerar en masacre.

Es una tarea nada fácil volver a organizar el proceso político en un país depravado por casi cuatro años de violencia y permisividad. Tampoco es fácil dar prioridad al profesionalismo y no a las preferencias grupales. Y otro aspecto importante: a los iraquíes les resulta nada fácil asumir la responsabilidad por su futuro. Es muy fácil achacar los problemas a la ocupación, a la presencia extranjera. Con tanta más razón que esto corresponde a la realidad. Pero en un determinado momento, los iraquíes deberán empezar a tomar decisiones por cuenta propia, sin consultar a Washington, Teherán u otras capitales. Paralelamente, fuerzas externas deben ir aprendiendo a otorgarles este derecho.

Existe el peligro, y de esto no cabe la menor duda, de que sin el control externo los iraquíes no puedan convivir y el país se desintegre. Pero nadie propone abandonarlos a su propia suerte. Simplemente, ellos deben asumir a nivel de conciencia que su futuro depende sólo de ellos.

De hecho a un mismo tiempo con el presidente Bush expresaron sus criterios en cuanto a la posible evolución de la situación en Irak varios prestigiosos políticos de otros países, entre ellos el presidente de Rusia, Vladimir Putin, y el Rey de Arabia Saudita, Abdullah ben Abdel Aziz al-Saud.

El monarca saudita se mostró convencido de que la estabilidad en Irak puede garantizarse sólo mediante “soluciones integrales, tomando en consideración tres objetivos, pero sin dar preferencia a ninguno de ellos”. Primero: eliminar todas las fuentes de violencia y disolver todos los grupos paramilitares, indistintamente de su pertenencia a uno u otro bando. Segundo: lograr unidad entre todos los estratos del pueblo iraquí en pie de igualdad general y paridad en el ámbito de derechos y obligaciones, de usufructo común de los recursos nacionales. Tercero: mantener la independencia y la integridad territorial de Irak.

Por su parte, el presidente Vladimir Putin destacó que ningunos planes surtirán efecto en Irak, a no ser que antes se establezca el plazo de retirada del contingente extranjero. “Los habitantes del país deben saber que hacia tal fecha tienen que estar preparados para asumir la plenitud del poder. Y si tal fecha no está fijada, si no está claro en qué momento las instituciones públicas deben proceder al ejercicio de sus funciones, todo se le delega al contingente extranjero. Creo que los plazos de retirada de las tropas extranjeras deben ser establecidos de todas formas”, acotó.

En realidad, pese a que sobre EE.UU. recae toda la responsabilidad por la situación configurada, sus tropas no pueden permanecer en Irak infinitamente. Si no se puede evacuarlas hoy, entonces ¿cuándo se podrá hacerlo? Al presentar su nueva estrategia, el presidente Bush exteriorizó la opinión de que los iraquíes estarían en condiciones de asumir plena responsabilidad por la seguridad en el país hacia noviembre de 2007. Desde ese momento podría empezar la retirada de las tropas norteamericanas. Tanto los dirigentes de Rusia, como los de Arabia Saudita y de muchos otros países podrían compartir tal punto de vista. Pero todas las fechas son muy convencionales, sin que alguien pueda dar garantías algunas. Además, como quedó señalado arriba, los problemas no acaban con estabilizar la situación en el ámbito de seguridad.

Se puede, aunque con ingentes esfuerzos, poner fin a la violencia en Irak. Con esfuerzos aun mayores, verdaderamente colosales, se podría persuadir a la opinión pública mundial de que EE.UU. obtuvo victoria en este país. Pero ¿cómo conseguir que la vida en Irak vuelva a la normalidad? Las recetas son muchas y en general son correctas. Pero la realidad impone otras soluciones.

La situación en Irak es sumamente complicada y para estabilizarla es preciso adoptar todo un entramado de medidas de carácter militar, político y económico. Mucho depende también del Gobierno iraquí, al que no se le quita la responsabilidad por lo que sucede en Irak, así como de las acciones de los países lindantes, en particular, Siria, Irán, Arabia Saudita y Turquía. Sea como sea, ya que sobre la estabilización en Irak influyen demasiados factores – los nacionales, regionales, los factores internos de EE.UU. y los islámicos-, resulta muy complicado hacer unos pronósticos precisos. Se podría ir aduciendo recetas al parecer correctas, pero a cada receta se le harían infinitas salvedades. No hay fórmulas mágicas. De veras es una tesis irrebatible.

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Marianna Belenkaia, para RIA Novosti.


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