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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

¿Sería posible una reconciliación?

Miguel Massanet
Miguel Massanet
miércoles, 21 de febrero de 2007, 10:42 h (CET)
Seguramente si se preguntase a muchos catalanes el origen de su animosidad contra Castilla y, en especial, la capital del reino, Madrid, se verían en un apuro. Agravios procedentes de la unificación de Castilla y Aragón, en tiempos de los Reyes Católicos, que se han trasladado de generación en generación y que los políticos –verdaderos culpables de mantener viva la llama del odio – se han encargado de que se acrecentaran, (en pro, en la mayoría de los casos, de sus propias ambiciones personales), consiguiendo hacerlas perdurar hasta estos días en los que, incluso, se han visto potenciadas por las izquierdas catalanistas hasta conseguir que, en determinados sectores de la ciudadanía catalana, más politizada e independentista, hayan adquirido un elevado grado de crispación, rayano en un fanatismo irracional.

Hay que dejar constancia de que, contrariamente a lo que se pudiera pensar, hasta hace poco este antagonismo no era correspondido por los ciudadanos de Madrid. Existía, eso sí, la percepción de que los catalanes sentían una cierta rivalidad hacia ellos (el futbol, las obras públicas, la potencia industrial) que más bien era achacada al mercantilismo y la laboriosidad de la que siempre han tenido fama los ciudadanos de estas orillas del Mediterráneo, que a un enfrentamiento racial. He puntualizado “hasta hace poco”, porque tanto ha ido el cántaro a la fuente que, por fín, han acabado de apercibirse del verdadero talante de una parte de la ciudadanía, la más extremista, respecto a todo lo que suene a Madrid y a los madrileños.

Lo cierto es que, en tiempos de Mercado Común y la Unión Europea, estos pleitos entre regiones suenan a ridículos como serían tomados, hoy en día, pleitos como los surgidos entre Montescos y Capuletos, de cuyo origen nadie se acordaba, pero que les hicieron la puñeta a sus descendientes: Romeo y Julieta.

Es por eso que, cuando uno escucha a alguien como el señor Hereu, Alcalde de Barcelona, manifestarse en disposición de aliarse con Madrid y declarar abiertamente que “no es posible estar en Europa sin pasar por la capital de España” un soplo de brisa reconfortante procedente de ese bendito Mare Nostrum, nos acaricia el rostro y nos produce la agradable sensación de que, si todos ponemos un poco de esfuerzo en ello, algún día se podría conseguir levantar este contencioso absurdo, más debido a mal entendidos y rencores acumulados durante siglos que a motivos reales de malquerencia entre ambas ciudadanías. Insisto, solo los politicastros empecinados y empeñados en medrar a base de insistir en crear rencillas entre los catalanes y el resto de autonomías, especialmente la castellana, son los auténticos culpables del desencuentro entre personas de bien que, individualmente, son encantadoras, pero que, cuando entran en la manipulación colectiva, dejan de ser quienes son para convertirse en fanáticos separatistas.

Aplaudo al señor Hereu, aunque no sea de mi cuerda política, pero le reconozco la valentía de declarar publicamente una idea de concordia, un deseo de superar siglos de enfrentamiento y recelos, un anhelo de intentar tender puentes donde antes sólo existían abismos de prejuicios. Es un paso meritorio digno de alabanza.

Nadie puede, hoy en día, pretender mantener vivas afrentas y entuertos procedentes de la Edad Media; de personas que nada tienen que ver con nosotros y nuestra forma de vida, y mucho menos hacer de ello una cuestión de enfrentamiento con otros pueblos vecinos que ya tienen superadas aquellas épocas pasadas, que sólo recuerdan como meros episodios históricos pertenecientes a otros tiempos de la historia, que sí merecen un respeto es sólo por venir de nuestros ancestros, pero que, sin duda, no deben condicionar nuestra civilización tan alejada en todos los aspectos de aquellas primitivas épocas.

¡Ojalá, prosperasen inciativas como la del señor Hereu! Me temo que, si hubiera voluntad política de buscar acercamiento, en vez de fomentar el distanciamiento, pronto muchos ciudadanos catalanes dejarían atrás sus prejuicios y se apuntarían a la reconciliación colectiva con el resto de los pueblos de España. Estoy convencido de que nos acogerían con los brazos abiertos y se alegrarían de recobrar nuestro aprecio y amistad.

¿Qué lo que digo es una utopía?, ¿qué se me han aflojado las tuercas? Puede ser, pero si uno habla con el corazón abierto poco importa que le tengan por un iluso o un loco. Al fin y al cabo no estaría tan mal ¿no?

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