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Etiquetas:   Con permiso   -   Sección:   Opinión

Periodismo e imparcialidad

Pedro de Hoyos
Pedro de Hoyos
@pedrodehoyos
martes, 20 de febrero de 2007, 10:14 h (CET)
En Francia han prohibido las apariciones en radio y televisión de uno de sus grandes gurús de la prensa, Alain Duhamel, por haber apoyado al candidato François Bayrou, de la Unión por la Democracia Francesa. Uno, que siempre se ha sentido un poco francófilo, encuentra un motivo más para sentir sana admiración hacia Francia.

Quizá la prensa en Francia pretende ser independiente y no admite en su seno a quien no pretenda serlo. Pero entre nosotros se han caído las caretas, no hay disimulo de ningún tipo y es muy beneficioso alinearse con alguna de las dos grandes Españas para poder medrar, que no hay sólo dos Españas en lo político, sino también en lo informativo. Es difícil para los medios sobrevivir en medio de un fuego cruzado que arrasa al que asoma la cabeza sin tener un buen paraguas mediático que le proteja.

En nuestro país es algo más difícil encontrarse con profesionales que hagan de la neutralidad el lema de su actividad laboral, hay grandes ejemplos de todos bien conocidos que se aplican aquello de arrimarse al sol que más calienta. Y antes de seguir adelante debo dejar claro que me estoy refiriendo a grandes profesionales de alcance nacional, cuyas opiniones son difundidas a gran nivel por poderosísimos medios de comunicación en los que trabajan, aquellos cuyas informaciones crean opinión. Sin embargo constato que aquellos que desarrollan su actividad en pequeñas empresas regionales o locales tienen por regla general más fácil desempeñar su ministerio sin caer bajo las nefastas influencias del poder económico, político o mediático. Por lo general.

Quizá en Francia ser neutral sea algo prestigioso para un medio de comunicación, quizá en España seamos más directos, nos importe un comino el decorado que acompañe a las informaciones y pretendamos ser más decisivos. Todos somos conscientes del caso lamentable de diversos periódicos y emisoras cuya imparcialidad es inexistente, cuyo prestigio está puesto permanentemente en duda y que siguen contando con el apoyo de los anunciantes porque tienen un público fiel que los apoya. La neutralidad, el apartidismo, ha desaparecido y ha sido sustituido por el militantismo, se invento social que consiste en apoyar contra viento y marea todo lo que haga un partido en esta España eternamente en precampaña electoral. La desvergüenza, al poder.

Uno, que devora varios periódicos, radios y televisiones todos los días, siente a veces el deseo interno de renunciar al placer de la información al comprobar cómo de determinados hechos claros y diáfanos se concluyen ideas no ya diferentes, sino absolutamente opuestas, cómo de determinada realidad contundente se liquidan consecuencias ridículas que sólo pueden sostenerse a la luz del partidismo y de la entrega ciega a una idea.

Los periodistas tienen su corazoncito político, sus tendencias y querencias de las que deben necesariamente prescindir a la hora de trabajar, pero también los multimillonarios propietarios de los medios de comunicación deberían cuidar extremadamente las apariencias, ya a nadie engañan y todos sabemos discernir a quién apoya cada periódico que compramos, cada emisora que oímos y por tanto cuánto de riguroso hay en sus informaciones. El lector inteligente debe emprender cada día la pesada labor de limpiar de hojarasca reseca cuanto cae ante sus ojos antes de elaborar una opinión. Ésta, que siempre fue una tarea difícil y sólo para entrenados, se está convirtiendo por asunto de los belicosos tiempos que corremos en tarea más liviana, pues las dosis de contaminación que uno recibe al abrir un periódico o sintonizar una emisora son cada día más groseras y por ello más detectables.

Y sin embargo es fácil encontrarse en la barra del bar, en el autobús o en el trabajo personas permanentemente atadas a la verdad mediática, a su verdad mediática, convencidos de que la razón asiste y asistirá permanentemente a su periódico, su emisora y a quien estos apoyan, sin conceder el menor resquicio a la posibilidad de que el contrario tenga un atisbo de razón o acierto.

En Francia el prestigio se llama neutralidad, qué envidia. Si en España prohibiéramos la presencia de periodistas partidistas... algunos medios se quedarían en cuadro.

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