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Claves para hacer frente a la llegada de la gripe con un sistema inmune fuerte

La aparición del covid-19 ha hecho que el foco de atención sobre la gripe común pase a un segundo plano
Redacción Siglo XXI
@DiarioSigloXXI
jueves, 8 de octubre de 2020, 11:08 h (CET)

En la temporada de 2018-2019 se estima que hubo 35.300 hospitalizaciones, 2.500 admisiones en UCI y 6.300 defunciones debido a la gripe en España*.

En plena pandemia por el coronavirus, es muy importante poner foco de atención en el control de la gripe común, para no empeorar la situación sanitaria y mantener el sistema inmune fuerte. El equipo médico de Melio, plataforma online especializada en análisis de sangre, ha desarrollado una guía con las claves para saber identificar los síntomas de la gripe frente al covid-19, así como las recomendaciones para fortalecer las defensas.

La gripe es una enfermedad respiratoria provocada por el virus influenza que afecta a las mucosas de la nariz, la garganta y en algunos casos los pulmones. En referencia al virus de influenza, existen varios tipos pero son los tipos A y B los que causan las epidemias de gripe estacionales todos los años.


El virus influenza presenta una alta variabilidad antigénica, esto quiere decir que las proteínas de su superficie cambian ligeramente año tras año, de manera que se crean nuevas variantes frente a las cuales existe poca o ninguna inmunidad. Este el principal motivo por el que las epidemias de gripe son estacionales, se repiten anualmente y la vacuna tiene que cambiar cada año.

Los síntomas de la gripe pueden ser fiebre, tos, dolor de garganta, dolores musculares, dolor de cabeza, fatiga y congestión nasal. Sin embargo, en algunas personas la gripe puede generar complicaciones como neumonías o enfermedades cardíacas. La gravedad de la enfermedad va a depender de la capacidad del sistema inmune de cada paciente y de la existencia de factores de riesgo previos como enfermedades cardiovasculares, enfermedades pulmonares, diabetes, personas mayores, etc. Actualmente, aunque existen ciertos medicamentos antivirales para tratar la gripe, su eficacia es muy limitada y el tratamiento se centra principalmente en controlar los síntomas.

La aparición del covid-19 ha hecho que el foco de atención sobre la gripe común pase a un segundo plano. Es importante tener en cuenta que ambas infecciones pueden ser muy parecidas por lo que sería necesario realizar una prueba microbiológica para hacer un diagnóstico definitivo. Sin embargo, existen algunas diferencias entre ambas ya que el covid-19 puede producir anosmia (pérdida del olfato) y en la gripe no. Además, el periodo de incubación del coronavirus es más largo y los síntomas de su infección aparecen de forma más progresiva durante varios días.

Además de la correspondiente vacuna de la gripe a los grupos de riesgo, realizar una analítica de sangre puede ayudar a evaluar el sistema inmunológico y así fortalecerlo para que la infección sea lo más leve posible, especialmente para las enfermedades víricas respiratorias como la gripe o el covid-19.

El equipo de Melio identifica las claves para mantener el sistema inmune fuerte ante la llegada de la gripe:

Vitamina D

Varios estudios observacionales y ensayos clínicos han encontrado que niveles bajos de vitamina D aumentan el riesgo de contraer enfermedades respiratorias víricas y de desarrollar síndrome de distrés respiratorio agudo. Esto puede deberse a que la vitamina D promueve la liberación de proteínas protectoras (llamadas “defensinas” y “catelicidinas”) que inhiben la multiplicación del virus y regulan la respuesta inflamatoria en los pulmones.

El 20% de los niveles de vitamina D se obtiene a través de la dieta, incluida en alimentos como los pescados grasos (salmón, atún o caballa), la yema de huevo o el queso. El 80% restante se deberían obtener mediante la síntesis cutánea gracias a la acción de los rayos UV. Sin embargo, dado que en invierno la intensidad de la radiación UV es muy baja, es muy complicado conseguir la dosis diaria necesaria ya que sería necesario más de dos horas de exposición solar diaria.

Alteraciones metabólicas e inflamación

El desarrollo de complicaciones en las infecciones respiratorias víricas se ha visto muy relacionado con una respuesta inflamatoria descontrolada o desproporcionada, que algunos han denominado “tormenta de citoquinas”. Esto ocurre especialmente en individuos que se encuentran en un estado de inflamación crónica como en personas que padecen obesidad y enfermedades como la diabetes.

Existen algunos marcadores relativamente accesibles en una analítica de sangre que pueden detectar un estado proinflamatorio: la proteína C reactiva (PCR), fibrinógeno y la velocidad de sedimentación globular (VSG). Sin embargo, la gran mayoría de casos de estas enfermedades metabólicas pueden evitarse si se detectan a tiempo y se realizan los cambios en el estilo de vida. La pre-diabetes se puede diagnosticar mediante la cuantificación del péptido C, cuyos niveles pueden indicar un estado alterado en la secreción de insulina. Otros marcadores importantes de vigilar para evitar el desarrollo de alteraciones metabólicas que pueden hacer más susceptibles a las infecciones víricas son el perfil lipídico y la hemoglobina glicosilada.

Ejercicio físico

El ejercicio físico es uno de los refuerzos inmunológicos no farmacológicos más importantes. Realizar ejercicio físico aeróbico moderado como andar a paso rápido, montar en bici o nadar tiene un efecto antiinflamatorio. Por el contrario, ejercicio físico de muy alta intensidad como correr un maratón puede disminuir la respuesta inmunitaria debido principalmente a un aumento en la secreción de cortisol, la hormona primaria del estrés.

Micronutrientes

Mantener un estado nutricional adecuado es también crucial para mantener el sistema inmune en óptimo estado. Existen muchos micronutrientes cuya deficiencia debilita nuestro sistema inmune:


Vitamina C: las concentraciones de vitamina C en los leucocitos disminuyen considerablemente durante las infecciones y una suplementación de entre 200-1000 mg al día puede disminuir el riesgo, duración y gravedad de las infecciones del tracto respiratorio inferior. La vitamina C se encuentra en alta cantidad principalmente en frutas (fresa, kiwi, naranja, limón y mandarina) y verduras crudas (pimiento rojo, brócoli y berros) y cocinarlas reduce su contenido de Vitamina C aproximadamente a la mitad. De todos estos, el pimiento rojo es el que mayor cantidad tiene, siendo tres veces mayor que en la naranja.

Vitamina A: además de su influencia en el funcionamiento del sistema inmune, es un antioxidante fundamental para el mantenimiento de las membranas celulares y de otros órganos como la piel, el sistema digestivo, genitourinario y en la visión.

Las fuentes principales de vitamina A activa son los productos de origen animal como el huevo (en la yema), lácteos (alta cantidad en quesos) e hígado de animales y pescados. Por otra parte, la vitamina A se puede sintetizar en el organismo a partir de precursores (pro-vitamina A) como los betacarotenos presentes en vegetales de hoja verde como espinacas, kale y berros; hortalizas como calabaza, zanahoria o boniato y frutas como albaricoque, pomelo o tomate.

Zinc: la deficiencia de zinc produce un daño en el crecimiento y activación de los linfocitos. Es más común en niños y afecta en la caída del pelo, tiempo de cicatrización y problemas en la piel, entre otros. Los alimentos ricos en zinc son quesos, frutos secos, semillas (lino, sésamo y calabaza), huevos, carnes y legumbres. El germen de trigo es uno de los alimentos con mayor cantidad de zinc.


Vitamina E: se trata de un potente antioxidante presente en cereales, maíz y frutos secos y que interviene en la proliferación de linfocitos, en la producción de inmunoglobulinas y células Natural Killer que eliminan del organismo las células infectadas por patógenos y las cancerosas. La vitamina E se encuentra en altas cantidades en el aceite de girasol, el germen de trigo y los frutos secos, principalmente almendras, pipas y avellanas.


EPA y DHA: El ácido eicosapentanoico (EPA) y el ácido docosahexaenoico (DHA) son dos tipos de ácidos grasos Omega 3 (poliinsaturados) que se ha visto que tienen un rol muy importante en la regulación de los procesos inflamatorios. También resultan importantes para mantener la salud ocular, cerebral y cardiovascular.

Estos ácidos grasos pueden ser producidos por el cuerpo a partir del ácido alfa-linolénico (ALA) presente en nueces y semillas, pero en bajas cantidades. Sin embargo, también se pueden incorporar directamente en la dieta a través de pescados azules como el atún, jurel, salmón, sardina o de suplementos.

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