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Himnos y banderas

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
lunes, 19 de febrero de 2007, 10:39 h (CET)
Los ardores guerreros del personal hacen que últimamente las banderas ondeen en cualquier lugar y circunstancia. Son muchos los que necesitan esconder sus manías detrás de algún pendón al tiempo que se ponen firmes y en primer tiempo de saludo cuando escuchan las notas de algún himno, no importa cual. En las últimas manifestaciones organizadas por esa franquicia del Partido Popular denominada AVT hemos visto junto a la rojigualda constitucional más de una bandera con la “gallina” franquista entre sus pliegues haciendo honor al viejo refrán de “Dios lo cría y ellos se juntan”. En diversos campos de fútbol cuando juegan el Barcelona o algún equipo vasco los más forofos exhiben la bandera española como signo de identidad frente al “otro” y viceversa en Anoeta, el Camp Nou o San Mamés.

Pero no contentos con la exhibición de telas diversas algunos ya cierran sus manifestaciones con el himno nacional haciendo caso omiso a una disposición legal, firmada por el propio Aznar, que limita el uso del mismo a circunstancias especiales y no para que se lo apropien unos cuantos. Pero para enaltecer el ardor guerrero todo vale, incluso ampararse bajo las notas del himno de todos los españoles. La verdad es que yo no soy muy dado a emocionarme con la escucha de himnos o el ondear de banderas y más cuando a veces el que ondea la bandera lo que quiere es darle con el asta al contrario.

Recuerdo hace algún tiempo cuando España ganó en Japón el campeonato del mundo de waterpolo cómo nuestros nadadores veían izarse la enseña nacional mientras en la megafonía no sonaba ningún himno, alguien olvido conectarlo. Los campeones del mundo intentaron entonar aquello del “y viva España..”, pero al parecerles un cántico poco serio pasaron a intentar entonar el “chinta, ta chinta, tachin, tachin, tachin...” de nuestro himno sin letra mientras los japoneses miraban con ojos rasgados y asustadizos pensando que era un coro de camareros entonando la carta de la cocina tonquinesa.

Todo ello me hace recordar los himnos de mi infancia, cuando sin ser conscientes, pero si felices, trasgredíamos temas que entonces eran casi sagrados. Recuerdo aquel viejo colegio donde cada mañana en pie y con el brazo en alto teníamos que cantar a unas banderas que volverían victoriosas, a unas montañas nevadas que nunca vimos y a un Dios, una patria y un rey por los que, nos decían, lucharon nuestros padres. Dios nos daba miedo, la patria era una desconocida para nosotros y el sucesor del rey estaba en el exilio. Quizás por ello cantábamos el Oriamendi con una letra inventada donde decíamos “por Dios, por la pata del buey lucharon nuestros padres” ganándonos, más de una vez, un palmetazo de puntero. También, como no sabíamos que eran las rutas imperiales de otro de los himnos cambiábamos la frase por la de “cagarrutas imperiales”. Pero a mí el himno que más me impresionaba era el de los caballeros legionarios- vulgo lejías-, aquello de ser novio de la muerte me garantizaba una novia eterna. Luego me enteré que los que querían morir y matar eran ellos y dejé de interesarme por los himnos y de esconderme detrás de las banderas.

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