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Etiquetas:   La parte por el todo   -   Sección:   Opinión

No politicemos las lenguas

Óscar Arce Ruiz
Óscar Arce
domingo, 18 de febrero de 2007, 09:26 h (CET)
Aristóteles decidió definir al ser humano como un animal político. Eran otros tiempos: el término ‘político’ designaba a todo aquello relacionado con la ciudad estado o ‘polites’. Poco antes Platón escribió que la única manera de funcionar en la ciudad estado era adecuarse cada uno a la tarea que mejor se ajustaba a sus aptitudes.

Si hacemos caso a esa concepción esencialmente política del hombre -el comportamiento político es la esencia del ser humano-, no nos será difícil encontrar ejemplos de pugna por el poder y por el posicionamiento social basado en éste.

La antropología suele definir a grandes rasgos la política como ‘relaciones de poder’. Solamente hará falta tomar esta pseudo-definición como guía y desplazarnos, al menos mentalmente, desde los Aranda de Oceanía hasta los Omaha americanos, pasando por todas las civilizaciones que podamos imaginar por estar documentadas.

Entonces descubriremos con sorpresa que la política, entendida como las relaciones de poder aquéllas, han conformado en muy alto grado los rasgos estructurales característicos de cada grupo. La coyuntura varía por las circunstancias, por las maneras y las opciones de arribarse hacia esos puestos privilegiados de prestigio. Pero la estructura, lo que hay en el fondo, la existencia y el anhelo de esos puestos, permanece invariable al acontecer.

A otra escala, también entre estados, civilizaciones, grupos o como quieran llamarse existe la competencia por el control de ésta o aquélla región de la Tierra, si no de toda ella. ‘No sólo creo que soy el más indicado para gobernar esta nación, sino que creo que esta nación es la más indicada para dirigir el devenir del planeta’.

Raro es el grupo humano que no ha hecho de su lengua un elemento diferencial con respecto a los colindantes. Rara es la situación de postguerra que no atenta contra el uso y las libertades lingüísticas.

Se creyó y se sigue creyendo -de mano de la lingüística estructural- que conocer una lengua es lo más parecido a conocer una cultura. El animal político no puede hacer oídos sordos a eso si quiere que su cultura domine sobre las otras.

Políticas son las declaraciones de Rodríguez Ibarra, cuando narra la experiencia de un amigo afectado por el derrumbamiento del túnel de Vielha que no pudo encontrar una emisora de radio en castellano que le informase de lo que pasaba (debo decir, no obstante, que en Cataluña hay bastantes emisoras de radio en lengua castellana). Políticas y no únicamente sentimentales son las medidas del gobierno catalán en la protección de la lengua catalana.

Al fin y al cabo, el objetivo es el mismo: que tal elemento esté por encima de tal otro.

Un amigo de quien escribe suele decir ante situaciones de este tipo “no politicemos las lenguas”. Idea, sin duda, una sociedad plurilingüe en la que todos conocemos la lengua del otro y somos libres de expresarnos en la que más cómodos nos sintamos. Poco más o menos que una sociedad sin tensiones por el dominio. Una situación atractiva, pero harta irreal, desde mi punto de vista.

Claro que una vida menos política sería más tranquila. Deberíamos preguntarnos qué le queda al animal político si le despojamos, precisamente, de lo político.

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