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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

El carnaval del parado

Francisco Arias Solís
Redacción
sábado, 17 de febrero de 2007, 11:19 h (CET)
“Y aquí vengo este día,
lleno de poesía,
pues llega el Carnaval.”


Rubén Darío

Febrero. Máscaras en la calle. Son los albores risueños del alegre carnaval. El disfraz que cubre la cara descorre el velo de la hipocresía contenida.

Los relojes apuntan las tres. Todavía es difícil abrirse paso por las calles y plazas. Hay un caos circulatorio entre gritos y confetis. Se oyen frases hechas en voces roncas o frías y frágiles que salen de gargantas desgastadas. Se dilapida la diversión ahorrada durante el año. Otro carnaval.

El viento riega pasiones. Las blancas nubes -disfraz de las estrellas- tapan los ojos de la luna. A las cinco el ruido es clamoroso. Vamos cogidos del brazo a impulso de la estridencia de la música. Ultimo guiño de la noche. Primeros rumores del día.

Vivo en un lugar apartado del centro. Inicio el camino que me llevará a casa. Atravieso calles antiguas de casas temblorosas donde habita la pobreza. Voy llegando a una plazoleta destartalada y sucia, recreo nocturno de gatos aventureros. Cruzo una calleja sórdida. Todavía falta tiempo para que termine la madrugada.

Un número distingue a la casa. Cerca de ella una moto de pequeña cilindrada, que es como el instrumento de trabajo del parado. Este ocupa con la familia un cuartucho en el que sólo se renueva la miseria. El parado regresa del lugar donde estuvo pescando toda la noche. Seis mojarras que va a ofrecer por las calles. Al abrir la puerta se ve a una mujer con un niño colgado del pecho. Otro niño que dormía acaba de despertarse. Su mujer le pregunta si ha encontrado trabajo. Ella también está en el paro. Paro es la palabra que, como una flecha hiere sus conciencias: la que les llena de angustia.

Se acuestan las últimas máscaras. Asoman algunos hombres y mujeres dispuestos a empezar la jornada en los que el vendedor de las mojarras ve la esperanza, aunque supone que van a pedirle una rebaja en el precio. Hasta las mojarras sufren las consecuencias.

Continúo junto a aquella casa. No sé si por fin, ha encontrado este hombre quien le compre al pescado. Pienso que yo debería ofrecerle el importe de lo que lleva; pero el sabe que yo soy también pescador y temo que pueda ofenderse. Con esta duda, sigo mi camino. Me quito la careta. Pienso definitivamente que en el parado no cabe el intercambio de la cara por la careta. Y como dijo el poeta: “Ya se me quitó la careta / que tan ciego me tenía, / y he llegado a conocer / que disfrazado más veía.”

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