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Etiquetas:   Cesta de Dulcinea   -   Sección:   Opinión

El apagoncillo

Nieves Fernández
Nieves Fernández
lunes, 12 de febrero de 2007, 11:02 h (CET)
Me lo avisó una amiga desde la República Dominicana, pocas horas después me hizo llegar su mensaje otra amiga ucraniana; quizá sus nacionalidades fueran premonición de su internacionalidad, las dos me avisaron del apagoncillo de los cinco minutos, concretamente desde las 19,55 horas hasta las 8 de la tarde del primer día de febrero, para llamar la atención sobre los peligros del cambio climático que se avecinan.

Esto me hizo recordar el escobazo universal de hace unos años, cuando se pretendían reivindicar mejores condiciones de igualdad para la mujer. Aquella vez puse la escoba tras la puerta, como hacían los antiguos, cuando tras una visita un tanto pesada, una escoba convenientemente colocada tras la puerta hacía que el visitante, en ese justo momento mágicamente incómodo, abandonara su pretensión de continuar la visita en casa. Pero esa vez el llamamiento, no sabemos si muy seguido por muchos terrícolas, consistía en realidad en hacer huelga de escobas, es decir en no hacer limpieza doméstica alguna y, muy reivindicativamente, así lo hicimos.

Pero en esta ocasión nos han pedido apagar la gran lámpara del globo terráqueo por unos minutillos, en un día en el que los grandes magnates del mundo deciden o podrían decidir qué hacer de bueno con este planeta para que no decaiga climatológicamente hablando, para que no suceda la hecatombe de su calentamiento, para que las ciudades costeras no se vean anegadas por las aguas marinas, las cuales por cierto estarán cada vez más saladas, para evitar sequías, inundaciones o riadas, para impedir en suma que la tierra suba de temperatura y que ciudades que, hoy están plenamente pobladas, se conviertan, si apagones simbólicos como éste no lo remedian, en verdaderos e inhóspitos desiertos.

Ya está demostrado que el globo azul, apagado o encendido, se calienta. Según los expertos climáticos, en los últimos treinta años subió su temperatura considerablemente, tanto como para preocuparnos por lo que pudiera subir en otros treinta años o en los próximos trescientos; sin duda son años lejanos que aunque no nos afecten de un modo directo, porque no viviremos para sufrirlo o contarlo, sí que seremos responsables del futuro que ofreceremos a nuestros descendientes.

En estos tiempos iniciales del año en los que son habituales las reuniones de las comunidades de vecinos, los representantes de los vecinos de la Tierra también se reúnen para solucionar problemas que no son fáciles de resolver con simples derramas, sí con derramas solidarias a favor de la justicia medioambiental, aunque eso signifique menos productividad empresarial, menos contaminación y, por supuesto, respetar los acuerdos internacionales para cuidar este viejo hogar algo revuelto capaz de albergar un tiempo climático más que loco.

El apagoncillo no fue todo lo oscuro que sus defensores deseaban pero por apagar una luz simbólica de cualquier estancia o vivienda se empieza. Es posible que sólo algunas conciencias se iluminaran. De paso, se ahorró una buena parte de energía y, en estos tiempos, el ahorro siempre es bien recibido. El apagoncillo encendió los ánimos de la ecología y del medio ambiente. En unos tiempos en los que nos es casi imposible realizar cualquier actividad sin luz eléctrica, el apagón mundial, por mí denominado apagoncillo en aras de su corta duración, nos aclara que hay formas de trabajar al unísono por la climatología, por el futuro del planeta y por la vida. Apagar para encender puede dar sus frutos.

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