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Etiquetas:   La parte por el todo   -   Sección:   Opinión

Faltan las palabras

Óscar Arce Ruiz
Óscar Arce
domingo, 11 de febrero de 2007, 08:51 h (CET)
Uno de los vicios sociales que más arraigado está en nuestro quehacer diario es el de la definición. No es esto algo nuevo, pues hace algún tiempo, Sócrates hizo de la definición una pieza esencial en su manera de entender el pensamiento y la manera adecuada de pensar.

Aun así, a pesar de la manía definidora, todavía tenemos algún concepto que se escapa al cercado de la palabra precisa. En esas ocasiones, no podemos más que remitirnos a un número más o menos extenso de situaciones que convenimos designar con un término común.

Los conceptos que refieren a estados sentimentales suelen ser los más implicados en estos procesos. Quizás sea porque, como piensan algunos, esos estados estén más ligados a lo irracional que con lo racional que pueda tener el hombre.

No obstante, pese a que la presentación de esas dos facetas del ser humano (la vinculada a la racionalidad y la que no lo está) se haga habitualmente por separado, lo cierto es que el desarrollo de la vida cotidiana se empeña en insertar momentos de ésta en aquélla, y viceversa.

Tanto es así, que incluso en el caso de quienes pretenden llevar una vida marcada por la racionalidad de sus actos; quienes pretenden estar más cerca de la supuesta esencia de la humanidad y alejarse de su componente animal y salvaje; incluso ésos se ven azotados de vez en cuando por la furia del reflejo irreflexivo.

Sin perjuicio de que algunos de estos procesos puedan desembocar en estados patológicos de falta de control, lo que podemos afirmar es que en esos casos la manera de actuar conforme a la norma se nubla por la simple consecución de un objetivo.

Eso parece ser lo que explica que Lisa Marie Nowak, se desplazase más de mil kilómetros en automóvil para hablar con una compañera de trabajo que pretendía, como ella, a un hombre también de la misma empresa. Cabe decir que no dudó en cargar en su coche un cuchillo, una pistola de aire comprimido, guantes de goma, bolsas de plástico y un dispositivo para lanzar gas pimienta, por si acaso.

Lo que ha conmocionado a la sociedad estadounidense no es tanto que la protagonista del embrollo estuviese casada con otro hombre. Lo que ha hecho de todo esto un proceso mediático es que Nowak es una astronauta de la NASA. Incluso alguna publicación ha condenado las pruebas selectivas que han permitido que un individuo con semejante comportamiento pueda haber participado en misiones espaciales en las que la emoción debe subyugarse al filtro racionalizador.

Pero lo que me parece obvio –y, por ello, fascinante- en este caso, es que pone de manifiesto cómo ninguna vida está libre de lo animal, del pensamiento primario, del satisfactorio, del pensamiento salvaje, por utilizar la expresión de Claude Lévi-Strauss. En todos los entornos, incluso en los más –digamos- ‘racionales’ cabe la existencia (entiéndase ‘existe, sin duda’) un pensamiento irreflexivo en potencia. Las circunstancias objetivas que hacen que la potencia devenga acto se escapan al control de los previsores: la acción se realizará cuando todos los factores estén adecuadamente alineados.

Intentaremos identificar esos estados y definirlos, pero nunca abarcaremos todo el espectro de influencias que los alteran en mayor o menor medida.

¿Y cómo podemos saber que todos hablamos de lo mismo, cuando nombramos algo la consecución de lo cual se basa en la confluencia de tan numerosos como incontrolados elementos aparentemente externos a la voluntad de quien actúa?

No creo que podamos. Pero al menos sabemos que los astronautas, al parecer, también pueden amar, signifique lo que signifique.

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