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Etiquetas:   Artículo taurino   -   Sección:   Toros

Enrique Ponce, corazón de Sevilla

Ignacio de Cossío
Ignacio de Cossío
martes, 27 de noviembre de 2007, 05:06 h (CET)
A Enrique Ponce, maestro de la torería, por aquella imborrable tarde, en la que nos conquitaste.

Si pudiéramos reunir en dos carteles imposibles lo mejor de la historia de la tauromaquia del siglo XX, muchos colocaríamos en un primer lugar a los tres diestros de mayor personalidad. El pasmo de Triana, Juan Belmonte; El monstruo de Córdoba Manuel Rodríguez “Manolete” y el quinto califa, Manuel Benítez “El Cordobés”. En un segundo cartel estarían los maestros poseedores de mayor inteligencia en el ruedo. El gran coloso de Gelves, José Gómez Ortega “Gallito”; el niño sabio de Camas, Paco Camino y nuestro reciente triunfador de Sevilla, el valenciano Enrique Ponce.

Queridos amigos, si el pasado año estábamos hablando de Feria de Abril con la mejor mano izquierda del país, hoy tenemos, ineludiblemente, que descubrirnos como afirma mi amigo Domingo Delgado, ante el mejor muletero y a la mejor derecha de la historia del toreo.

Nadie supera los números y la regularidad de Ponce, con cerca de tres mil toros estoqueados, 31 indultados; una decena de años toreando más de cien festejos y quince años, desde aquella histórica faena con el toro de nombre “Romero” de Peralta en Valencia, mandando en la fiesta con absoluta supremacía y prestigio.

Su inteligencia precoz, ambición perfeccionista, profesionalidad innata, poderío incansable y elegancia natural hacen de él, a modo de un curioso cruce entre Espartaco y Manzanares, un maestro imbatido por toro alguno sea cual sea su condición y encaste.

Enrique es un maestro lógico. No le gusta dejar ningún espacio al azar, todo tiene que estar previsto y calculado. Por esto en su primer tercio casi todo lo supedita al estudio del toro frente a la belleza del lance. Nada se deja a la improvisación y es como si acelerara el tiempo hasta llegar a la muleta donde la clase, el valor, ese su temple proverbial y la consumada técnica de Ponce estallan con la naturalidad de lo auténtico. Quizá por ello en la suerte suprema, donde tanto peso se lleva el azar, su lógica no le ha permitido completar un palmarés de infarto. Imagínense lo que podría haber sido salir a hombros 60 veces, de la treintena que ha logrado en su tierra Valencia; 20 salidas en la Méjico, 15 tardes en Madrid, saliendo 4; otras 14 en Bilbao saliendo una como en Sevilla en el San Miguel del 99 de las 3 que se las llevó su acero. A sus 35 años, Enrique Ponce se ha convertido en leyenda y el tiempo le hará justicia en la historia como heredero directo del gallismo más excelso.

Recordemos su emotiva e inspiradora faena de Sevilla. Un sobrero castaño albardado marcado con el número 47 de nombre “Lazarillo” del hierro de Zalduendo llega al ruedo en cuarto lugar. Ponce vestido de carmelita y oro, es sorprendido por la gran movilidad del toro desde el capote y sufre un revolcón. Morante muy atento acude con el quite del perdón. El valenciano al verse derribado por el toro siente herido su amor propio y realiza un quite muy torero que cambiaría la tarde y su historia con Sevilla. Tres delantales ajustados y una media de cartel firman el prólogo de una tarde histórica. El toro ya no se vence y capitula bajo el temple del torero de Chiva que lo hace suyo ya para siempre. Salta como un resorte de inmediato otra de las claves de su éxito que a modo de gloriosa resurrección nace entre los pitones de “Lazarillo” tres doblones gallistas que ahorman la fuerza del toro.

Llega la primera serie con la diestra extraordinaria y la segunda todavía mejor, dibujando dos surcos circulares en la plaza. El público rompe. Ponce cambia de mano, nunca le duda, llega el cartucho y el toreo de frente de San Bernardo. Nadie da crédito al acontecimiento, se está produciendo la canonización de la máxima figura del toreo en Sevilla ante nuestros ojos. Llega la espada y hay que ir a por todas. Ponce no quiere perder la cara del toro, no quiere ceder el mando de una faena y una ciudad entregada a sus pies. Dos pinchazos y una estocada consuman la epopeya. Ponce embriagado de triunfo y valor es aclamado y obligado a dar dos vueltas al ruedo apoteósicas como recompensa a su gesta y llave de su glorificación sevillana.

Faenas magistrales guardará siempre celoso el maestro Enrique Ponce en su haber como la de Lironcito de Valdefresno en Madrid llena de poderío; la extensa y profunda del toro de Teófilo Gómez en la Méjico con la confirmación de Ojeda; la del toro “Milanero” de Victorino Martín en su plaza de Bilbao; la de su despertar televisado con “Romero” de Peralta en Valencia; otra de estética perfecta en Alicante en la alternativa de Abellán y otra apoteósica con un toro de Buenavista en Málaga, entre otras muchas, pero ninguna como la torerísima de Sevilla, jamás ví cosa igual en casi 20 años de aficionado.

Ésta fue no sólo una lección magistral llena de hondura y templanza del máximo exponente de la torería, sino la confirmación de un toreo puro, hondo y audaz que supuso el merecido reencuentro con la afición sevillana. Si antes se te abrió la Puerta del Príncipe, desde aquel viernes de preferia, bajo la sombra de Lazarillo, se te abrieron las del corazón de Sevilla.

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