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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

El nuevo siglo del consumo

Francisco Arias Solís
Redacción
jueves, 8 de febrero de 2007, 19:42 h (CET)
“Nunca la vieja sed será calmada,
el pasado comienza y no se olvida.
Hay que vivir la libertad ganada.
Hay que sufrir la sed que nos reclame,
y hay que apartar la mano que lo impida.
Hay que dejar que el vino se derrame
para encontrar la paz tan requerida.”


Enrique Badosa. Balada para la paz de los bebedores.

En los albores de este siglo la política, la sociedad, la cultura, la creación han emigrado de sus significados tradicionales, han perdido su antiguo contenido y funcionan dentro de un nuevo juego cuyos signos remiten hacia otros significados.

La política ha pasado de ser el cumplimiento de un proyecto ideológico a un simple asunto de gestión; la sociedad se ha convertido en una comunidad de clientes de la votación política o del consumo general; la cultura ha perdido su propia categoría para flotar en la superficie de la información; y el creador ha pasado de ser un demiurgo a hacerse productor.

El progreso en general los reúne a todos: el progreso continúa, pero hemos perdido la idea de lo que es. No hay proyecto ni plan que convoque a la colectividad. Este mundo nuevo es la confirmación de una nueva escena donde el valor de la creación pierde relevancia sin la rentabilidad de la producción y donde la influencias entre cultura crítica y sociedad discurren por tangentes de complicidad o de fricción inofensivas.

Dentro de esta nueva aureola de indiferencia sustancial, la cultura, la sociedad y la política flotan como ingredientes de un caldo donde, perdido los sabores fuertes, los ingredientes se permutan, se calientan, se enfrían y se confunden, en la inconsistencia del valor. Todo es hoy política, como economía, estética o sexualidad. La estética se hace economía en las ferias internacionales del libro, en las galerías, en las recaudaciones de las películas, en las colas de los museos. La política se estetiza en el espectáculo de la política, el diseño de las campañas, el atrezzo de los Gobiernos y la imagen que cultiva el portavoz gubernamental. Igualmente, finalizada la economía política, solo existe la política económica afianzada en la pornografía de la cantidad. Todo ello sobre una plataforma de obscenidad, ausente de secretos, transparente, expuesta al público como corresponde a un punto de extenuación de lo obvio, donde no hay misterio ni subversión que ocultar.

¿La creación cultural? Hasta hace unos años, con las vanguardias, la creación se oponía a la convención establecida, la política sospechaba de ella y la economía la expulsaba de sus dominios. El cambio ha sido radical y sustantivo. El artista como fuerza de provocación ya no provoca a nadie. Más aún, lo que antes era subversión se convierte en espectáculo y el artista más que introducir nuevos conocimientos se ve forzado a producir sucesos o simulacros de sucesos.

No hay actividad artística que pueda socavar el poder. Y no porque el poder sea hoy más fuerte o legítimo, sino porque se ha convertido en difuso o casi impalpable.

Al artista se le reconocía la facultad de crear. Ahora lo decisivo no es crear sino producir, y el mito no está en el saber mismo, sino en saber comunicar. ¿Comunicar qué? Emociones antes que ideas, impactos antes que reflexiones, evasiones antes que compromisos.

La cultura, la creación, la clientela, la política serán pronto en la historiografía, el testimonio de las confusiones y los empachos de este nuevo siglo del consumo, coincidiendo con el alborear del siglo. Una vez que los ciudadanos se han convertido en clientes, la creación se ha convertido en producción, la cultura en información, la política en gestión y el porvenir en entelequia, la sociedad no sabe de sí misma sino a través de las noticias del mercado, que ha pasado a ser no una institución alternativa sino la referencia dominante del valor.

Por todo ello, nos hemos ido a una bodega sanluqueña, dispuestos a consumir, para ser fieles al nuevo siglo y al dictado del poeta: “...que no hay clave más sencilla / ni más clara maravilla / ni rito más singular / que beber, mirando al mar, / un sorbo de manzanilla”.

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