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Etiquetas:   Ver   juzgar y actuar   -   Sección:   Opinión

No votaré el Estatuto andaluz

Francisco Rodríguez Barragán
Francisco Rodríguez
miércoles, 7 de febrero de 2007, 21:45 h (CET)
Después de leerlo atentamente he decidido no votar este Estatuto y quiero dejar constancia escrita de las razones que tengo para ello, aunque respeto a los que decidan apoyarlo porque estén convencidos de sus bondades.

- No votaré este Estatuto porque no percibí que los andaluces lo estimarán necesario. Fue a partir del engendro del separatista e insolidario Estatuto Catalán cuando se puso en marcha una carrera desenfrenada por hacer nuevos estatutos.

- No votaré el Estatuto porque son los políticos los que desean conseguir más competencias para poder disfrutar de más cargos y prebendas, políticos permanentes que llevan veinticinco años en el poder, quizás porque no saben hacer otra cosa que vivir del presupuesto.

- No votaré el Estatuto porque Andalucía sigue a la cola en el ranking de las autonomías españolas, entre el autobombo de sus políticos, el reparto de subvenciones, la corrupción urbanística y el descarado clientelismo del mundo rural.

- No votaré el Estatuto por su marcado carácter intervencionista, que quiere acaparar la competencia exclusiva en toda clase de materias para regularlas a su capricho, llegando hasta el ridículo de querer blindar competencias exclusivas hasta en el flamenco.

- No votaré el Estatuto porque se sitúa en la onda “progre” de desvalorización del verdadero matrimonio, introducción de le eutanasia, investigación sobre embriones humanos y la moda de introducir la paridad de género (¿y si hay más mujeres valiosas que hombres?)

- No votaré el Estatuto porque pretende regular la enseñanza primaria y secundaria sin mencionar siquiera el derecho de los padres a elegir la educación de sus hijos, ni el de la sociedad para crear centros de enseñanza diferenciada de la escuela pública, que aparece como única.

- No votaré el Estatuto porque hace una cargante relación de principios rectores de su política que ya podría haber realizado ampliamente con el Estatuto antiguo, si su gestión hubiera sido más eficaz.

- No votaré el Estatuto por su redacción chapucera, su ignorancia de la gramática española y su intención de promover las “diferentes hablas andaluzas”, cuando nos entendemos perfectamente en castellano. Me niego al lenguaje andalucista de sainete de los Álvarez Quintero.

- No votaré el Estatuto por su preámbulo, en el que no han encontrado nada mejor que citar a Blas Infante, personaje al que no puede atribuirse ninguna paternidad de la patria andaluza. Su pensamiento, trasnochado y antieuropeo, fue tratar de copiar al nacionalismo vasco o catalán y emular al racista Arana o al estrafalario Maciá, y buscó las raíces de Andalucía en el periodo del califato de Córdoba, breve paréntesis de gloria en la desgraciada dominación musulmana, en lugar de la Hispania de Séneca y Trajano, el reino visigodo de los concilios de Toledo y el magisterio de San Isidoro, la España gloriosa del descubrimiento de América o más fácilmente aún en la Constitución de Cádiz de 1812.

- No votaré el Estatuto porque no me identifico con su himno ni con su bandera. ¿Qué quería decir Blas Infante al hablar de la bandera blanca y verde que “vuelve tras siglos de guerra”? ¿De dónde vuelve, de qué guerra? ¿Qué es lo que desea, que vuelvan los Omeyas, los almorávides, los almohades o los benimerines?

Podía continuar esta letanía con muchas más razones pero saldría un artículo demasiado largo. Porque amo a Andalucía, no quiero para ella ningún nacionalismo, sino que encuentre mejores políticos que hasta ahora y consiga quitarse de encima las lacras que la mantienen a la cola de España.

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