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Opinión
Etiquetas:   Religión   Suicidio   Evangelio  

Muerte silenciada

Octavi Pereña
domingo, 6 de septiembre de 2020, 21:01 h (CET)

Muerte silenciada se la llama al suicidio. A menudo ni los familiares ni los íntimos tienen constancia de la batalla que se libraba en el interior del suicida.

El Dr. José Besora, dice: “Se está medicando el sufrimiento. La tolerancia a la angustia es mínima y se soluciona con una píldora”. La atención personalizada de la persona que sufre es cara y la sanidad pública, y más si está insuficientemente financiada como lo está hoy, opta por la opción más barata que es medicar al paciente con lo que en algunos casos se le convierte en un zombi. Aparentemente quien sufre se tranquiliza gracias a los fármacos suministrados, pero ello no alivia el dolor del alma. Todo lo contrario, se agrava. La única salida para él a tan insoportable situación es quitarse la vida.

Los especialistas en trastornos mentales dicen que debido al Covid-19 y el confinamiento de la población tiene efectos sicológicos: Estrés, ansiedad, depresión, insomnio, miedo a salir a la calle…No debe olvidarse al personal sanitario que se ha visto obligado a trabajar bajo una intensa presión sicológica debido a las duras jornadas laborales a las que se han visto sometidos y obligados a atender a los contagiados sin disponer de la protección necesaria. Asimismo han sufrido trastornos sicológicos quienes han tenido que experimentar duelos complicados debido a la pérdida de un ser estimado debido a la pandemia sin poder despedirlo en compañía de familiares y allegados. El Covid-19 deja muchas secuelas sicológicas que merecen la atención debida.


Una noticia reciente: “En Barcelona el suicidio es la primera causa de la mortalidad de hombres entre 18 y 44 años y la segunda causa entre las mujeres después del cáncer de mama. Se calcula que cada año alrededor de 2.000 personas intentan quitarse la vida en la ciudad. Y se teme que ahora se pueda producir un incremento de las consecuencias socioeconómicas negativas de la pandemia y también porque ha finalizado el confinamiento (deja de haber entornos controlados y es más fácil acceder a sustancias letales). Por esto, entre otros elementos el Ayuntamiento ha decidido poner en marcha un teléfono de prevención del suicidio que se presentó ayer” (Raúl Montilla).

La pandemia del Covid-19 ha puesto de manifiesto la fragilidad humana y la poca confianza en los avances tecnológicos y sanitarios para proteger a las personas. La tramoya que se ha montado para aportar bienestar social se ha levantado sobre un cimiento de arena. El castillo del que estábamos tan ufanos y que se ha levantado sobre un firme inestable, a la primera de cambio se ha derrumbado.

El descalabro nos agobia y no sabemos a dónde ir en busca de ayuda eficaz.
Una cosa buena que en principio ha aportado el coronavirus ha sido que nos impulsa a cambiar la manera de pensar. ¿Realmente es así? Recordemos que en momentos puntuales decimos: “Tengo que cambiar”. Cuando aquello que nos ha impulsado a decir: “Tengo que cambiar” se ha desvanecido, olvidamos el buen propósito. Así una y otra vez, sin que se produzca el cambio en la manera de pensar. Se debe tomar la firme determinación de dejar de hacer promesas para cambiar la manera de actuar cuando en el fondo nos gusta aquello que sin meditar decimos que vamos a dejarlo. Debe tomarse conciencia de que el Dios que hasta el presente no nos interesaba debe hacerse cercano en la Persona de nuestro Señor Jesucristo. En el momento en que uno se encuentra con el Hijo de Dios y se decide edificar la vida sobre la Roca que es Él, se está en condiciones de apropiarse la experiencia del salmista que no era una cuestión filosófica para ser debatida en tertulias públicas o privadas, sino de fe. De creencia. Por ello se puede afirmar: “Al Señor clamé estando en mi angustia, y Él me respondió” (Salmo 120: 1). Si el salmista viviese hoy no iría a buscar consuelo en las píldoras que hacen adicto. Tampoco iría a buscar alivio en el profesional de la salud mental. Sin dudarlo repetiría lo que hizo cuando escribió el salmo hace unos 2.500 años: “Al Señor clamaré estando en mi angustia, y Él me responderá”. David que fue rey de Israel para quien Dios era un ser real, en el salmo 27 escribe: “El Señor es mi luz y mi salvación, ¿de quién temeré? El Señor es la fortaleza de mi vida, ¿De quién he de atemorizarme?…Hubiese yo desmayado, si no creyese que veré la bondad del Señor en la tierra de los vivientes. Espera en el Señor, esfuérzate, y aliéntese tu corazón, sí, espera en el Señor” (vv. 1, 13, 14).

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