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Ángel Luis bienvenida en la gloria
Ignacio de Cossío
Mal empieza febrero. Esta mañana de luto invernal he viajado a la finca sevillana La Gloria sita en el término municipal de Montellano, como último homenaje a mi querido amigo y maestro Ángel Luis Bienvenida, con él se nos apaga un poco a todos la luz de la historia viva del toreo. Ahora en su ausencia todos los espacios que aquí ocupan un lugar de privilegio, siempre bajo el recuerdo de esta familia de toreros castizos, recobran el sentido que el imprimía en nuestras tertulias de su casa de María de Molina.
La familia Sánchez Ibargüen, última propietaria de este mágico paraje, conserva hasta las mismas sillas de mimbre del famoso patio donde jugaban al rentoi dos parejas de amigos entrañables, Los Bienvenida, encarnados en la figura de Antonio y Ángel Luis por un lado y por el otro la formada por Pepe Luis y mi tío José María. Enciendo un cigarro y de nuevo mi mirada se ciega con el chispeante brillo del albero de la placita de tientas de La Gloria casi exacto al de la Maestranza y no me extrañaría que éste fuese primo hermano de aquel otro que se llevó en sacos El Papa Negro al estudio de Roberto Domingo para que le sirviera de muestra con el que pintar el ilustre lienzo donde los tres hermanos en tarde soñada comparten cartel un día de farolillos en Sevilla.
Toreros castizos sí, pero Sevillanos hasta la médula también en Madrid. Su sevillanía la exportaron al capital paseándola con grandeza de Sir, nuestro Ángel Luis y no digamos sus hermanos. Aún recuerdo cuando vino al Salón de Carteles de la Maestranza para hablar con la sencillez y naturalidad de lo auténtico de la Dinastía Bienvenida; de su padre El Papa Negro y sus hermanos Antonio, Pepe, Juan, Rafael y Manolo; del Señor del Gran Poder que se llevaron desde Sevilla para depositarlo en la capilla de Las Ventas; del las tertulias en la Calle General Mola con Nicanor Villalta, Marcial Lalanda y hasta Vicente Pastor. ¡Cuanta torería señores por metro cuadrado! Ángel Luis Bienvenida nunca toreó en Sevilla pero aquella tarde corto las dos orejas, el rabo y salió a hombros de la plaza del Baratillo.
Del salón de carteles, al salón de La Gloria regreso de inmediato para observar los azulejos que tapizan las paredes encaladas con escenas taurinas de todos los miembros de la familia Bienvenida, Pepe con las banderillas y Antonio con la muleta. ¡Simplemente formidables! En el exterior las ventanas de La Gloria se cubren de caprichosas rejas negras dando señorío a una finca que hoy más que nunca está de luto.
Querido Ángel Luis, me cuesta la misma vida escribirte estas líneas sabiendo que no me leerás como siempre, tú que me animabas sin desmayo por continuar el legado de nuestros mayores, aquellos en los ahora te reciben entre palmas y ovaciones. Descanse en Paz Ángel Luis, el último maestro de los Bienvenida que mantuvo el fuego de la torería. Mal empieza febrero.
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