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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Rebajas de valores

Francisco Arias Solís
Redacción
martes, 6 de febrero de 2007, 21:51 h (CET)
“Libertad para el preso,
justicia para el pobre,
respeto para el loco,
para el gobernador honrado, ínsulas,
y palabras de miel y aros de sol
para la dulce, dulce Dulcinea.”


Pedro Garfias

Tanto ha cambiado en los últimos tiempos nuestro país, nuestro paisanaje, que muchos padres se plantean que educación deben dar a sus hijos, para sobrevivir en el futuro que se nos avecina. Un amigo lo exponía así hace poco en una tertulia:

-A mí me enseñaron de pequeño que trabajar es una virtud –comentaba-. Mis padres, aunque católicos, jamás me presentaron el trabajo como un castigo; por el contrario, me mostraron que era una fuente de dignidad y de satisfacciones. De ellos aprendí que el dinero es sólo un medio para comprar libertad y bienestar, pero nunca la felicidad. De poco sirven mis consejos si mis hijos ven en las revistas, en la televisión, que los modelos de nuestra sociedad no son los que trabajan, sino los que viven del cuento. Cómo podemos imbuirles la idea de que hay que ser útiles a la comunidad si los que triunfan son precisamente los que exhiben conductas antisociales, como los especuladores, los que mienten, los pícaros que viven en el filo de la ley, los que trafican con influencias, los que sobornan o son sobornados...

La pérdida de valores tradicionales se ha producido entre nosotros con tal celeridad que a muchos nos resulta difícilmente asimilable. El contraste resulta para gentes de nuestra generación, que creció y luchó por la libertad, la justicia y la solidaridad. Ahora que hemos alcanzado un aceptable grado de libertad, y que ésta nos parece tan natural como el aire que respiramos, hemos perdido la noción de ella de tal manera que el ambiente se puede enrarecer –y de hecho y de derecho se está enrareciendo- sin que se disparen nuestras alarmas. Probablemente tendríamos que alcanzar niveles de asfixia para darnos cuenta de que la hemos perdido. La justicia sigue siendo una asignatura pendiente, se ha convertido en una utopía. De la solidaridad, la pobre, ya ni nos acordamos. Nuestro compromiso con nuestros semejantes termina cuando liquidamos a Hacienda nuestros impuestos.

Un conocido político ha asegurado que no ha habido pérdida de valores; “sólo han cambiado y los nuevos no tienen por qué ser peores que los viejos”.

Ciertamente, algunos han cambiado: la amistad se ha convertido en amiguismo; la conciencia –ese instinto para juzgarnos a nosotros mismos a la luz de la moral, en frase kantiana- es remilgo; la verdad, fantasía...

Pero, aunque ese conocido político se resista a admitirlo, en los tiempos en que vivimos, muchas de las palabras más bellas de nuestro idioma carecen de sentido, incluido el propio término “palabra”. Antes la palabra de un hombre era sagrada; hoy quien da palabra a su palabra de honor es un cursi. Decía Quevedo que “quien pierde la honra por el negocio, pierde el negocio y pierde la honra”; ahora el que pierde la honra por el negocio se forra. “Antes la muerte en la pobreza que la vida con vileza”, se enseñaba hace unos años; ahora la falta de integridad es un segundo patrimonio.

En cualquier caso, ninguna sociedad puede permitirse cambiar los valores con impunidad. Precisamente los llamados valores porque han servido de base desde el origen de la Humanidad, para el avance de la civilización. Es profundizando en ellos como los pueblos progresan y no despreciándolos.

En algún momento esta sociedad tendrá que elegir entre la recuperación de las más elementales normas de educación cívica o la ley de la selva. Entretanto, el dilema que se presenta hoy a los padres es acertar con los valores que se van a llevar dentro de unos años, cuando sus hijos tengan que valerse por sí mismos. Y, todavía, sigue siendo válido lo que nos dijo el poeta : “ Mi madre, mi pobre madre, / me dijo más de una vez: / “No basta que no hagas mal; / es preciso que hagas bien.”

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