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Retrospectiva del hundimiento blanco

Luciano Sabatini
Luciano Sabatini
martes, 6 de febrero de 2007, 00:05 h (CET)
Es fácil hacer leña del árbol caído. Pero lejos de toda mala intención lo cierto es que la situación de uno de los mejores equipos de la historia del fútbol merece un análisis. Uno por parte de los dirigentes, de los jugadores y hasta de los propios aficionados. Pongamos que hablo del Madrid.

El 0-1 ante el Levante de esta jornada no es más que la punta del iceberg de un problema mucho mayor que se lleva arrastrando desde hace años al que se ha ido parcheando vendiendo falsas ilusiones. Hace 6 años, en la temporada 2000, el Madrid era reciente campeón de Europa, con Vicente del Bosque en los banquillos, y un equipo compacto con Hierro, Redondo, Savio, Macmanaman, Morientes, y Raúl jugando en su sitio, la delantera. Más allá de los nombres que pasan, ese equipo tenía una identidad y sabía a lo que jugaba.

Futbolísticamente la propuesta era clara: se partía del balón, para manejarlo y dominar tocando los partidos, que de eso se encargaba Redondo, se salía rápido al ataque por las bandas, Savio y Macmanaman eran especialistas que sabían jugar pegados a la cal y así abrir el campo. El equipo jugaba a dominar los partidos, y llevar la voz cantante; para prueba un botón, sólo hace falta ver la final de ese año de la Champions ante el Valencia, donde los “chés”, que llegaban de una magnñifica trayectoria y con un equipazo dirigido por Héctor Cúper y alimentado por los Mendieta, Gerard, Kily González y Claudio López fueron borrados del terreno de juego por los blancos.

Desde el punto de vista institucional, el club sabía separar las parcelas, y nadie se metía en las decisiones deportivas, más que el cuerpo técnico. Luego llegó Florentino, en una extraña maniobra electoral ante el confiado Lorenzo Sanz, que pensó que su presidencia no correría peligro tras un triunfo semejante. Pero Florentino supo mover los hilos y ganar unas elecciones que serían el principio del fin. A partir de entonces el Madrid se convertiría en una empresa, una máquina de hacer dinero, muy eficiente eso sí, pero sin proyecto deportivo. Como primeras medidas de la directiva florentiniana llegaría la salida del mejor medio centro que ha tenido el club en décadas, Fernando Redondo, la despedida de Del Bosque como técnico, tras una vida dedicada al club, y la obligada salida de Hierro del club, por la puerta de atrás. Para que quede claro, los refuerzos de Florentino fueron, Makele y Conciençao para suplir a Redondo, uno buscaría el dinero de Abrahamovic y otro desaparecería del panorama futbolístico poco después; Queiroz para sustituir a Del Bosque, sin comentarios; o elgiendo los fichajes de Samuel y Woodgate, para hacer olvidar a Hierro, desechando a Gabi Milito por no ser apto para jugar al fútbol, pregunten por él en Zaragoza.

Fueron los años en los que todo comenzó a valer en el fútbol. Figo podía besar la camiseta del Barcelona para un mes después besar el escudo del Madrid, en la que el dinero comenzó a comprar jugadores y a enterrar sentimientos. Llegaron las giras asiáticas, los fichajes mediáticos, la venta de camisetas, los mal nombrados galácticos, y esa clase de tonterías. Así el Madrid dilapidó la renta que tenía mientras otros equipos como el Barcelona comenzaba a hacer las cosas bien.

El Madrid ganaría hasta que aquellos jugadores que hacían equipo como Savio, Morientes, o Solari alguien con poco criterio futbolístico decidió que no valían. El vestuario del equipo se pobló de jugadores que se creyeron estrellas, que pensaron que podían ganar los partidos con el nombre mientras sus contrarios crecían alrededor. Una época en la que el Madrid se ganó enemistades en toda España, cuando los blancos antaño eran el equipo con más aficionados en el país.

Hoy el único pecado de Ramón Calderón, que tan pitado es, es haber recogido el desgastado testigo de la nave blanca, con el timón encallado, algo imposible de enderezar a corto plazo. Creo que el Madrid necesita una profunda catarsis, como hizo el Ajax, tetracampeón de Europa, que se renovó al completo deshaciéndose de todas sus envejecidas estrellas y apostando por jóvenes como Pienaar, Sneijder, Maduro o Huntelaar, a sabiendas de que el club pasaría unos años de sequía pero que a cambio forjaría un equipo campeón para el futuro. Un club con la grandeza del Madrid, con 15 títulos internacionales, debería saberse la lección: renovarse o morir.

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