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Etiquetas:   Algo más que palabras   -   Sección:   Opinión

Ni San Valentín nos salva de crecer en el vacío

Víctor Corcoba
Víctor Corcoba
lunes, 5 de febrero de 2007, 22:01 h (CET)
No me gustan esas crecidas económicas que esclavizan, tan propias del momento actual, que se mueven por el imperio de la ambición, ni tampoco empleos deshumanizadores, que no tienen en cuenta a la persona como tal. Es como crecer en el vacío, a pesar de que celebremos a San Valentín con buena mesa y flores, haciendo brindis a un amor más desvirtuado que el medio ambiente. La presentación de un estudio reciente del Instituto de Estudios del Capital Social (INCAS) del Centro de Investigación y Desarrollo Empresarial (CIDE) de la Universidad Abad Oliva CEU, sobre la importancia del matrimonio, la paternidad, la maternidad y el parentesco para el Estado de bienestar y el crecimiento económico, pone de manifiesto una serie de conclusiones sobre los efectos de la legislación elaborada en el marco de la ideología de género y de la cultura del deseo, que pueden servirnos como reflexión.

La institución del padre y la madre y la realidad biológica hombre-mujer pasan a un segundo término, sustituidos por los “progenitores” y “cónyuges” asexuados en cuanto a concepto, y abiertos a cualquier práctica sexual. Atrás queda, o se pretende que permanezca, el auténtico pacto conyugal; donde los cónyuges (hombre-mujer) veían claro que el verdadero amor no es tal, si no es fiel, o lo que es lo mismo, honesto consigo mismo y con su pareja. Esto, claro, exige un compromiso pleno y además duradero, nada menos que hasta la muerte. A esta idea, por desgracia, también ha llegado la corrupción y todo se supedita al propio bienestar egoísta. El amor hombre-mujer se queda más en un sueño de poetas que de vida. Lo de vivir el uno para el otro el amor matrimonial, para si mismos y para la familia, comporta algo más que unir cuerpos, consiste, sin lugar a dudas, en acrecentar la mutua donación con la práctica del alma. Creo que se equivocan quienes piensan que al matrimonio le es suficiente un amor asexuado, o un recordatorio por San Valentín. El amor no es un producto de consumo, sino un verso que sale del corazón para unirse a otro verso y formar el más bello poema interminable.

Otro de los efectos que subraya el citado estudio, es que las mujeres dejan de ser valoradas por si mismas y pasan a formar parte de una “clase” y ser presentadas en bloque. Me parece una verdadera estupidez lo de clasificar y poner en unidad lo que es la singularidad de cada persona, deformando valores propios de la feminidad. A las mujeres hay que valorarlas por su propia naturaleza, primero porque la historia les pertenece por sus heroicas acciones, aunque se escriban como conquistas del hombre, y después por su servicio a la vida, a la continuidad de la especie. No se puede presentar como una masa lo que es un corazón, ni tampoco trivializar la sexualidad con el desenfreno y la irresponsabilidad, algo que perjudica sobre todo a la mujer. En una sociedad que sigue los pasos del vicio, el amor de usar y dejar tirado a la persona, se acentúa la tentación de recurrir al aborto. Y aquí, una vez más, es la mujer la gran perjudicada. Ha de soportar el peso de su conciencia que le recuerda siempre –así lo manifiestan muchas víctimas- que ha quitado la vida a un hijo.

En esta cultura del deseo, la configuración legal de la teoría de que no existen hombres y mujeres sexualmente hablando, sino múltiples opciones sexuales, dejan totalmente vacío de semántica el matrimonio. Pasa a ser un contrato que por definición puede ser estéril y disuelto por deseo unilateral, una forma de convivencia confusa, débil e inestable. Lejos está quedando ese matrimonio que vertía sobre la sociedad valores de solidaridad y respeto, de justicia y perdón. Considero, pues, que la familia fundada sobre el matrimonio, ha de volver a reconocerse en su identidad y ha de aceptarse como bien social. Cuando se confunden las expresiones del corazón, bien saben aquellos en verdad enamorados, que el amor se aleja. Mal sueño es, lógicamente, que sólo cuenten los apetitos y se excluya, a la hora de emparejar, aquellos puros latidos que tantos versos engendraron a la vida.

La mejor manera de desarrollarse, desde luego, pasa por ascender al verdadero amor, ensanchar el corazón de su pureza, extender sus métricas y expandir sus fuegos de luna y sol. Quizás más que nunca el amor hace falta que se abra a la existencia. Cuando todo se basa en producir y disfrutar, sin tener en cuenta los sentimientos de las personas, más pronto que tarde se camina a la deriva. Lo mismo sucede con el excesivo encerramiento en sí mismo que se vive, algo que tiende a extinguir el positivo amor, por muchos festines que hagamos a la pasión. La entrega total al amor es otra cosa, tiene unas notas peculiares de exclusividad, fidelidad, permanencia en el tiempo y apertura a la vida, que es lo que a diario debemos avivar. Realmente, con tantas fuerzas contrarias que a veces parten hasta del mismo poder legislativo, es preciso anunciar con renovado entusiasmo que el amor de la familia, cuando crece sana, es un camino de realización humana y espiritual, que nos llena por dentro y por fuera. Este anuncio, hoy en día, está siendo desfigurado por falsas concepciones de progreso que no respetan algo tan innato como es el universo de los afectos.

La inadecuada valoración del amor conyugal inestabiliza la vida familiar y, por ende, a la misma sociedad. A esto hay que sumar que España es el único país de la Unión Europea que destina menos del 1% del PIB a la familia, según las conclusiones del Informe de Evolución de la Familia en España 2006 que presentó el Instituto de Política Familiar. Añadimos también que la tasa de hijos de madres solteras, o de abortos, se ha disparado a cotas sin precedentes ¡Ay, San Valentín, qué vacíos andamos y que poco amor ofrecemos! La familia más que una comunidad de amor y de solidaridad ha pasado a ser una comunidad de intereses, porque el amor tiene fecha de caducidad, y uno de cada siete hogares, se ha convertido en un hogar solitario, según el citado Instituto. Esto pasa por no inculcar los valores de saber amar para ser amado y pensar a ciegas, sin una noción recta y realista de la libertad responsable en relación a la alianza matrimonial, como capacidad de escoger y encaminarse a ese bien que es la donación conyugal. Me niego a que todo se reduzca, intencionadamente, a una confusión de lenguajes.

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