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Etiquetas:   Análisis internacional   -   Sección:   Opinión

Camiri

Isaac Bigio
Isaac Bigio
lunes, 5 de febrero de 2007, 22:01 h (CET)
Una decena de heridos ha producido la intervención del ejército boliviano contra la ocupación de una planta petrolera en Camiri.

Esta urbe de 30,000 habitantes es la capital petrolera de Bolivia y se ubica en el departamento de Santa Cruz, pero, en vez de plegarse a las demandas autonomistas pro-libre empresa de Santa Cruz de la Sierra enarbola consignas que han estado a la izquierda de Morales. La ocupación se dio para plantear una ‘verdadera nacionalización’ de los hidrocarburos y para dar poder a la nación guaraní.

Evo Morales ha sido desbordado por un movimiento sindical a su izquierda al cual ha reprimido. Con ello él podrá incrementar sus diferencias con varios gremios radicales como la Confederación Campesina o la Central Obrera de La Paz.

En el mismo departamento de Santa Cruz Morales ya se encuentra ante dos oposiciones. A su derecha está la capital departamental que quisiera un capitalismo a la chilena. A su izquierda está la zona petrolera del sudeste que le cuestiona por no llevar a cabo una revolución.

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Banalización

Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

El riesgo feminista

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