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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La tolerancia

Francisco Arias Solis
Redacción
lunes, 5 de febrero de 2007, 13:23 h (CET)
“-Perdona a tus enemigos.
-No puedo –dijo el tirano
al morir- , ya no los tengo:
a todos los he matado.”


José Bergamín

Aunque la palabra “tolerancia” tiene forma positiva, en rigor no se puede hablar de ella sin tener en cuenta su contrario: la intolerancia. Sin ésta, no tendría sentido hablar de tolerancia, ni siquiera se ocurriría pensar que exista o pueda existir. Podría decirse que la intolerancia es el fenómeno primario y su supresión o corrección es precisamente la tolerancia.

Ahora bien, la intolerancia no consiste en una simple actitud hostil hacia posiciones, ideas, creencias que no se comparten. Se puede muy bien discrepar enérgicamente, o combatir enérgicamente cualesquiera puntos de vista, sin ser por ello intolerante. La intolerancia surge cuando no se acepta la realidad, cuando se ejerce violencia sobre ella como tal realidad, en otras palabras cuando se la descalifica, cuando no se reconocen sus títulos, su derecho a existir. La lucha no está en oposición con la tolerancia. La intolerancia consiste en querer suprimir una realidad, no en dejarla ser lo que es y combatirla porque parece inconveniente. El partido político que está persuadido de ser el mejor y combate al adversario, y procura vencerlo y conseguir el poder, no es forzosamente intolerante; pero lo es si lo que quiere es eliminar al adversario, no dejarlo luchar, estorbar su existencia o su expresión, impedir que presente su programa, sus razones y sus argumentos.

Las palabras tolerancia e intolerancia hacen pensar ante todo en la religión. Quizá porque acerca de ella se ha solido extremar la intolerancia; también porque la noción de tolerancia empezó a usarse y abrirse camino en el siglo XVII, cuando empezaron a fracasar las guerras de religión en Europa, quiero decir cuando resultaron, además, inútiles.

Sólo en un país de la tradición inquisitoria que tiene el nuestro, donde los poseídos del demonio se les salvaba quemándolos en la hoguera, se puede explicar que los intolerantes religiosos digan que defienden a sus perseguidos, movidos de amoroso interés por la salvación de sus almas. Pero, aparte de ser más que dudoso que espiritualmente se justifique nunca la persecución, la ejecución del hereje impenitente muestra bien a las claras la falsedad e hipocresía de esa pretensión, ya que se mataba a quien se consideraba más expuesto a la condenación, añadiendo tal vez la desesperación al número de sus pecados, haciendo, pues, todo lo posible por comprometer su salvación, en nombre de la cual se fingía hacerlo morir.

Los límites de la tolerancia varían según las épocas y las esferas de la vida, la religión o la economía o la higiene. Las relaciones entre el sacerdote y el hereje de otros tiempos se parecen acaso a las que hoy existen entre el médico y el curandero. Normalmente no se siente hoy como intolerancia la supresión del derecho de circular libremente en todas direcciones o a cruzar las calles por cualquier parte. Nos parecería monstruosa intolerancia la obligatoriedad de recibir el bautismo, pero no lo parece la vacunación forzosa contra la viruela.

¿Pura arbitrariedad? No. Lo decisivo es la existencia o inexistencia de un consensus efectivo, que es la fuente real de la legitimidad. Cuando ese consensus falta, o cuando se va más allá de él y abusivamente se lo extiende a contenidos a los que no alcanza, el resultado es intolerancia, y cuando se trata del Poder en su conjunto, una situación de ilegitimidad, que hoy afecta a un considerable número de sociedades.

Finalmente, diremos que lo que tiene que haber es efectiva con-vivencia, y ésta requiere vivir y dejar vivir a los demás, a aquellos que se pueden combatir, sin negarlos, sin pretender suprimirlos, sin violentar la realidad. Y como dijo el poeta: ¿Cuándo llegará el momento / en que la tolerancia traiga ese momento?

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