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La selección alemana y Namor, príncipe de las profundidades submarinas (VI)

Herme Cerezo
Herme Cerezo
domingo, 4 de febrero de 2007, 12:01 h (CET)
Hoy no hablaremos de España. De España, si procede ― ojalá que no ―, hablaremos durante el próximo fin de semana, cuando conozcamos si ha conseguido o no su pase al pre-olímpico. Pre-olímpico, ¡toma castaña! De candidatos al oro, a tocar metal como mínimo, a aspirantes al pre-olímpico. ¡Toma castaña!, repito. Esperemos que, por lo menos, David Barrufet pueda despedirse, como se merece, en los Juegos Olímpicos del 2008. Son muchos años defendiendo el arco español a plena satisfacción y ya le va llegando la hora del relevo. De quien sí hablaremos ahora es de Alemania, ¡Deutschland, Deutschland!, y de Francia, ¡Allez la France!

Enorme, espectacular, agónico Alemania-Francia. Veinte mil personas, ambiente de gala, sesenta minutos de juego y otros veinte (dos prórrogas) de añadido. Si después de ver este encuentro, todavía queda alguien que dude de la honradez del jugador del balonmano y de la dureza de este deporte, que no continúe leyendo este artículo. Que no siga porque la semifinal vista esta tarde-noche en el Kolnarena ha sido épica, de auténticos gladiadores. Los germanos, superiores en antropometría, se han topado con una Francia que venía de derrotar a la siempre difícil y antipática ― deportivamente hablando ― Croacia, con un derroche físico importante. Y hoy han estado a punto de repetir proeza. Pero ganar, con solo ocho jugadores, dos partidos de semejante intensidad en cuarenta y ocho horas es difícil. Si, además, los colegiados, en momentos puntuales, echan un cable a los locales, resulta prácticamente imposible.

Pero, cuidado, no hay que desmerecer a los teutones. Tienen calidad, muchísimas ganas, un descomunal poderío físico y un saber estar más que notable: no se han descompuesto en ningún instante, ni con el marcador en contra, ni a favor. Sólo se han desmadrado, rebosantes de felicidad, cuando Fritz ha detenido el último lanzamiento del francés Daniel Narcisse que les pasaportaba a la Final. Tienen, además, otra virtud fundamental en este deporte: la paciencia. Así como España ha jugado muchos minutos de este mundial con acciones ofensivas demasiado breves, de dos o tres pases, los alemanes poseen la habilidad de intervenir todos en ataque. Si la presión de los exteriores sobre los extremos es dura, mediante un cruce lateral-extremo salen de su puesto específico y participan en acciones de desdoblamiento para que obtenga beneficio su pivote, Schwarzer, o para que los primeras líneas, Pascal Hens y Glandorf, puedan enchufar de fuera. A esta cualidad, hemos de añadir la sabiduría de Markus Baur, dueño de la batuta del ataque alemán en instantes críticos, y las finalizaciones de los extremos Kehrmann y Jansen. Mención aparte merecen las aportaciones del portero Henning Fritz: sencillamente sensacional. Heiner Brand llevaba muchos años esperando una Final del mundial. Ya la tiene. Su hora ha llegado, porque mucho me extrañaría que se le escape el título en su propio país y ante su enfervorecida e incondicional parroquia.

¡Deutschland, Deutschland! El domingo volveremos a escuchar este grito, con renovado ímpetu y mayor intensidad si cabe. Una curiosidad, un detalle. Llama la atención el equipaje que se enfundan los germanos, una mezcla de tonos verdes, oscuro y claro, francamente ecológico pero poco estético. Vestidos con él, recuerdan a Namor, el príncipe de las profundidades marinas, un personaje de los cómics de la Marvel, aunque también recuerdan a otra indumentaria menos simpática y más antigua.

De Francia sólo elogios cabe decir. Hoy han pagado el tributo del cansancio de su partido ante Croacia y del desgaste físico que han desplegado en la primera parte. En el segundo tiempo y en ambas prórrogas, Karabatic, el jugador más destacado de su ataque durante el torneo, el mismo que nos amargó la Final del Europeo 2006, apenas ha existido y sin él los galos bajan muchos enteros, aunque Narcisse, Omeyer, Guigou, Abati y Abaloo han hecho lo que han podido.

Y de los árbitros, ¿qué quieren que les diga? Leo en los periódicos que a los noruegos Abrahamsen y Kristiansen, que nos pitaron contra Alemania el pasado martes, los han enviado a casa. Bueno, bien, vale, ya está, mirusté. Pero con eso nos quedamos: a luchar por la séptima plaza. Los de hoy eran suecos y, poco más o menos, han hecho lo mismo que sus vecinos nórdicos con una variante: han tenido "mala conciencia" y han compensado cada uno de sus "errores" a la jugada siguiente, con lo que han quedado en evidencia. Por supuesto, con esta táctica arbitral los que han salido beneficiados, una vez más, ¿qué raro?, han sido los anfitriones. Especialmente, con ese tanto que le han anulado a Guigou, perfectamente válido, poco antes de concluir el encuentro. Sin ese gol anulado, abocados a una tanda de penalties, tal vez podríamos estar hablando de otro finalista o de otro resultado. Pero eso no son más que cábalas, unas cábalas en las que Fritz y Omeyer, compañeros de equipo en el Kiel, rivales en la tarde-noche de hoy, hubieran tenido mucho que decir.

Acabo ya. El domingo es la gran Final. Cuando escribo esto, me entero de que el otro finalista es Polonia, que ha derrotado a Dinamarca por 36 a 33. Por lo tanto, si no ocurren "cosas raras", se presenta un partido apasionante, una revancha de la primera fase, donde los polacos vencieron a los alemanes. Y el sábado, España intentará el asalto al pre-olímpico. Esperemos que nuestra selección resuelva su papeleta con solvencia y que no tengamos que hablar de ellos. Será una buena señal porque, como dicen los ingleses: si no hay noticias, buenas noticias.

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