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Hambre para mañana

Óscar Arce Ruiz
Óscar Arce
domingo, 4 de febrero de 2007, 08:59 h (CET)
Soy de los que creen que la famosa ‘Declaración Universal de los Derechos Humanos’ ha supuesto un hito en la manera de entender la vida y las relaciones sociales de los últimos 60 años.

Que se firmase en 1948, tres años después de la finalización de la II Guerra Mundial, -cuando también la nueva pedagogía viró hacia un conocimiento global y hacia la introducción de los valores en las lecciones- me hace suponer que quizás la elaboración del contenido fue ideado de manera precipitada.

El objetivo era que nada de lo que había pasado diez años antes volviese a repetirse. Para ello se redactó una carta que, a mi entender, tiene más de calmante populista que de efectivo.

Además, Europa tiene una facilidad etnocéntrica loable. Cree que todos los males del mundo no tienen su inicio sino en el viejo mundo. No les preocupa la rivalidad entre comunidades, o las dinámicas sociales propias de otros lugares que crean conflictos independientes de la influencia europea.

Así quedaron, derrotados por la visión de lo que ha acontecido por efecto del desembarco aquí o allá y por la arrogancia de los predecesores que pretendían enseñar a vivir a aquellos salvajes.

Por eso, les dejamos años más tarde entrar en nuestra ONU y hasta firmar esa declaración de los derechos que nosotros mismos elaboramos. Entonces, les enseñamos cómo debían respetarse los derechos humanos.

Y a partir de ese momento, los derechos nos han hecho libres. Hemos sido capaces de asumir el articulado de la declaración y de exigir cada vez más y más derechos. Del niño, de la mujer, del inmigrante, del joven, del estudiante. Como si no fuesen todos ellos humanos.

No; cambiemos los derechos por deberes. Cambiemos el derecho a la propia vida por el derecho a respetar la vida de los demás. Sólo así aseguramos los que nos seguirán asuman responsabilidades y no solamente las reclamen de los demás.

Porque si no, si la posibilidad de esgrimir derechos se extiende a todas las almas de este mundo, serán los derechos personales lo que prevalecerá. ¿Y cómo podré hacer valer mis derechos si han de competir con los de tantos millones de personas?

Solamente nos quedará que el fin justifique los medios. Mintamos, pues, ultrajemos, engañemos, vivamos del embuste. El fin está avalado por la ONU.

No sé si está bien engañar a los doctores sobre la edad para ser objeto de una inseminación in-vitro para poder cumplir el sueño de tener un hijo. Aun cuando la madre sabe que tendrá que asumir el cuidado de un adolescente con unos ochenta años, lo que le sustrae a la criatura el derecho a la adolescencia despreocupada.

Lo que sí intuyo es que es consecuencia de todo el proceso que he condenado -no lo suficiente, sin duda- más arriba. Los derechos en primera persona prevalecen sobre los de todos los demás. Incluso están sobre los derechos del propio hijo.

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