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Juegos
Luis del Palacio
El juego podría haber sido el título elegido por Mankievicz para una de sus obras maestras, The Sleuth (El detective), mal traducido al español como La huella. En todo juego hay un duelo, y parece que su origen se debe al deseo que tenían algunos veteranos de guerra de rememorar los viejos tiempos: quienes todavía conservaban la fuerza viril de sus mejores años, inventaron los torneos, los juegos de pala, estoque y maza; y aquellos que habían traspasado los límites de la madurez, optaron por los lances sobre la mesa. De ahí provienen los de cartas, el ajedrez, las damas, el parchís y muchos otros. Estos últimos no requerían fuerza ni destreza física, pero sí inteligencia (hasta para las trampas)
Volviendo a la película de Mankievicz, el duelo se entabla (“en-tabla”, por cierto) entre un viejo ganador –personaje encarnado por el inolvidable Sir Lawrence Olivier- y un perdedor en ciernes, que además es un advenedizo y un snob (“sine nobilitate”) Un lozano Michael Caine da vida a este próspero peluquero italiano, amante de la mujer del viejo zorro, autor de novelas policiacas. Como en todo juego, existe también una trampa implícita, un tercer personaje que es y no es al propio tiempo, que está ¡y no está!... o al menos no es lo que parece. Al final se descubre lo que menos se espera y triunfa el último en reír... ¿quién será?
Juego, jugar, jouer, to play, spielen... (Ahora juego a ser pedante, indicándoles mis profundos conocimientos de lenguas... que quizá no tengo ¿Ven ustedes el juego?) Y puedo seguir diciendo que en todas esas lenguas, excepto en la nuestra, los instrumentos musicales se juegan o, a la inversa, que los juegos se tocan. Mis saberes etimológicos no llegan a tanto como para explicar por qué en nuestro idioma existen dos verbos sin aparente relación.
Mi vista se detiene en la imagen de un caballero apoyado indolentemente sobre el tapete verde de la mesa de un casino (no en Las Vegas, por Dios ¡no!) Acaso en alguno de la Riviera francesa, Montecarlo o Baden-Baden) Me recuerda al difunto duque de Windsor (perdedor vocacional, pero con sentido del humor) Pero, no. En realidad se parece más a George Sanders, aquel actor que se representaba a sí mismo en papeles de cínico distinguido; como el cómplice de la siniestra señora De Winter, en la película Rebecca. Acabó suicidándose en un hotel de Mallorca. ( Y también forma parte del juego: tanto en La huella como en Rebecca el protagonista es Lawrence Olivier) El caballero a que me refiero es un jugador. No le importa el baccará, ni la ruleta, ni los ojos verdes de Ava Gardner, que le miran sensualmente: le importa sólo el juego.
No es en la música donde los verbos jugar y tocar se encuentran, sino en el azar. En la ciencia combinatoria, donde los números parecen danzar con el demiurgo de un compás lento y arbitrario (pero sólo en apariencia) Variaciones, permutaciones... Aparecen los “juegos de apuestas”: es cuando el Estado, sempiterno ganador, se da cuenta del gran negocio que supone tutelar la esperanza de quien no sabe muy bien cómo llegar a fin de mes o pagar la hipoteca. Lotería, loto, quinielas, carreras de caballos, “rasca y gana”... La lámpara de Aladino. Para entonces el sentido del juego ya se había perdido “Me ha tocado una participación que jugué en el sorteo de Navidad”, “Si me tocara una primitiva...”
El gentleman –George Sanders, Lawrence Olivier, Visconti- y el duelista –Pushkin, el duque de Montpensier- se retiraron a sus cuarteles de invierno, y no es fácil que volvamos a verlos.
Señores: en la mesa del fondo ¡han cantado bingo!
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