Quantcast
Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto. Noticias y opinión
Sueldos Públicos Viajes y Lugares Display Tienda Diseño Grupo Versión móvil

Revista-teatro

Etiquetas:   TEATRO CRÍTICA   -   Sección:   Revista-teatro

Una interpretación magistral, acompañada de una ambientación de excepción

La duda
Redacción
viernes, 2 de febrero de 2007, 13:04 h (CET)
“La Duda” es una versión libre teatralizada basada en la obra original “El Abuelo”, de Benito Pérez Galdós. El director, Ángel Fernández Montesinos, en su afán de hacer una adaptación única, original, permanente, ha cambiado el género del protagonista y, en esta ocasión, una impecable Nati Mistral centraliza la acción protagonista.

Elia Armero
La veterana actriz, con su magistral interpretación, logra provocar en el espectador muchos y muy diversos sentimientos, algunos de ellos incluso contradictorios. Así, desde las butacas del Centro Cultural de la Villa de Madrid, el visitante esporádico, atento, se asoma a una ventana, como si de un tren se tratase, por la que ve pasar tensión, cordialidad, suspense, inocencia, intriga, ternura, rencor, tristeza, solidaridad…



La duda


Los diferentes personajes que invaden la escena logran traspasar la impasible barrera que supone un escenario para acercarse al público y conseguir su estremecimiento. Se podría decir que en los momentos más álgidos de la acción del texto teatral los asistentes “mantienen el corazón en un puño”, compungido.

Y para conseguir estos efectos el montaje es extraordinario. Un enorme escenario muestra, con todo lujo de detalles, la antigua casa de una condesa. Una ventana deja ver un jardín que da a la calle, mientras que unas escaleras, a la derecha, suben a las estancias más reposadas de la vivienda. En el centro, una gran chimenea, coronada por un espejo. Y todo ello, acompañado de una indumentaria divinamente ajustada a la época en cuestión y unos personajes típicos: el profesor, el médico, el sacerdote, los criados…, lo que provoca que “La Duda” se convierta, así, en un perfecto retrato de la España de 1900.

Pero sin duda, uno de los protagonistas de la escena es la ambientación. La música, presente en los momentos más dramáticos, acompañada por el recurso lumínico, logra impregnar de textura este retrato. A la derecha, justo encima de las escaleras, se intuye una ventana por la que, según avanza el día, va variando el matiz de la luz del sol reflejado en la pared. Además, los truenos y relámpagos de una tarde otoñal cualquiera en el jardín aportan realismo a esta estampa.

El texto narra la historia de una mujer, la condesa de Albrit, doña Mariana (Nati Mistral), cuya familia ha pertenecido siempre a la alta aristocracia española, pero, con el transcurso de los años, las desgracias se ciernen sobre ella. Su hijo se casa con una joven y, pasados unos años, muere de forma trágica solo, en la habitación de una triste pensión. Además, doña Mariana pierde toda su fortuna y sus propiedades y la viuda de su hijo le reprocha su comportamiento déspota, aunque se ampara de ella.

Pero, en realidad, el clímax de la obra pende de un hilo, de una pregunta: ¿cuál de las dos nietas de doña Mariana no es sangre de su sangre? Ésta usará todas sus armas para averiguarlo.

Así, la protagonista, en el ocaso de su vida, no vive sino para descubrir la gran mentira que “llevó a la tumba” a su único hijo, a quien adoraba, pero a medida que avanza la tensión dramática, se da cuenta de que la nobleza de la estirpe y las raíces no son lo más importante en las personas ni en la vida, sino el corazón, que está por encima de todo y todo lo mueve.

En uno de los diálogos de doña Mariana y don Pío (Emiliano Redondo), el profesor particular de las niñas, la anciana, en su afán por descubrir la verdad, le hace elegir entre el honor y el amor. Éste, que se autodefine como un desdichado en la vida, elige el amor sin dudarlo un instante. Esta conversación, alrededor de una mesa, es estremecedora. En ella se confiesan secretos y temores; salen a relucir las flaquezas de ambos, dos personas que son, ante los ojos ajenos, un símbolo, un camino a seguir, uno por su condición de profesor y la otra por ser una dama Grande de España.

Así, el personaje protagonista es un espejo en el que se reflejan diferentes condiciones y miserias humanas: desde la gratitud, a la soberbia, pasando por la generosidad, el odio y el rencor, para llegar finalmente, al amor. El amor que, descubre, siente por su nieta Dolly (Nerea García), que la defiende incluso ante su madre.

Y es que, tal y como concluye su parlamento final la condesa de Albrit, “el honor de las personas se encuentra en lo más profundo del corazón”.

Nati Mistral: Doña Mariana Marisa Segovia: Doña Lucrecia
Esperanza Alonso: Gregoria Nerea García: Nelly/Dolly
Emiliano Redondo: Don Pío Esther Palomo: Nelly/Dolly
Carlos Manuel Díaz: Senén Zorión Eguileor: Venancio
Patricia Ponce de León: Dolly Manuel Aguilar: Don Salvador
Jorge Merino: Don Carmelo
Versión: Juan Altamira y Carlos Villacís Dirección: Ángel F. Montesinos

Noticias relacionadas
 
Quiénes somos  |   Sobre nosotros  |   Contacto  |   Aviso legal  |   Suscríbete a nuestra RSS Síguenos en Linkedin Síguenos en Facebook Síguenos en Twitter Síguenos en Google Plus    |  
© Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto | Director: Guillermo Peris Peris