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Alemania está en semifinales, España no (V)

Herme Cerezo
Herme Cerezo
jueves, 1 de febrero de 2007, 11:53 h (CET)
Conocí a un entrenador de balonmano que, cuando alguno de sus jugadores protestaba por alguna decisión arbitral, siempre respondía lo mismo:
-Cada árbitro interpreta el reglamento a su modo. Y ésa interpretación es la que vale en cada partido.

Y es la pura verdad. Pero, ¡ojo!, eso no quiere decir que existan tantos reglamentos de balonmano como ‘referees’ hay sobre la faz de la Tierra. No, líbreme Dios de ello, menudo tormento. Lo que quiero decir es que los jugadores han de habituarse a varios tipos de arbitraje. A uno distinto en cada partido. Y sólo disponen de una hora para demostrar su capacidad de adaptación. Igual que se acomodan al contrario para superarle, deben hacer con los árbitros.

Viene este comentario al hilo de las declaraciones sobre la influencia de los árbitros en el resultado del Alemania-España de esta tarde-noche. Se han escuchado voces airadas en el vestuario español tras el encuentro, donde nuestra selección cayó derrotada por 27-25 (15-12 al descanso). Y es que los noruegos Abrahamsen y Kristiansen no anduvieron especialmente finos con los hispanos. Hubo un montón de detalles a lo largo del partido (permitir que el reloj corriese en momentos claves, cuando debería estar parado; igual número de exclusiones (4) para cada equipo, cuando los germanos repartieron “cera” hasta en el pasaporte; concesión de un tiempo muerto al equipo local en dudosas circunstancias y, sobre todo, señalización del último penalty “cometido” sobre Kehrmann, cuando en realidad era una clarísima falta suya en ataque), que no digo yo que inclinasen la balanza hacia el lado teutón, pero evidentemente no contribuyeron a mantenerla en posición horizontal. Un partido, recuerden, es una suma de pequeñas historias. Y las decisiones arbitrales son eso, pequeñas historias que se acumulan y dejan poso.

El reglamento del balonmano tiene algunas lagunas. La más importante, a mi juicio, es la del denominado juego pasivo. En esta regla, tan polémica como bien intencionada, pues prima la calidad técnica defensiva, interviene en un porcentaje elevadísimo el subjetivismo arbitral. Y eso es peligroso cuando de aplicar un reglamento se trata. En una ley, la imparcialidad y la objetividad son criterios imprescindibles, rigurosos, inalienables. Dura lex, sed lex. Pero eso no pasa en el balonmano, por desgracia.

Todo ello, no obstante, no justifica nuestra derrota, porque lo cierto es que España, excepto cuando consiguió igualar 23-23 en el minuto 55, siempre fue a remolque en el marcador. Los alemanes trabajaron a sus anchas por nuestros 7-8 metros, sin parar de desdoblar un extremo, normalmente el derecho, a la línea continua para buscar el lanzamiento exterior o los pases a los desdoblados, normalmente Florian Kehrmann, o a su pivote, el recuperado Schwarzer, situaciones tácticas traducidas en goles en contra o penalties transformados. Es la versión de la cerveza que se tomó el ruso Tchipourin días atrás en nuestra área. Nosotros también sacamos buen provecho a la Rolandodependencia: 8 goles de Uríos y unos cuantos penalties (amén de los que no pitaron los noruegos y de las exclusiones omitidas), pero no fue suficiente. Como tampoco lo fue la valentía de Iker Romero y Raúl Enterríos o el acierto de Hombrados en su entrada a pista.

En fin, que España se va para casa. Bueno, se marchará el próximo fin de semana, después de pelear por el quinto y octavo puestos. Una lástima, pero este deporte es así. Un año eres Campeón del Mundo y en la siguiente edición, juegas para no perder la categoría. Es difícil mantenerse en la elite (acuérdense de Suecia, la tantas veces campeona de todo, que en este mundial ni está). Por eso tiene tanto mérito lo que en el siguiente partido de la sede de Colonia hizo Francia anoche. La francesa es una selección que, desde comienzos de los 90, casi siempre toca metal. Y anoche, utilizando sólo ocho jugadores, se cepilló (21-18) a los croatas, subcampeones del mundo, y a los que, mucho me temo, que nos volveremos a cruzar en la “consolación de la miseria” que se avecina. Por lo visto, parece claro que lo de Lino Cervar el otro día no era especulación ni cicatería, sino simple impotencia física. Porque anoche, en los últimos quince minutos, Croacia vagaba por la pista, como la Santa Compaña por un bosque gallego. Por el contrario, tremendo derroche físico el de los galos que, ojalá, no les pase cargo en la semifinal del próximo jueves contra Alemania, día en que volveremos a escuchar el ¡Deutschland, Deutschland!, en el Koln Arena. Para mí es la auténtica Final a expensas, por supuesto, de lo que pueda depararnos la Final de verdad, que enfrentará al vencedor del Polonia-Dinamarca, selecciones que han vencido a Rusia (28-27) e Islandia (42-41), respectivamente, con el ganador del Alemania-Francia.

En fin que el Mundial 2007 camina por su recta final. Queda por vivir lo mejor, aunque a nosotros no nos está reservado en esta ocasión ningún papel protagonista, sino el de teloneros. La verdad es que no hemos dado una imagen consistente, con empaque y capacidad suficientes para alcanzar, al menos, las semifinales, objetivo que, a priori, era nuestra máxima aspiración. Pero hay, lo que hay. No tenemos que buscar culpables, sino soluciones y previsiones de futuro. En eso deben trabajar los técnicos.

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