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Etiquetas:   Momento de reflexión   -   Sección:   Opinión

En pos de la felicidad

Octavi Pereña
Octavi Pereña
jueves, 1 de febrero de 2007, 11:43 h (CET)
No es habitual oír hablar de carreras de galgos. Nos detendremos en ello porque esta competición animal es un tema de reflexión. Si a esta raza canina que posee un fuerte instinto para competir se le añade un intenso y adecuado adiestramiento, pueden llegar a alcanzar los 60 Km./h.

Antes de comenzar la competición los canes permanecen enjaulados individualmente. El propósito de la competición es de que los canes persigan a una “liebre” artificial impulsada eléctricamente. Tan pronto como el cebo pasa ante sus narices se abren automáticamente las puertas que los mantienen recluidos. Los animales salen disparados como flechas en persecución del artilugio al que se les ha enseñado a perseguir. A pesar de la alta velocidad que alcanzan los perros no consiguen jamás atrapar a la “liebre” . Si el más veloz de los competidores se acerca demasiado a la “liebre”, a ésta se le aumenta la velocidad, quedándose el perseguidor con un palmo de narices.

La ilustración de los galgos lanzados como flechas tras un objetivo inalcanzable nos enseña algo respecto a la insensata persecución que el hombre hace en pos de la felicidad. Esta es tan inalcanzable como la “liebre” que el galgo persigue. La persona que espera conseguir la felicidad amontonando objetos materiales o escalando cimas intelectuales, cuando cree que lo ha obtenido todo, al igual que en las carreras de galgos, la felicidad da un salto que deja desolado a quien esperaba obtenerla.

El resultado de no poder disfrutar la dicha esperada se transforma en un volcarse en un afán desmesurado de conseguir bienes materiales o reconocimientos intelectuales que añaden más leña al fuego de la insatisfacción. Cuántas más cosas se amontonan en la buhardilla más infelices nos sentimos. Heráclito, el filósofo griego que vivió en el siglo VI antes de Cristo dijo respecto al tema que hoy nos interesa: “Si la felicidad estuviese hecha de placeres corporales podríamos decir que los bueyes son felices cuando encuentran garbanzos para comer”. Los bienes materiales que almacenamos y las cumbres intelectuales escaladas no son los garbanzos que necesitamos para ser felices.

La felicidad es un estado del alma que prescinde de las circunstancias favorables o adversas que nos envuelven. Encontramos personas muy desgraciadas en la opulencia. Ni que decir tiene que entre los desheredados también se da mucha infelicidad. Si ni la riqueza ni la pobreza la proporcionan, ¿dónde hallarla?

Arthur Shopenhawer dijo algo que viene como el anillo al dedo a nuestra sociedad insatisfecha: “No hay viento favorable para quien no sepa hacia donde se dirige”. Esta es la condición en la que se encuentra el hombre actual. Va a la deriva, desorientado. No tiene ningún punto de referencia que le indique el rumbo que debe seguir. El resultado es que anda perdido dando vueltas y más vueltas para no ir a ningún sitio. En este vagar sin sentido envuelto en la niebla de la confusión oye cánticos de sirena que le suenan a delicias para descubrir demasiado tarde que eran un engaño más.

Jesús dice de sí mismo: “Yo soy la luz del mundo, el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Juan,8:12). Jesús, como todo maestro que se precie de tal busca discípulos a los que instruir. Los maestros, por prestigiosos que sean, comparten con sus seguidores unas enseñanzas que los dejan insatisfechos. Jesús dice a los suyos algo de mucha más trascendencia que unas simples enseñanzas morales y éticas. Afirma que el que le sigue “no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida”, es decir que en Él obtendrá el fin último al que aspira el ser humano: encontrarse con Dios, la fuente de la felicidad eterna. Los vientos favorables o contrarios que soplan contra nuestras personas, sirven para quienes han empezado a navegar en la dirección correcta para acercarlos más a Cristo y empezar a disfrutar con más intensidad la felicidad que un día disfrutarán en toda su altura, profundidad y anchura.

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