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Opinión

Etiquetas:   Tiempos modernos   -   Sección:   Opinión

Políticamente incorrecta

Mar Berenguer

jueves, 1 de febrero de 2007, 11:43 h (CET)
Una amiga mía ha sido testigo de un acontecimiento muy antisistema que en otras circunstancias, cuanto menos, me indignaría al menos por la demagogia implícita que suelen encerrar este tipo de anécdotas, pero que en esta ocasión, por lo alegórico e intrascendente, me descubre a una revolucionaria musa kitsch a la que transmito toda mi solidaridad.

Barcelona. Paseo de Gracia. 11 a.m. Un establecimiento de ropa de lujo multimarca (soy consciente de lo cateto de esta definición, pero no se me ocurre otra tan descriptiva sin nombrar la tienda). De repente, sale una señora corriendo y la dependienta detrás, “¡Que se lleva un abrigo!, ¡Que se lleva un abrigo!”. La presunta mangante se agacha detrás de unos maceteros gigantes y alguien avisa: “Está ahí escondida”. Pero finalmente consigue escapar.

Nuestra querencia más o menos enfermiza por el lujo, queda patente, por ejemplo, en la hora escasa que duran a la venta las colecciones de Karl Lagerfeld, Stella McCartney o Viktor&Rolf en las cuatro perchas que les dedica H&M cada Noviembre. Pero no es suficiente; el hombre y la mujer, pueden llegar a necesitar todos los lujos que la sociedad pueda ofrecerles, por el mero hecho de conocer su existencia. Si yo cobrase cien mil euros al año más dietas con cargo a presupuestos públicos, me callaría la boca, pero como no soy Inma Mayol, puedo decir sin caer en una dramática irresponsabilidad, que esta señora y su abrigo robado, se erigen como estandarte del lujo democrático.

Enajenación transitoria, estrés post-traumático o sindrome premenstrual; cualquiera de estas circunstancias constituye un atenuante y puede llegar a eximir responsabilidad. En plena resaca navideña y con la cuesta de enero acuciando vilmente nuestras carteras, la protagonista de esta historia seguramente no era una Winona ibérica u otra pija cleptómana de familia bien, sino más bien una asidua del Caprabo envuelta en una vorágine de consumismo y lujorexia, fuera de sí en un lugar que ni aún en rebajas, es accesible para la mayoría de la gente. Si hubiese entrado en un lugar tan democrático como Zara, por ejemplo, es posible que la muchedumbre popular la hubiese linchado antes de cruzar el semáforo de la Gran Vía, por jeta; pero tratándose de una tienda tan antipática, en la que sabemos que lo que venden no vale ni la enésima parte de lo que en realidad cuesta, todos los que lo vimos o nos lo contaron, estuvimos por un momento en la piel de esa señora mientras increpábamos la torpe huida de un nuevo Steve McQueen con tacones y bolso de polipiel, que galopaba por la Calle Diputación portando en alto su trofeo Marc Jacobs y sorteando el mobiliario urbano en hora punta.

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