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¿Habrá sido justa la pena impuesta a Sadam?

Leonid Mlechin
Redacción
miércoles, 31 de enero de 2007, 11:55 h (CET)
La ejecución de Sadam Husein en Bagdad suscitó tanta indignación en el mundo que se podía pensar que fuera reprimido un hombre inocente, siendo víctima de sangrientos verdugos. Pero hay diferencia entre las entidades de protección de derechos humanos que, estigmatizando la pena capital, no ponen en tela de juicio la culpabilidad del ex dictador iraquí, y los políticos rusos que se manifestaron en defensa de Sadam. Los defensores de derechos humanos no escatimaron esfuerzos en apoyar a las víctimas del régimen de Sadam. Los políticos rusos que comentaron indignados la ejecución de Sadam, no protestaron cuando Sadam mataba a los comunistas iraquíes o campesinos kurdos. Llegado al poder, Sadam dio la orden de ejecutar a dos decenas de dirigentes del partido y Gobierno: organizó su ejecución en público, en una plaza donde fueron reunidos ciudadanos y periodistas. El número de víctimas entre comunistas ascendió a quince mil. Pero la Unión Soviética perdonó fácilmente a Sadam la muerte de los comunistas por la mera razón de que Sadam fuera enemigo de Estados Unidos, Israel y del capitulante Anwar Sadat, entonces presidente de Egipto. En resumidas cuentas, fue un político cómodo que merecía apoyo.

En mayo de 2003, el Secretario General del CC del Partido Comunista de Irak, Hamid Musa, dijo resentido al reportero del rotativo “Tiempo de Noticias”:
“En 1980 nuestro partido anunció el comienzo de la lucha armada contra la dictadura de Sadam Husein, a quien la Unión Soviética consideraba amigo y luchador contra el imperialismo: fenómeno ridículo y trágico a la vez. El apoyo prestado al régimen de Sadam fue un error. Rusia peroraba sobre la democracia y los crímenes del estalinismo, y al mismo tiempo apoyaba la más cruel dictadura de nuestra época. Es un estigma que lleva la política exterior de Rusia. La postura de los comunistas rusos nos desilusionó sobremanera. ¿Cómo se atrevieron ellos a silenciar los crímenes perpetrados por Sadam contra los comunistas?“.

Otra cosa es que los iraquíes precisamente demuestran una crueldad especial, sin precedentes en el Levante Árabe. Un diplomático soviético que trabajó en Irak, recuerda el asesinato de un predecesor de Sadam que se transmitía por la TV de Bagdad: ”Se le acercó un soldado (¡sin disfraz!), sacó el cuchillo y le rasgó la boca hasta las orejas. Seguidamente le desgarró la boca asiéndola de ambas mandíbulas y le escupió”. También se transmitían las ejecuciones de los ministros del Gobierno derrocado: se los amarraban al tanque que los arrastraba por la calzada hasta que sus cabezas y cuerpos se convirtieran en una masa deforme…”

Cuando al poder llegó el BAAS, partido de Sadam, en las calles de Bagdad se organizaron ejecuciones en público. Inmensas muchedumbres desfilaban al compás de gritos de júbilo frente a los cuerpos pendientes de los patíbulos. En total, fueron asesinados varios miles de hombres. Antes de la muerte se los sometía a torturas en el buró de investigaciones especiales de la Guardia Nacional, donde los verdugos “hicieron alarde” de crueldad medieval. Pero Sadam Husein dejó muy atrás a sus predecesores.

El 17 de septiembre de 1980, en Bagdad, en la reunión de la Asamblea Nacional, Sadam, luciendo uniforme militar, hizo pedazos, con gesto teatral, el tratado firmado con Irán, lo que de hecho significó declaración de la guerra. Quiso hacer realidad su recóndito sueño: intentó llevar a Irak a un puesto de liderazgo regional. Fue el ejemplo clásico de guerra de rapiña por territorios y recursos. Pero los contenciosos anteriores imprimieron a la guerra el carácter de hostilidad religiosa entre Teherán y Bagdad que se remonta al pasado remoto: los árabes contra los persas, y los sunitas contra los chiítas.

La guerra contra Irán tramada por Sadam duró ocho años y tuvo resultado nulo, sin contar la muerte de mucha gente. Según algunas evaluaciones, la guerra costó la vida a unos trescientos mil iraníes y casi ciento veinte mil iraquíes. Pero, por lo visto, las bajas fueran mucho mayores. Todos los petrodólares fueron invertidos en la guerra contra Irán que duró ocho años y condujo a que la deuda externa de Irak alcanzara una suma fabulosa. Sadam decidió arreglar la situación a costa del Kuwait vecino. Procede señalar que la deuda de Irak a Kuwait que le prestó ayuda durante la guerra contra Irán, ascendía a dieciocho mil millones de dólares. Sadam se atenía a la lógica del criminal: para no pagar la deuda, hay que matar al acreedor…

Pero a Sadam con Irán le salió el tiro por la culata. Él no se atrevió a volver las armas contra Siria consciente de que la Unión Soviética habría acudido en su ayuda. Entonces volvió la mirada a Kuwait, pequeño e indefenso Estado, rico en petróleo. El presidente iraquí creía que nadie le prestaría ayuda a Kuwait. Pero se llevó un chasco.

Sadam protagonizó tres guerras. La primera, contra Irán, duró ocho años, costó la vida a muchos miles de seres humanos y si no se la puede calificar de derrota, al menos de pérdida de tiempo y de esfuerzos. La segunda guerra (en el Golfo Pérsico) concluyó con la derrota y humillación. Por lo común, el líder que sufre derrota habrá de ser derrocado. Y la tercera guerra tuvo el desenlace fatal: hundimiento del régimen. Pero a Sadam le cantaban loas considerándolo brillante jefe militar. ¿Por qué con anterioridad a la invasión de las tropas norteamericanas Sadam seguía ejerciendo el poder absoluto en el país?

En Irak existía el sistema harto conocido por los rusos: el aparato del partido, el personal de la seguridad de Estado y la cúspide del ejército gozaban de muchos privilegios conscientes de que su bienestar depende del querido jefe. Sadam supo despertar en los iraquíes el sentimiento de superioridad nacional. Los iraquíes le aplaudieron cuando en 1980 atacó a Irán, en 1989 se anexionó Kuwait o cuando prorrumpía en amenazas contra los norteamericanos. Sadam hizo creer a los iraquíes que ellos son los mejores árabes de todo el Levante Árabe. Aquello que parece raro a los europeos es un fenómeno común y corriente en Oriente Medio. A los extranjeros les asombra siempre que con frecuencia los políticos locales mienten sin escrúpulos, pero nadie se atreve a desmentirlos. Aquí la mentira es un hecho habitual. Los propios iraquíes dicen que siguen enfocando el mundo desde la óptica de habitante del desierto, de ganadero o beduino. Un rasgo característico de los beduinos es su apego a la vida en clan y la costumbre de subordinarse al jefe.

Tras el derrocamiento de Sadam en abril de 2003 en el país fueron descubiertos numerosos enterramientos de víctimas del régimen. En el cementerio de una prisión situada en las afueras de Bagdad, fue descubierta una fosa común con restos mortales de casi mil hombres, jóvenes en su mayoría. Ni siquiera fueron conservados los nombres de los muertos, solamente los números. Más tarde, fueron descubiertas, una tras otra, muchas fosas comunes e incluso aparecieron noticias sobre centenares de miles de hombres y mujeres liquidados por Sadam. En octubre de 2004, en el pueblo de Hatra, próximo a la ciudad de Mosul, en el Norte de Irak, fue hallada una fosa común con restos mortales de niños con juguetes en la mano fusilados junto con sus madres. A la otra tumba fueron tirados los cuerpos de kurdos. En 1989 Sadam dio la orden de castigar a los kurdos y fueron matados más de cien mil hombres en el Kurdistán iraquí. La ciudad de Halajaba quedó reducida a ruinas por aviación; cinco mil habitantes murieron a efectos del gas neuro-paralítico.

A pesar de todos sus crímenes, el presidente de Irak mariscal Sadam Husein, presidente del Consejo de Mando Revolucionario y secretario general de la dirección regional del Partido de Renacimiento Socialista Árabe, fue el líder más cómodo y político más popular del mundo islámico. En los Estados árabes hay ministros y presidentes mucho más inteligentes y educados. Pero ninguno de ellos fue tan admirado por la calle como Sadam. Los árabes admiraban a Sadam como invencible e intransigente enemigo de Estados Unidos e Israel. El mero hecho de que gobernara Irak durante 24 años y de que contara con fieles admiradores en otros países, es la mejor característica del mundo en que un hombre como él puede hacer fantástica carrera.

Sin embargo, existen personas que consideran injusta la pena de muerte impuesta a Sadam. Se dice que bajo su gobierno la situación fue estable y no hubo terrorismo.

En efecto, es la estabilidad del régimen totalitario cuando el Estado priva de vida a sus habitantes. Ahora Irak es escenario de la guerra entre los sunitas, acostumbrados a su posición privilegiada en la sociedad, y los chiítas, objeto de opresión permanente. Los sunitas atacan a los norteamericanos para obligar a Bush a retirar las tropas, lo que les permita acabar fácilmente con los chiítas, aunque su número es muy superior a los sunitas.

Tras el derrocamiento de Sadam, se esperaba el mejoramiento inmediato de la vida, pero el país se vio sumido en el caos. La vida anterior se desmoronó. Pero los iraquíes no tienen el hábito de organizarse y esperan que alguien lo normalice todo. Pero no se debe olvidar que después de desaparecida la dictadura, los iraquíes recibieron por primera vez la oportunidad de determinar su suerte por cuenta propia. Ya recibieron aquello que no tenían en la época de Sadam: los chiítas pueden visitar sus lugares sagrados; todos los habitantes del país tienen ya el derecho de votar y expresar libremente su opinión, exigiendo la retirada de las tropas norteamericanas. Si ahora los iraquíes no sepan organizar su vida: ¿a quién podrán culpar si no a sí mismos?

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Leonid Mlechin, miembro del Consejo de Expertos de RIA Novosti.

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