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Etiquetas:   Akelarre   -   Sección:   Opinión

Aurrera (Adelante) Lehendakari

Rafa García
Rafa García
@rafagarciak
miércoles, 31 de enero de 2007, 11:41 h (CET)
Bilbao se echó ayer a la calle para defender a su Lehendakari de los ataques del sector más reaccionario del poder judicial. Es algo lógico, y normal, porque en pleno siglo XXI parece difícil de comprender que a alguien se le pueda procesar por dialogar con semejantes.

No soy nacionalista, nunca lo he sido. Y a decir verdad, en muchos momentos de la historia reciente el PNV me ha producido cierta repelencia. Pero el proceso a Ibarretxe carece de toda lógica.

El Lehendakari de todos los vascos, incluso de los que votan al PP, es citado a declarar porque se reunió con Otegi para intentar buscar puentes para el entendimiento. Que yo sepa no ha puesto ninguna bomba, ni ha amenazado a nadie. Simplemente se reunió con el portavoz de Batasuna en son de paz.

La actuación de los jueces, además de un atropello, me parece una torpeza. Veo que la derecha sociológica todavía no se ha dado cuenta de cómo funcionan las cosas en el País Vasco. ¡Refresquemos la memoria! En 2001 Ibarretxe pasaba por sus peores momentos, y su carisma no parecía muy asentado. Desde la secretaría general del PSE, Nicolás Redondo tejió una rocambolesca unión del socialismo vasco con el PP, que no fue entendida por el electorado. La conclusión fue que el PP sacó los mejores resultados de su historia en Euskadi, el PSE los peores, y que Ibarretxe obtuvo una victoria contundente jamás soñada,
Redondo y Mayor Oreja intentaron demonizar al Lehendakari, y lo terminaron elevando a los altares electorales.

Algo parecido puede ocurrir ahora si el PP y sus jueces afectos no rectifican, porque a fuerza de perseguirlo, terminarán convirtiendo en mártir al actual inquilino del Palacio de Ajuria Enea.

Pero dicho lo anterior, vaya desde estas líneas todo mi desprecio para los que tantos años después siguen atentando contra la tumba de Gregorio Ordóñez. Son tan canallas y miserables, que son incapaces de conceder el descanso a los muertos. Únicamente les deseo que el peso de sus conciencias les impida tener paz interior en lo que les resta de vida. Por miserables, inmisericordes, e inhumanos.

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