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Sin escrúpulos, con conciencias y de perdones bienaventurados
Pelayo López
Después de unas fechas tan dadas a las buenas encomiendas como las navideñas que aún tenemos en la retina, y en algunas otras partes de nuestros cuerpos, parece que los gestos de buena fe no han calado igual en todo el mundo y siguen pagándose a precio de caviar. No en vano, sólo hay que fijar nuestra atención en aquellos que deberían practicar con el ejemplo, porque, en algunos casos, lo han hecho mucho tiempo después de ser preciso –rectificar es de sabios y más vale redimirse tarde que nunca-, y, en otros muchos, aún no han saldado sus deudas ni parece que tengan intención de hacerlo.
Con semejantes precedentes, hemos comenzado el año con comportamientos diferenciales de personajes que suponemos conviven en diferentes escalafones morales. Por un lado, hemos dilapidado las confesiones a micrófono cerrado del presidente del Real Madrid arremetiendo contra los futbolistas que trabajan para él. Si lo que dijo no fuese cierto, no hubiese estado de más. Sin embargo, lo curioso es que, creo, casi todos suscribimos lo que el Sr. Calderón afirmó, con pelos y señales, e incluso podría haberse quedado corto. Me pregunto si, en cualquier otra empresa del mundo, un presidente no tiene derecho a opinar sobre el rendimiento que ofrecen sus empleados. O peor aún, me pregunto si, llegado un caso similar, los demás seríamos capaces de rechistar como han salido haciéndolo los jugadores blancos. No hay que olvidar tampoco que, siendo el propio presidente el máximo responsable del buen funcionamiento y de las prácticas que algunos de los suyos puedan desarrollar, debería, antes de hablar, tomar cartas en el asunto y aplicarse también a si mismo el tercer grado crítico.
Así, sin vara de medir, esta situación de por si ya es preocupante viniendo de donde viene, puesto que, tirando igualmente piedras contra nuestro propio tejado, todos nosotros consentimos semejantes chiquillerías asistiendo a los campos de fútbol o comprando los partidos en la televisión. Y justo, en el extremo contrario, en el que nos demuestra que en el deporte aún quedan caballeros elegantes, el piloto Marc Coma, con el doble dolor causado por las heridas físicas y por el consiguiente abandono en el Rally Dakar, postrado en una cama, pide perdón por haber defraudado a la empresa para la que corre y a los aficionados que lo apoyan. Orgulloso, y al mismo tiempo falto de suficiente reconocimiento merecido, aplaudo el compromiso entregado por este señor, un señor que vuelve a demostrarnos que no todos estamos hechos de la misma madera, y que merece la pena, aunque solamente sea por un día, de mostrarse cual pinocho sin escrúpulos, con conciencias y de perdones bienaventurados.
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