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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

España y su futuro

Miguel Rivilla (Madrid)
Redacción
martes, 30 de enero de 2007, 20:25 h (CET)
España está gravemente enferma. El cardenal arzobispo de Toledo y Primado de España, monseñor Cañizares, ha dado su certero diagnóstico: “El futuro de España está en la fe, no en la cultura de la nada, del vacío”.Es decir, que con el abandono de la fe y sin la vuelta a sus raíces cristianas, esta gran nación, no tiene futuro. Más claro agua.

Ningún otro valor para una familia, una sociedad, una nación más integrador que el de la fe. Frente a las corrientes poderosas y disgregadoras del laicismo avasallador, de los nacionalismos excluyentes, de los intereses partidistas y de los egoísmos grupales y personales, ningún remedio mejor que el de la fe cristiana. Esta, cuando es auténtica, siempre compromete y arrastra a la solidaridad, al compartir, a mirar por los más desfavorecidos, a la justicia y tiende a la consecución de metas e ideales comunes.

Los cristianos, aunque personalmente seamos poca cosa, sentimos el orgullo de seguir al líder más grande e indiscutible de la humanidad, Jesucristo. El es el único que tiene palabras de vida eterna y cuya vida, enseñanza y ejemplo no ha defraudado a nadie.

Si muchos se preguntan qué está pasando con esta noble y gran nación, llamada España, para andar tan desnortada y tan degradada moralmente, la respuesta certera la ha dado monseñor Cañizares:”El futuro de España está en la fe” y sin ella no habrá futuro para nadie.

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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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