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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Con los hidrocarburos no se acaba el mundo...

Lev Dzugáev
Redacción
domingo, 28 de enero de 2007, 22:28 h (CET)
El año 2007 acaba de comenzar, pero nos ofrece ya las sorpresas más inesperadas.

No se trata sólo de los caprichos de tiempo. El barómetro político no presenta menos intrigas demostrando, además, que este año no nos hace traer menos dolores de cabeza. A los sujetos políticos internos, entre ellos la campaña electoral de la presidencia de Rusia ya desplegada a la Duma de Estado y el dilema presidencial 2008 que mantiene a tono no sólo a la élite política, sino a la sociedad en su conjunto, se les agregaron varios problemas de gran resonancia también perfilados en las relaciones de Rusia con sus vecinos más próximos en el espacio postsoviético.

Azerbaiyán dejó de bombear petróleo por el oleoducto Bakú-Novorosiisk. El motivo está a la vista: Azerbaiyán no está dispuesto a aceptar el nuevo precio del gas ruso y por esto pasa a utilizar más ampliamente el mazut, para lo cual necesita petróleo propio. Al parecer, esto es lógico. Pero, al mismo tiempo, la parte azerbaiyana declaró que al cabo de medio año dejaría de transmitir en su territorio programas TV rusos en la banda métrica.

Georgia se negó a ceder el control sobre el gasoducto que atraviesa su territorio habiendo preferido comprar el gas ruso al precio nuevo. Al mismo tiempo, la república busca febrilmente posibilidades de asegurar suministros alternativos de gas. Azerbaiyán se mostró dispuesto a suministrar a Georgia el gas a un precio dos veces más bajo que el ruso y, además, Turquía podrá ceder parte del gas del yacimiento Shah-Deniz que le corresponde, aunque con la compensación subsiguiente.

Al parecer, la crisis de gas con Bielorrusia, arreglada en las postrimerías del año pasado, a primeros del presente estalló con renovado vigor habiéndose degenerado en petrolera. Aunque se logró superarla rápidamente, la abrumadora mayoría de analistas se inclinan a considerar que las relaciones entre Rusia y Bielorrusia ya no serán como antes. Lo evidencian bien a las claras los nuevos acentos aparecidos en los discursos del presidente de Bielorrusia Lukashenko referentes a las perspectivas de la Unión Rusia-Bielorrusia y a las relaciones con Occidente. “La parte rusa optó por pisotear la unión y llegó incluso a llevar al caos a todo un país y al pueblo hermano. Si pretenden cambiar cada año las condiciones ¿de qué alianza se podrá hablar?”, señaló Lukashenko en su entrevista con periodistas. Y punto seguido dijo con franqueza algo absolutamente inesperado: “La crisis no fue provocada por nosotros. Después de ese conflicto muchos países europeos comprendieron que hoy somos nosotros, pero mañana podrán ser ellos... En esta situación Europa y EE UU se portaron decentemente. Ellos nos ofrecieron apoyo. Jamás podremos olvidarlo... Estamos dispuestos a cooperar con quienquiera que sea, hasta con el diablo, para garantizar nuestra seguridad energética…Si Europa está dispuesta a cooperar con nosotros, aceptaremos cualquier cooperación con Europa en este ámbito”.

A esto le siguió la ley de monumentos, aprobada por el parlamento estonio que provocó la reacción plenamente pronosticada de la sociedad rusa, ya que semejante acto jurídico sólo puede ser tildado de inmoral. El intento de realizarlo, en el contexto de las evidentes reverencias mostradas hacia los veteranos-SS amenaza con agravar a fondo las relaciones ruso-estonias. Conviene señalar que casi no se percibe la reacción de la comunidad internacional ni de la UE. Pero si no recuerdo mal, el austriaco Heider, ganador de las elecciones democráticas y su partido fueron sometidos a la obstrucción y boicoteo solamente por el mero propósito de no ser tan fieles a la integración europea, aunque durante su Gobierno en Austria no se erigían monumentos a los SS. Tal es la realidad y no cabe la menor duda de que si Bielorrusia dé la vuelta no de ciento ochenta grados, sino de noventa con respecto a Rusia, los críticos más celosos la recibirán con los brazos abiertos. Es harto sabido que en la política no hay amigos eternos (tampoco enemigos); existen solamente los intereses eternos.

Y, por si fuera poco, el parlamento de Lituania aprobó la resolución “De resarcir los daños causados por la ocupación de la URSS”. Aunque la URSS ya dejó de existir hace 15 años, los parlamentarios lituanos pidieron a Rusia como sucesora de derechos de la URSS, entablar consultas con Lituania sobre el tema de compensación de los daños causados por la ocupación soviética que evalúan en la suma de 24 mil millones de euros.

Sin querer viene a la memoria una discusión que tuvo lugar en los medios académicos de la Unión a principios de la década del 80 respecto a los futuros receptores de ingentes inversiones: la Zona de las Tierras No Negras o el sector agropecuario de las entonces repúblicas bálticas soviéticas. Pese a las objeciones se dio prioridad a estas últimas, y los colegas de la citada Lituania no cuestionaron el generoso financiamiento de la Unión, aunque todos comprendieron que la zona de las Tierras No Negras no recibió los recursos tan necesarios para su desarrollo eficiente.

Pues ¿qué podría suceder si, digamos, los parlamentarios rusos - entre los que figura un apreciable número de aquellos que al igual que sus colegas bálticos, de los propagandistas de ayer del modo de vida soviético se convirtieron en adeptos de la autocracia- tomen una resolución con pretensiones a Letonia por las acciones de los tiradores letones en los años de revolución que condujeron a la desintegración de Rusia, a la guerra civil que le siguió, al desbarajuste económico, etc.; o con pretensiones a Estonia que se enfrentó al ejército de Yudénich y de tal modo hizo su aporte al desmoronamiento de Rusia. O si esos parlamentarios formulen la demanda de devolver a Rusia el dinero pagado por Pedro I a los suecos por el territorio de la actual Estonia. Y si Lituania que condenó el pacto Mólotov-Ribbentrop, quiere ajustar definitivamente las cuentas del pasado, tendrá que devolver Vilno y otros territorios.

Siguiendo la lógica de algunos diputados bálticos, será posible, pues, pronosticar la demanda reconvencional de la parte rusa. Lo absurdo de esa lógica es evidente, ya que, ateniéndose a ésta, no hará más que entorpecer más aún el desarrollo de las normales relaciones civilizadas entre nuestros países.

Indudablemente, la aparición de nuevos focos de tensión no sirve a los intereses de Rusia, pero es provechosa para quienes no desean ver una Rusia fuerte y estable. Por esta razón, quienes en Rusia toman hoy soluciones, tendrán que mostrar mucha firmeza para que semejantes invectivas contra el país no distraigan del movimiento progresivo ni de la realización de todo su potencial socio-económico y cultural. También hay que comprender que para establecer relaciones recíprocamente provechosas, de buena vecindad con nuestros vecinos próximos y no muy próximos los hidrocarburos como argumento no son suficientes.

No debemos sentirnos acomplejados respecto a nuestras ambiciones de política exterior. Si Ucrania es para EE UU esfera de sus intereses nacionales y los países del Cáucaso del Sur, de la UE, todo el mundo ha de comprender que no nos es indiferente lo que acontece en el espacio postsoviético donde la presencia política, económica y cultural de Rusia existió durante siglos. Se precisan iniciativas que aseguren debido apoyo de esas ambiciones.

Por ejemplo, en el reciente foro de dirigentes de los medios de comunicación de los países de la CEI (Comunidad de Estados Independientes) y los Estados bálticos, promovido y organizado por RIA Novosti, puso de relieve uno de los problemas claves: ausencia de la información objetiva recíproca. Por consiguiente, es necesario establecer un intercambio de información de alta calidad y en modo alguno abandonar esa plataforma.
La cultura rusa mantiene su prestigioso potencial a escala mundial, y por esto, con tanta más razón, no se puede poner coto al intercambio humanitario. Además, existen todas las posibilidades de intensificar contactos en el ámbito cultural, científico y educativo tratando de conservar el idioma ruso. Si renunciamos a la experiencia propia, veamos cómo funcionan el Consejo Británico y las estructuras análogas que no escatiman recursos destinados a esos fines, incluida la formación de similares programas en las élites de otros países, sus aliados virtuales.

La actual envergadura de la cooperación en el ámbito económico permite cifrar esperanzas en un nivel distinto de colaboración, por ejemplo, en la creación de empresas conjuntas, la explotación más eficiente de los bienes rusos de titularidad pública en los países vecinos, y así sucesivamente.

Entonces van a desaparecer poco a poco la incomprensión y las emociones negativas cediendo lugar a los pasos sensatos que, lejos de separarnos, esbozarán una perspectiva recíprocamente admisible de relaciones entre nuestros países y pueblos.

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Lev Dzugáev, miembro del Consejo de Expertos de RIA Novosti.

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