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Etiquetas:   Crítica literaria   -   Sección:   Libros

‘Mala gente que camina’, sí... pero no

Herme Cerezo
Herme Cerezo
martes, 17 de julio de 2007, 23:47 h (CET)
Inquietante novela en verdad esta ‘Mala gente que camina’ de Benjamín Prado. Desde que la vi por las librerías, amontonada en torres helicoidales de colores rojo, gualdo y lila, supe que la leería. Tardaría más, tardaría menos, pero la leería ... Y así ha sido.

Y, ¿qué quieren que les diga? Pues que sí ... pero no. Las sensaciones que me ha transmitido su lectura han sido extrañas, antagónicas. Es un poco complicado pero trataré de explicarlo.

Este es un libro que ha generado controversia en el pentágono peninsular, aunque ¿qué escrito o qué acontecimiento no la genera en un país que, últimamente, parece partido por la mitad, sin grises ni pardos, pero con blancos y negros?, publicado justo cuando se conmemoraba el 70 aniversario del comienzo de la Guerra Civil y cuyo contenido tiene mucho que ver con ello. Siete décadas transcurridas, triste aniversario, cruel aniversario, maldito aniversario. Y genera controversia no porque sea una novela ― ¿de verdad lo es? ― con seguidores y detractores, sino porque es un texto que te posiciona, que sacude tu conciencia, que te obliga a adoptar una postura, a favor o en contra, de lo que en él se cuenta.

El protagonista (y narrador), cuyo nombre no desvelaré, porque el autor quiere que se ignore hasta la penúltima línea del libro, es un profesor de instituto que se haya inmerso en una investigación sobre la literatura española de posguerra. Y en esta cometido se topará con una escritora, una peculiar falangista, Dolores Serma, amiga de Carmen Laforet, que escribió una novela titulada ‘Óxido’ para denunciar la desaparición de los hijos de madres republicanas, encarceladas durante la posguerra, a quienes se los arrebataban para entregarlos a familias afectas al régimen. Por supuesto, a las madres, normalmente, las pasaban por las armas, para borrar el rastro, no sin antes someterlas a todo tipo de vejaciones.

Benjamín Prado, a lo largo de toda la novela, juega con la inexistente escritora falangista y la relaciona y entremezcla con otros personajes que sí fueron reales y que vivieron los mismos momentos que su plumífera ficticia: la propia Laforet, Ridruejo, Vallejo Nájera, Delibes, Pilar Primo de Rivera, Girón de Velasco, Cela, Juan Benet y Carlos Barral entre otros muchos. Pero su juego realidad/ficción va demasiado lejos y llega un momento ― demasiados momentos a lo largo de la novela ― en que cuesta distinguir quiénes son auténticos y quiénes falsos y, lo que es peor aún, no consigues discernir si lo que el narrador les atribuye es verdad o es inventado. Y ése es el peligro, porque se pierde la frontera de lo verdadero y de lo falso. En Borges también ocurría algo de esto, pero allí no importaba deslindar la verdad de la mentira. Aquí sí que importa, porque Prado, a lo largo del texto, maneja acusaciones atroces sobre personajes con nombres y apellidos muy concretos. Es, además, un tema muy nuestro, que nos llega, que nos toca la fibra, que nos hiere, que trae a la luz viejas sensaciones, viejos rencores, viejos odios o tal vez no tan viejos, sino actuales, auténticas asignaturas pendientes.

Y hay algo más en esta ‘Mala gente ...’ La saturación de informaciones y la redundancia de pruebas y testimonios podían conducir al lector por los vericuetos del aburrimiento. Prado, hábilmente, mete por en medio a una mujer, la madre de un alumno suyo, Natalia Escartín, y, desde que aparece en escena, el lector intuye que el protagonista quiere encamarse con ella. Y, a lo largo de las páginas del libro, va buscando la confirmación o refutación de su sospecha. Y el pretexto es baladí: además de que la señora esté de buen ver, sea culta, inteligente y neuróloga, al protagonista se le antoja que su marido, el de ella, no la merece, no está a su altura, vaya. Cosa que naturalmente no ocurre con él, un tipo perfectamente adecuado para la doctora Escartín. No les digo lo que va a ocurrir. No les anticipo si la cosa acaba entre sábanas o no. Ya se lo tropezarán ustedes si leen ‘Mala gente que camina’.

Pero sigamos con el protagonista-narrador. Este profesor, que parece el paladín de la rectitud intachable, investigador de todas las injusticias y salvajadas de la posguerra ― y hubo muchas, muchísimas, ya lo creo que sí ― es, sin embargo, un tipo muy peculiar. Al comienzo de la novela, ejerce de jefe de estudios y se dedica a jeringar la vida de algunos de sus compañeros y compañeras, de los y de las que le caen mal, como si él estuviese exento de todo tipo de crítica. Él representa la norma, él la aplica, no se equivoca nunca en sus juicios sobre los demás y en ningún momento se muestra comprensivo con sus miserias y ambiciones. Además es un profesional reputado, que dicta conferencias en los Estados Unidos sobre literatura española, con un sólido prestigio entre algunos colegas del otro lado del océano. Mantiene, además, una curiosa relación paterno-filial-sexual con su ex, Virginia, una drogadicta recuperada (él supo apartarse de las drogas mucho antes, a tiempo, of course). Y, sobre todo, conversa mucho con su madre. Detengámonos un poco en la relación entre estos dos personajes. Esta mujer es un portento. Ama de casa en la posguerra, durante la década de los 50 y 60 dedicaba su tiempo a ir al teatro. Pocos estrenos se les escaparon a ella, faltaría plus, y a su marido q.e.p.d. Benjamín Prado la aprovecha para darnos auténticas lecciones históricas, para dibujar el paisaje de fondo, para hablar de literatura. Enternecedor, enriquecedor, tierno... Yo también quiero una madre así. Les aseguro que hacía tiempo que no leía una conversación tan ficticia, tan poco natural, tan artificial y en algunos momentos, pedante, entre una madre y un hijo, vestidos con el papel blanco y la tinta negra.

También el autor da un repaso a los literatos españoles de posguerra y aún de antes. Los clasifica y adscribe políticamente en pros y contras, y, además, emite sus opiniones, como docente que es sobre su obra y pensamiento. Es esta una muestra de erudición o simplemente una boutade para impresionar al lector.

Y es una lástima todo esto, porque su objetivo de denunciar los abusos cometidos por la Dictadura en la posguerra (todo fue posguerra hasta la Transición) es muy loable (aunque me da en la nariz que no es el primero que lo hace). Pero es que la novela en algunos momentos es confusa y circundante. Y algunos datos son dudosos, por ejemplo, cuando en la página 352 cita la lidia de soldados republicanos producida en la plaza de toros de Badajoz. Parece demostrado que allí fueron ametrallados milicianos a diestro y siniestro, pero de ahí a banderillearlos y estoquearlos media un abismo. Aunque la barbaridad sea igual de indigna, bestial e inhumana.

Y saben lo que más me duele de todo esto, pues que Benjamín Prado es un excelente novelista porque, a pesar de todos los peros expuestos anteriormente, sabe mantener el interés, porque el final es bueno y la historia está bien resuelta, porque el madrileño conoce muy bien su oficio.

Antes de terminar, he de confesarles que mientras leía ‘Mala gente ...’ dos novelas vinieron a mi mente. Una, ‘Escupiré sobre vuestra tumba’ de Boris Vian, cuando pensaba en el protagonista. Otra, por cierto de gran éxito en nuestro país, ‘Soldados de Salamina’ de Javier Cercas, cuando pensaba en el argumento. También de esta última, obtuve la misma conclusión que de ‘Mala gente ...’: sí ... pero no.

Herme Cerezo.
P.S. Benjamín Prado incluye en su libro, página 37, una frase dirigida telefónicamente por Muñoz Seca al crítico que publicó un ataque furibundo contra una de sus comedias. Dijo el dramaturgo: "Mire usted, en este momento tengo su crítica delante, dentro de unos segundos, la tendré detrás". No he podido resistirme a publicarla por dos motivos: uno, por su ingenio; dos, por si es de aplicación.

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‘Mala gente que camina’, de Benjamín Prado. Ed. Alfaguara, abril 2006. Precio: 19,50 euros.

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