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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Bazofias, vulgaridades, sexo y nepotismo alimentan a los coprófagos televisivos

“Lo característico del momento es que el alma vulgar, sabiéndose vulgar, tiene el denuedo de afirmar el derecho de la vulgaridad y lo impone dondequiera.” J.Ortega y Gasset
Miguel Massanet
sábado, 20 de diciembre de 2014, 09:45 h (CET)
A veces nos cuesta reconocer, en las actuales cadenas televisivas, a aquellas TV de los años 50, en blanco y negro, pioneras en nuestra nación, tan imperfectas y con tantas interferencias e interrupciones, con tan pocos medios técnicos y financieros que, sin embargo, fueron capaces de tener pendientes de sus pantallas a tantos cientos de miles de españoles que, la mayoría, desde los bares y, los más acomodados, desde sus propios domicilios en compañía de sus vecinos y amigos; contemplaban ensimismados, entre incrédulos y admirados, como, sin que hubiera nadie escondido detrás de la pantalla, podían ver a personajes de carne y hueso evolucionar, informar, representar comedias y proyectar películas, sin tener que desplazarse de casa para poder verlas desde la comodidad de sus butacas y sofás.

A pesar de la escasez de medios y de las dificultades técnicas, tenían a una serie de esforzados profesionales que ponían todo su empeño y conocimientos en sacar de aquellos medios limitados el máximo partido y suplir con improvisación, cultura, talento y profesionalidad, todo aquello que les faltaba de experiencia en el medio y de espacio en el que poderse desenvolver con comodidad. Tenemos un recuerdo imborrable de aquellos Jesús Hermida, Jesús Álvarez, Pilar Cañada, Enriqueta Teixido o Enrique Fernández ( los primeros locutores que aparecieron en las pantallas) y tantos otros que sería prolijo enumerar y que, sin duda, fueron los que, con su talento y desparpajo, consiguieron introducirse en los hogares españoles de los que se hicieron inseparables; llevando a cabo, sin darse cuenta, un cambio trascendental en lo que, hasta aquel momento, habían sido las costumbres familiares de la mayoría de los españoles. Se puede decir que aquella era la verdadera TV, que cumplía con el deber de informar, entretener, crear adicción y reunir, alrededor a aquella caja mágica, a toda la familia unida, en esta ocasión por la nueva pasión de moda, la “televisionitis”. Eso sí, sin maldades, ni excesos, escenas escabrosas o conversaciones cargadas de tono. ¿Qué era una televisión sosa y algo beata? Puede ser, pero cumplía con su función de mantener a las familias juntas y permitir enterarse de noticias y documentales que hasta entonces sólo se podían ver en los cines y, en muchas ocasiones, con grandes retrasos.

Y, si hemos dicho al principio de este comentario que, a los supervivientes de aquellos años, nos cuesta admitir, no solo los innegables cambios de tipo técnico que, sin duda han sido sorprendentes y, en ocasiones, casi milagrosos en cuanto a la espectacularidad de las mejoras obtenidas; sino que, lamentablemente, podemos, a la par, observar los cambios que la revolución de las costumbres, las evoluciones de mentalidad, la relajación de la moral y de la ética, las nuevas filosofías materialistas y relativistas y el desmoronamiento de lo que constituía el mejor freno contra relajación de lo que, hasta aquel momento, habían sido los tabúes sexuales; de modo que, con los ataques a la autoridad de los padres, la descomposición del modelo de familia anterior y las nuevas leyes, en las que se les mermaba toda autoridad paternal sobre sus hijos y se les prohibía establecer reglas que “mermasen sus libertades”, las consecuencias de dos legislaturas de gobiernos socialistas, fueron especialmente nefastas, fundamentalmente para una gran parte de la juventud que, libre de las trabas religiosas y éticas, han dado suelta a una serie de instintos primarios, especialmente de tipo sexual, que han significado un grave retroceso en cuanto a la educación y formación de las nuevas generaciones del país.

Las TV actuales no han sido una excepción a los cambios experimentados por el resto de la sociedad, de modo que se puede decir que, desde la TV1, de carácter público, al resto de TV privadas, han ido cayendo, por motivos de carácter comercial que les obligan a conseguir audiencia para seguir funcionando; programando toda una serie de espectáculos que, sólo hace unos años, se hubieran considerado como una afrenta al pueblo español; pero que ahora, cuando existe una muchedumbre de ciudadanos españoles dominados por el morbo, la afición a espectáculos pornográficos, los reality shows, los programas con violencia y, lo que se ha dado por denominar como “programas basura”, en los que, sin el menor respeto por la intimidad de las personas, las buenas maneras, los sentimientos religiosos o éticos, el pudor o el respecto por la audiencia, se llevan a cabo verdaderos bodrios, ofensivos para la mirada, presentados por sujetos que no dudan en dar al traste con los valores de la gente, con la sola idea de hacerse populares, ganar audiencia y embolsarse cuantiosas fortunas; aunque ello les obligue a cometer los mayores atentados contra las buenas costumbres y los sentimientos de las personas.

La mayoría de estas “figuras” de moda, presentadores triunfadores y reyes de las respectivas cadenas; pertenecen a esta sinuosa y equívoca línea, esta mafia que tanto se ha extendido en los últimos años que, por sus especiales tendencias sexuales; siempre se han mostrado contrarios a las limitaciones que el sentido común había venido estableciendo en cuanto a formas, limitaciones, restricciones que debieran existir para respetar las creencias, ideales y ética de quienes no comulgan con tales posturas. De esta mueva “moralina” ad hoc se dan pruebas en sus programas actuales, a los que se les da un tratamiento, tanto en cuanto a las personas que reciben, como a los temas que tratan o a los gestos, comentarios y procacidades utilizados en su realización, donde los temas más íntimos, sexuales, amorosos, libidinosos y ofensivos a los sentimientos religiosos de una parte importante de los ciudadanos, son tratados sin el menor respeto, con la máxima frivolidad y con toda la crudeza con la que personas, sin principios morales, son capaces de imprimirles.

Como, al parecer, estamos en un Estado en el que quienes mandan y a quienes muchos votamos pensando que serían capaces de regenerar a España de los vicios y malas costumbres que implantaron los socialistas, durante el gobierno de Rodríguez Zapatero; han sido incapaces de, incluso con mayoría absoluta, revocar aquellas leyes que son las culpables de este desorden y relajación de costumbres en el que estamos sumidos, cada vez más, sin que el gobierno del PP haya significado ningún avance al respecto. Las TV, incluida la TV1, se han convertido en refugio de propagandistas de izquierdas, en lugar de despilfarros, donde los que ya están instalados en los sillones del mando no dudan en ejercer el nepotismo más descarado, poniendo a verdaderos incapaces en puestos que, por su méritos, si es que tienen alguno, nunca hubieran podido alcanzar (Caso de Teresa Campos con su hija Terelu).

Es evidente que, si en las cadenas privadas, sus directivos son los responsables de su funcionamiento y parece que, voluntariamente, son incapaces de imponerse una autocensura para mejorar su programación; en lo que respeta a la Pública, los ciudadanos tenemos mucho que decir ya que se sostiene a costa de los impuestos que pagamos. Me alegra que, el nuevo director del Ente, haya empezado a poner orden y a darse cuenta del despilfarro y desorden que hay en la cadena, donde hay programas ocupados por verdaderas nulidades que, amparándose en su aspecto externo, han querido (y conseguido) camelar a los sucesivos directores, haciéndoles ver que, lo del “palmito”, valía más que la cultura, la inteligencia y la modestia. Esperamos que siga por esta vía. O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, vemos como, las TV, se han convertido en focos de propaganda política para la sociedad.
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