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Etiquetas:   -   Sección:   Opinión

Ante la Navidad

Carlota Sedeño, Málaga
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viernes, 19 de diciembre de 2014, 09:53 h (CET)
“Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Juan 1, 14). En esta frase se contiene la profundidad de un hecho misterioso: la Encarnación. Dios asume la condición de criatura. Lo que sucedió en Belén hace algo más de dos mil años tiene un valor universal. “No hay bajo el cielo otro nombre (Jesús) por el que podamos ser salvados.” (Hechos de los Apóstoles 4, 12). Y esto es así para aquellos seres humanos que lo reconocen, para los que no le conocen y para los que lo rechazan. Este acontecimiento único sucedió en la mayor humildad. Ninguno de nosotros hubiera elegido esta forma de nacer, no lo comprendemos ni lo comprenderemos jamás si no nos acercamos interiormente, con esfuerzo, a lo que Él dijo en su vida pública: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso…” (Mateo, 11, 29). Nosotros solemos ser soberbios de corazón y así, es imposible encontrarle aunque formulemos oraciones con nuestros labios. Tratar a Dios es algo grandioso, es dejarse tocar por la ternura de un Padre único pero hay que querer de verdad. Y cuando quiere, el corazón humano se agranda, tiene un coeficiente de dilatación considerable. Cuando el ser humano se abre a Dios Encarnado sucede, como una consecuencia, lo siguiente: se descubre el espíritu de servicio hacia los demás, se redescubre la fraternidad.

Buscamos lo llamativo, lo novedoso, el espectáculo. Dios quiere lo sencillo, lo ordinario de cada día engrandecido por el amor. Jesús espera que nos despojemos de las varias caretas que podamos llevar puestas, nos invita a vivir la sencillez, a fiarnos de su palabra y a volver a Él aunque estemos en un punto que nos parece muy lejano. Todo es posible para el que cree o quiere creer. ¿Y para qué creer en horóscopos, en cartas, en bolas de cristal, en supersticiones? Resulta paradójica y ridícula la situación que refleja el punto 587 de “Camino”: “Risa y vergüenza nos dio aquel poderoso que perdía su tranquilidad al oír una determinada palabra, de suyo indiferente e inofensiva – que era, para él, de mal agüero – o al ver girar la silla sobre una pata.” Más nos vale a todos creer en Dios y preparar ese más allá que tenemos a la vuelta de la esquina, pero no especulando sino viviendo con la dignidad de hijos de Dios y tratando a los demás fraternalmente. El Papa Francisco dice:”…No es lo mismo haber conocido a Jesús que no conocerlo, no es lo mismo caminar con Él que caminar a tientas, no es lo mismo poder escucharlo que ignorar su Palabra, no es lo mismo poder contemplarlo, adorarlo, descansar en Él, que no poder hacerlo. No es lo mismo tratar de construir con su Evangelio que hacerlo solo con la propia razón. Sabemos bien que la vida con Él se vuelve mucho más plena y que con Él es más fácil encontrarle un sentido a todo.” (“La alegría del Evangelio”).

Una vez, una persona me dijo: “¿Te has parado a considerar la grandeza de la dignidad humana que ha llevado a todo un Dios a encarnarse para redimir a todo el género humano?” Era una conversación, en un despacho y hablando de asuntos profesionales, que tomó ese rumbo. Se quedó grabada en mi mente. Si, cada ser humano es único e irrepetible, no cabe más que el respeto a cada vida humana desde su inicio hasta el final. Otra consideración que me sugiere la Navidad es la de que cada persona es libre desde lo más profundo de su ser, tiene capacidad para alcanzar la máxima grandeza o la mayor degradación. Y, por supuesto, ningún cautiverio, prisión o castigo pueden suprimir su libertad interior, es un hecho comprobado. Esta libertad que pregona la dignidad de la persona es la base de los derechos humanos. Alguien dijo que “Dios corre el riesgo de nuestra libertad” y es así, no quiere esclavos sino hijos que vayan a Él libremente. Y otra cosa, la libertad no es ausencia de vínculos. Saint Exupery dijo que la valía de una persona puede medirse por el número y la calidad de sus vínculos. Por lo tanto, quien pretende almacenar intacta su capacidad de optar no es libre, es un prisionero de su indecisión o de su comodidad.

Podemos, si queremos, limpiar nuestros ojos y mirar al Niño que está en el pesebre, estamos ante la infinitud del amor de Dios hacia cada uno de nosotros. Es cierto que nuestra mente no capta la infinitud del poder de Dios y, menos, la infinitud de su amor. Pero podemos aproximarnos. Benedicto XVI dijo: “El verdadero conocimiento de Dios consiste en la experiencia personal, profunda, de Jesucristo y de su amor.” Y esto sólo es posible si dedicamos un tiempo de cada día a la oración, al encuentro con Él. Nos asombraríamos, si somos constantes, al experimentar que tenemos más tiempo para dedicarlo a los demás. De esta manera no estaremos centrados en nuestros problemas personales y no formaremos parte de esa “muchedumbre solitaria”: mucha gente concentrada en distintos lugares con una gran soledad interior.
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