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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

La brutalidad y sadismo de los hombres superan la ferocidad de las bestias

“El que se convierte en una bestia se ahorra el esfuerzo de vivir como un hombre” S. Johnson
Miguel Massanet
viernes, 19 de diciembre de 2014, 08:14 h (CET)
Puede que a muchos les de un escalofrío cuando contemplan como la mantis religiosa hembra, una vez copulada por el macho, le arranca la cabeza de un mordisco y después lo devora tranquilamente; lo mismo ocurre con la araña viuda negra, que tiene un comportamiento similar; sin embargo, los estudios realizados por los entendidos han demostrado que este comportamiento no es un gesto de crueldad, sino que es un reflejo natural que las impulsa a alimentarse con el cuerpo de su compañero lo que, por cierto, no impide que la función copulativa siga, aunque sea sólo mediante un movimiento reflejo. En todo caso, todo ello puede resultar muy beneficioso para la descendencia de ambas especies. No menos angustioso es el caso de una avispa que captura orugas para, después de paralizadas con su veneno, introducir en sus cuerpos, en calidad de huéspedes, sus propios huevos con el fin de que, cuando nazcan las larvas puedan alimentarse con el cuerpo vivo de las orugas.

Todas estas bestias, junto a otras muchas que podríamos citar, no tienen la facultad de razonar, no se rigen por principios morales del bien y el mal, y no hacen sino seguir, de forma automática, las reglas que la naturaleza fijó en sus cerebros para la supervivencia del animal y la perpetuación de la especie. Auto defensa, alimentación, instinto sexual y protección de la descendencia, se puede decir que son los principios básicos por los que, todas las especies de animales, excepto el hombre, se rigen, mediante su propio instinto. No hay en ellos el más mínimo asomo de crueldad ni deseo de causar dolor y, en todo caso, según sus distintas capacidades, todo lo que hacen está encaminado a su supervivencia y la de sus descendientes.

En el caso de la raza humana existe un componente que, sea debido a la evolución predicada por Darwin o fuere por designio de Dios, para los creyentes; resulta decisivo a la hora de valorar sus acciones, de medir el resultado de sus obras y de ser capaces de ser juzgados de acuerdo con principios como el bien y el mal. La capacidad de razonar, de tomar decisiones, libremente, sin condicionamientos que les obliguen a seguir una conducta determinada; la conciencia de su propio yo y de sus relaciones afectivas o repulsivas respecto a sus congéneres; su posibilidad de abstracciones y deducciones; junto a su don de poder sentir amor u odio; convierten al ser humano en el único de los seres creados que reúne todas estas características que, a la vez, lo convierten en el ser más poderoso de toda la creación. Esto debería comportar unas ciertas obligaciones y responsabilidades respecto al resto de seres sobre los que ejerce su omnímodo poder.

Sin embargo, no todos los seres humanos utilizan todos su poderes en beneficio de sus semejantes y, mucho menos, en velar por el resto de animales que les están subordinados, de los que dependen en parte y a los que debe respeto, por formar parte del entorno natural en el que vive y por el hecho demostrado de que, todos ellos, tienen una función específica y un lugar específico en el entorno natural; de tal modo que, si no hubiera abejas, por ejemplo, es muy posible que la polinización de diversos vegetales , de los que nos alimentamos, no se pudiera efectuar con terribles consecuencias en cuanto a su pervivencia. Como definió Thomas Hobbes en su Leviatán: “Homo homini lupus est” ( El hombre es para el hombre un lobo) y si esto, desgraciadamente, ha podido comprobarse durante todas las etapas de la Historia conocida y lo sigue siendo hoy en día, cuando en el mismo SigloXXI vemos, como cafres islamistas decapitan, sin compasión, a infelices ciudadanos, sólo por afán de venganza o por cuestiones de extremismo religioso; como miles de mujeres son secuestradas y violadas; como millones de niños mueren de hambre o cientos de miles de personas son abandonadas a su suerte en países en manos de dictadores, empeñados únicamente en hacerse millonarios, mientras mantienen en la miseria a sus pueblos. Y si esto sucede con sus propios compañeros de raza, qué no va a suceder con aquellos animales que tienen bajo su yugo, a los que, sin el menor asomo de compasión, como si no fueran sensibles al dolor, no tienen el menor empacho en torturarlos, maltratarlos y aprovecharse de ellos hasta acabar con ellos o convirtiéndolos en pasatiempo para, cuando ya no sirven para complacerles, acabar d con ellos de la manera mas cruel. Hablemos de los galgos de carreras, de los toros de lidia, de los correbous, que todavía perviven en algunas regiones, de los animales domésticos de los que nos alimentamos a los que se les obliga a permanecer enjaulados, sin poderse mover y alimentados a la fuerza para que engorden en el menor tiempo posible.

La sensación de abuso que produce ver, estos días navideños, como ristras interminables de animales sacrificados penden de perchas, nos conduce a algunos a aquella serie que, en un tiempo, tuvo bastante fama en España, conocida como “Los Lagartos” (1.983-1.985). Unos extraterrestres de aspecto de reptiles, con la facultad de transformarse tomando la apariencia de seres humanos, de los que, curiosamente se alimentaban. A través del desarrollo de la serie se revela que las verdaderas intenciones de los Visitantes eran: robar toda el agua de la Tierra y cosechar a la humanidad como fuente de alimento, dejando sólo unos pocos como esclavos y soldados "carne de cañón" para las guerras que los visitantes mantenían con otras razas extraterrestres.

Las imágenes de humanos congelados como si fuesen reses para, posteriormente, ser comidos por sus depredadores extraterrestres, me quedaron grabadas en la mente de tal manera que, cuando vemos este despilfarro que la humanidad hace, en muchos casos echando a perder miles de toneladas de alimentos, y la forma poco equitativa con la que se reparten; no podemos menos de sentir que la Humanidad se ha desviado de su propio destino y que, el camino emprendido, con esta cantidad de crueldad innecesaria, de destrucción absurda, de guerras interminables y de odios entre pueblos que podrían vivir en buena convivencia si dejaran olvidados viejos rencores, antiguas disputas o razones religiosas; no tiene otro futuro que acabar de forma dramática. Para emprender una empresa común de regeneración, de avances, de mutua comprensión y de prosperidad compartida; sería precisa una catarsis que nos hiciera variar el rumbo sin necesidad de hacer tábula rasa de todo lo conseguido, como algunos extremistas pretenden.

Muchos tenemos la impresión de que, el ser humano, cuando utiliza la crueldad en el trato de sus semejantes o en el comportamiento con los animales; no hace otra cosa que poner en evidencia sus carencias, su impotencia para conseguir sus logros o su decepción por entender que se merece algo más de lo que se le ha dado. En definitiva, es una manera de cargar en alguien más débil sus propias frustraciones. Por desgracia, no es este el comportamiento que puede tolerar la sociedad, que debe, a través de sus instituciones, evitar que pudiera extenderse el ejemplo, poniendo todos los medios necesarios para que, semejantes comportamientos, sean debidamente sancionados, evitando la posibilidad de que se repitan o que se conviertan en costumbres; algo en lo que se escudan muchos festejos, donde se tortura a las bestias de forma inhumana, sólo porque “era una costumbre de antaño” o forma parte de los atractivos turísticos de la localidad donde se celebran. La crueldad, ni en personas ni animales, puede nunca ser tolerada, porque es un delito contra la humanidad que no tiene cabida en una sociedad moderna, donde se supone que semejantes prácticas debieran de haber sido desterradas desde hace años. O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, observamos, con los pelos como escarpias, el grado de deterioro moral de la humanidad.
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