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Etiquetas:   La parte por el todo   -   Sección:   Opinión

Rectas peligrosas

Óscar Arce Ruiz
Óscar Arce
domingo, 28 de enero de 2007, 09:35 h (CET)
Con la revolución industrial del XIX, el paternalismo hacia los trabajadores fue una práctica recurrente entre los empresarios. Un paternalismo que llevaba a construir colonias cerca de las factorías para que el desplazamiento fuese mínimo entre el hogar y el trabajo. Aunque, eso sí, las normas dentro de la colonia eran potestad del mismo que la había hecho edificar.

Por eso, en su afán por civilizar y hacer entrar al obrero en el camino recto de la moral burguesa, existían toques de queda, carteles que recordaban lo nociva que resultaba la ingesta excesiva de alcohol y se recordaba con frecuencia lo importante de pasar tiempo en casa con la familia.

Claro que la moral del burgués pretende también que los obreros estén en perfecto estado de forma para el trabajo que debían desempeñar durante la jornada; no es menos cierto que la manera adecuada para hacerlo es recordando al trabajador que es el patrón quien sabe lo que es absolutamente bueno.

Y todo ello no es diferente a la decisión del gobierno español cuando decide, por ejemplo, unificar el criterio de la confección a la hora de asignar la medida de las tallas de ropa femenina a los fabricantes.

La forma de la norma afecta a los modistos, confeccionistas, sastres y diseñadores, pero el contenido está dirigido a la satisfacción de la demanda pública. El auge de la anorexia en los últimos tiempos ha incitado la exigencia social de actuaciones radicales por parte del Estado, que tiene la obligación de proteger a sus súbditos.

Ya se intentó intervenir en la anchura mínima de las modelos para su contratación en las convenciones de moda más importantes de España, con el mismo propósito. Sin embargo, la enfermedad ha seguido su curso sin aminorar su marcha y nadie -o casi nadie- se acuerda de contratar a modelos de más de cuarenta quilos.

Pensar que la estandarización al alza de la numeración de los tamaños puede estancar el avance de la anorexia, es frivolizar sobre lo que la anorexia supone. Es como decir, en otras palabras, que si les convencemos entre todos de que ya están delgadas o delgados, cejará su empeño por adelgazar a toda costa.

Porque, no nos engañemos, nada puede hacer un Estado por evitar el progreso descarnado del liberalismo económico, y toda supuesta acción contra ese avance no puede sino ocultar una segunda intención. Normalmente, esa segunda intención tiene que ver con la intervención en algún aspecto de la vida de los ciudadanos.

Es probable que el problema de la anorexia no sea tanto el cuerpo como la percepción que del cuerpo se tiene. Sepamos que, si se apunta al objetivo equivocado, es muy probable que se derribe un blanco erróneo.

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Banalización

Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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