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La nieve y Julio Llamazares

Nieves Fernández
Nieves Fernández
domingo, 28 de enero de 2007, 09:35 h (CET)
Casualidad que esta misma semana nos llegara un escritor experto en escribir sobre paisajes de invierno. Fue él quien nos la trajo. Con él llegó la nieve a esta Castilla-La Mancha del sur, como si los fenómenos meteorológicos fueran dádivas que pudieran entregarse entre las dos Castillas, de estas dos Castillas que incluso geográficamente son desconocidas, estas Castillas que se extrañan y que sólo de vez en cuando establecen relaciones vecinas. Como si se tratara la una del espejo de la otra, de la Castilla-León, la del norte, de ahí nos llegó un Llamazares despreocupado por las inclemencias del tiempo o por la cantidad de nieve que nos pueda caer de madrugada, como leonés él ha vivido todos los paisajes nevados posibles, aunque desde hace dos décadas ya vive en Madrid.

Es curioso que aquí nos caen unos pocos copos y ya estamos preocupados de cómo llegar o no llegar a los trabajos, o de cómo realizaremos las compras o de cómo llegarán los niños al colegio o de restringir horarios, o de..., en la infancia de Julio Llamazares era habitual andar durante bastante tiempo hasta la escuela con la nieve hasta las rodillas, ya fuera en Vegamián o en las localidades próximas a esa León que a menudo queda aislada, porque el invierno en todas partes y para todos es duro, pero puede que allí un poco más.

Nos confesó que Vegamián, el pueblo donde nació, ya desaparecido, fue su seudónimo o apellido adoptado en sus primeros años de escritor, con él comenzó a firmar cuando concursaba en certámenes literarios y cuando escribía sus primeras obras. Sin embargo, será Ainielle, localidad paralela y pueblo literario de “La lluvia amarilla”, una de sus mejores novelas. En Ainielle se despachó a gusto e hizo caer de golpe toda la nieve para ser disfrutada, o mejor sufrida, por sólo un vecino testarudo y loco que decidirá pese a todo no marcharse nunca de ese pueblo, con todas las consecuencias.

Pero, aparte de traernos caprichosamente la nieve real y la nieve literaria, que ha dejado incomunicados a varios pueblos de esta Castilla hermana por lo que desde aquí, cariñosamente le declaramos “culpable” de nevadas, nos ha traído también toda su sapiencia literaria, dándonos una lección magistral sobre el escritor y la escritura, sobre la capacidad de contar historias o como él dice de contar mentiras, y también de cómo no importa lo que se dice sino la forma en la que se dice.

La lluvia y la nieve de Julio Llamazares, que esta vez ha venido de manos de la Diputación de Ciudad Real a Calzada de Calatrava y ante un auditorio de casi 400 personas, son amarillas como las viejas fotografías que ahora se restauran con las modernas técnicas digitales, pero son también una metáfora del tiempo, no del tiempo meteorológico que a veces nos condiciona y nos aísla como la buena nieve; la nieve y la lluvia de Llamazares no son otra cosa que el paso del tiempo para el hombre y su decisión final de cómo ha de transcurrir para cada persona.

Humedecidas intemporalmente han quedado las Universidades Populares con esta nieve amiga venida de la experiencia y buen saber hacer de Julio Llamazares, el escritor que nos regala nieve de la otra Castilla.

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