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Nos han tocado la cara, pero no nos la han roto

Herme Cerezo
Herme Cerezo
domingo, 28 de enero de 2007, 09:35 h (CET)
Decía mi colega en estas páginas Jorge Dargel, que el balonmano es un deporte duro. Y yo le digo, abundando en lo mismo, que no sabe cuán duro es. Sólo un ejemplo, sólo una referencia: mientras que en un mundial de fútbol, cada selección disputa un partido cada cinco o seis días, en un mundial de balonmano, se juegan diez partidos en catorce días. Y eso es así desde pequeños, porque en las fases de sector del campeonato de España, los equipos juegan cuatro partidos en cuatro días. Si la organización es generosa y los equipos ricos, cuatro partidos en cinco días. Pero eso es raro, porque no abundan las organizaciones generosas ni los equipos ricos en las categorías inferiores. El balonmanista, mucho peor remunerado que el futbolista o el jugador de básket, está en contacto continuo con el rival (choques, agarrones, codazos y alguna que otra galleta, fortuita o no) durante sesenta minutos. Cierto es que se dosifican las fuerzas gracias al carrusel de cambios, pero si no fuese así, esos gladiadores sin armadura no podrían resistir lo que resisten, ni rendir al nivel que lo hacen. Dicho esto y ahora que España disfrutará mañana de un día de descanso, rara avis, nos centramos en el Mundial de Alemania.

Ayer, contra Rusia, entramos con buen pie en la segunda fase. No conseguimos despegarnos durante todo el partido con claridad, pero al final ganamos de cuatro, 33-29. Fue el primer partido que nos controlaron la rolandodependencia y no obtuvimos tanto rendimiento de su trabajo. Pero con la acierto de nuestros primeras líneas (Alberto Entrerríos, 8 goles, Iker Romero, 6 goles), la efectividad absoluta de Juanín desde los 7 metros (10 goles, 8 de penalty) y la buena aportación de Víctor Tomás (otros 5 goles), la cosa salió adelante. Y una buena noticia: Barrufet entró en este mundial, por cierto que vestido de amarillo, el "traje de Molière", tal y como le reclamaba yo el otro día. La pega siguió estando en defensa, especialmente bajo nuestro 5:1, que permitió que el pivote ruso, Tchipourin nos enchufara 5 goles y viviera cómodamente en la línea de 6 metros, como si se encontrase en la terraza de un bar tomándose unas cañas.

Contra Dinamarca, a priori, mi gran duda, mi gran preocupación, tenía nombre: Kasper Hvidt. Este tipo es un auténtico vikingo, un competidor nato. Buen conocedor de la liga española, (lleva un montón de años jugando por estas tierras: Ademar de León, San Antonio de Pamplona), sabe por dónde les duele a nuestros jugadores. Encima, es un motivador nato. Sus gestos elevan la adrenalina a sus compatriotas. Kasper Hvdit es el primer defensor y el primer atacante del equipo danés. Y hoy, lo ha vuelto a demostrar, especialmente desde los seis metros, nuestro punto fuerte en finalización. Y así les ha ido: nos han ganado con justicia 27-23.

Hay aspectos de esta derrota ante Dinamarca que llaman a reflexión. Nada nuevo, sin embargo. Chema Rodríguez abusa del bote, como elemento relacional, en las contras, lo que le hace provocar faltas en ataque, y en nuestro juego posicional rara vez intervienen los seis jugadores ― a los extremos sólo les llega el balón para finalizar ―, con lo que perdemos anchura, indispensable para atacar defensas 6:0 bien armadas. Con todo esto y controlado el juego dos contra dos de Chema Rodríguez versus Rolando Uríos por los daneses, nuestros recursos debían de ser otros: la artillería. Pero nuestra primera línea, ya lo dijimos también, adolece de tiro de nueve metros. Para lanzar, nuestros laterales y central usan y reiteran la penetración hasta los seis metros. Los cruces no existen para ellos, ni las trayectorias largas (lateral-lateral). Y así es muy difícil hacer daño a cualquier equipo, porque cuando buscan lanzamiento desde los 7-8 metros, los defensores sólidos, como los vikingos de esta noche, forran balones, provocan golpes francos o simplemente "te dan".

Y punto.
Porque el balonmano es eso: dar para que después te den y viceversa. Y quien no cumple esta norma tácita, que se dedique a jugar al tute, al chinchón o al ajedrez.

Sin embargo, seamos positivos, seamos prácticos y analicemos un poco el futuro, porque una derrota es una invitación a la introspección. Nos esperan Hungría y Croacia (sábado y domingo). Sólo con sumar dos puntos más ya pasamos a cuartos de final. Es importante ganar a Hungría y luego especular ante Croacia para escoger rival. No digo dejarse perder, no. Eso es antideportivo. La obligación de todo deportista es competir al máximo siempre. Pero sí podemos (debemos) valorar los posibles contrarios de los cruces, la importancia de ser primeros o segundos de grupo y la dosificación de esfuerzos. En el anterior mundial, cuando campeonamos, perdimos un partido ante Croacia, equipo al que barrimos de la pista en la final. Así que no es indispensable ganarlo todo para ser Campeón del Mundo. En resumen, nos han tocado la cara pero no nos la han roto. El mundial es como una carrera de fondo, con algunas vueltas rápidas. Y esas vueltas, las rápidas, son las que hay que ganar.

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