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Etiquetas:   Cultura   Poesía   -   Sección:   Opinión

Y llegó el día de hoy

Un poema de Esther Videgain
Esther Videgain
@videgainesther
lunes, 15 de diciembre de 2014, 08:19 h (CET)
Hoy,
me apetece despertar suavemente con una dulce música,
no a golpe de talón, melodía acústica del mal grito.

Hoy,
voy a ir a la playa, me descalzaré y andaré por estas arenas tan blancas,
como mi inocente espíritu, el agua mojará mis pies de la desidia de tus chillidos.

Hoy,
voy a tirar la sucia bayeta que pule tu maltrato,
alguien oyó anoche, en el cuchitril, aquellos gritos del socorro de la temida oscuridad.

Hoy,
voy a ser otra vez mujer, adiós a la tiniebla de los desperdicios de un mal querer,
me subo a los tacones de este tren hacia el futuro, destino aún tan desconocido...

Hoy,
viajaré a un horizonte del mañana con nuevo billete sin retorno,
mas no me busques más, cambio los ceros del talón de luto por mil besos en mi triste y dolida mejilla.

Me libero para siempre de ti... mal amante, simulacro en falso de Cupido,
las cadenas de plomo de un querer a golpes de tu mal negocio llamado amor,
concedo los sucios puñetazos al entierro y soñaré otra vez con los abrazos y
cariños del nuevo despertar.
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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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