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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

¿Ayudarán los países donantes al Líbano?

Marianna Belenkaya
Redacción
sábado, 27 de enero de 2007, 09:03 h (CET)
“Temo que no tengamos futuro en nuestro país”, esta frase la escucho con cada vez mayor frecuencia de mis amigos libaneses. Especial amargura adquieren estas palabras la víspera de la conferencia internacional París-3 sobre la prestación de la ayuda económica al Líbano y que se inauguró ayer, miércoles 25 de enero en la capital francesa.

Es de esta conferencia de la que depende en buena medida el futuro del Líbano.
La conferencia se celebra cuando Beirut sufre a causa de furiosos incendios y es escenario de violentos enfrentamientos entre partidos políticos opuestos, enfrentamientos que causan muertos y heridos. Después de casi dos meses de protestas inactivas, la oposición libanesa emprendió acciones enérgicas. El martes convocó una huelga antigubernamental cuyos participantes bloquearon los principales caminos y accesos al aeropuerto. El Ejército tuvo que empeñar no pocos esfuerzos por impedir que diversos grupos políticos se enzarcen en un fratricidio.

Pero de todas formas los militares no lograron prevenir el derramamiento de sangre. Los choques se saldaron con 3 muertos y decenas de heridos. No se sabe quién fue el primero en abrir fuego. La oposición y las fuerzas progubernamentales lanzan acusaciones recíprocas. ¿Pero acaso ahora tiene mucha importancia quién fue el primero en disparar? Lo realmente alarmante es que por primera vez en el último bienio los libaneses hayan pasado de las manifestaciones políticas a los enfrentamientos armados.

También antes se registraban incidentes y choques aislados entre representantes de diversos partidos, pero sin causar víctimas. Ahora las proporciones se han ampliado notablemente. Durante un mismo día, los choques se produjeron en zonas más diversas del país, siendo mucho mayor que antes el número de los damnificados.

El día trágico para el Líbano concluyó con la decisión de la oposición libanesa sobre la suspensión de todas las acciones de protesta. Pero esta decisión no provoca ningún alivio, porque los líderes de la oposición declararon que emprenderían acciones aun más decisivas en caso de que el Gobierno no saque las lecciones pertinentes de los recientes sucesos y menosprecie sus pretensiones a la participación en el Gobierno.

Recordemos que la oposición exige ampliar su participación en el Ejecutivo, así como a convocar en una perspectiva inmediata nuevos comicios parlamentarios. En principio, la coalición gubernamental no está en contra de otorgarle a la oposición tres carteras ministeriales, pero no está dispuesta a aceptar la fórmula “un tercio más un voto” que permita bloquear cualquier resolución del gabinete de ministros.

Todo viene a indicar que la situación en el Líbano no se tranquilizará mientras la oposición no obtenga poder real. El problema es que la actual coalición gubernamental no se propone compartir ese poder voluntariamente.
En este asunto cuenta mucho el papel desempeñado por las fuerzas externas que pueden tanto propiciar el arreglo como incitar la confrontación en el Líbano. Según los medios de comunicación árabes, en esta ocasión, sólo merced a la mediación de Francia y Arabia Saudita se ha logrado persuadir a las partes enfrentadas a poner coto a los desórdenes.

Si esto no se hubiera logrado, la conferencia de los países donantes en París a priori habría estado condenada a fracasar. Pero no es oportuno hablar de la prestación de ayuda al Líbano, incluyendo los préstamos e inversiones, cuando este país está al borde de una guerra civil. Es simplemente absurdo hacer inversiones en tal situación. Tampoco tiene sentido hacerlo en el caso de una crisis política permanente.

A lo largo de los últimos dos años, la actividad empresarial en Beirut se suspende sistemáticamente. La parte céntrica de la capital ora está paralizada por manifestaciones ora por inusitadas medidas de seguridad que se redoblan cuando diversas fuerzas políticas del Líbano tratan de llegar a una fórmula de compromiso. Los sucesos del Líbano en modo alguno favorecen el desarrollo del turismo, una de las principales partidas de los ingresos del presupuesto.

Sin la ayuda externa el Líbano no podrá superar la crisis. De ello no cabe la menor duda. Los libaneses todavía no han cancelado los créditos otorgados para la reconstrucción nacional después de la guerra civil de 1975-1990, pero ya necesitan más ayuda. Todo parecía indicar que la vida del país empezaba a normalizarse, pero el asesinato del ex primer ministro Rafik Hariri provocó toda una oleada de asesinatos políticos y luchas por el poder, y el Líbano se enfrentó con una nueva amenaza de la guerra civil. Añádase a ello la guerra del pasado verano con Israel que asestó un sensible golpe contra la economía y la infraestructura.

Occidente y los países árabes del Golfo Pérsico están dispuestos a prestar asistencia a los libaneses. Pero el problema estriba en los condicionamientos de tal ayuda. En vísperas de la conferencia, Washington y París en reiteradas ocasiones dieron a entender que la ayuda sería prestada a condición de que el Gobierno libanés adoptara un programa de reformas. Pero el problema estriba en que la oposición está disconforme con estas reformas. Aunque la oposición tiene determinadas pretensiones al programa del Gobierno, esto no es fundamental. Según manifestó el jeque Hasan Nasrullah, líder del movimiento Hezbollah, una fuerza opositora, el plan de reformas determinará la suerte del Líbano para muchos años en adelante, y este plan no puede ser aprobado por un Gobierno que representa menos de la mitad del pueblo libanés. O sea, nadie discute la necesidad de la ayuda foránea al Líbano, el problema está en el destinatario de esta ayuda.

La víspera de la conferencia, los medios de comunicación árabes y occidentales afirmaban que en caso de que la conferencia de París se coronara de éxito, sería una apreciable ayuda al Gobierno de Fuad as Siniora. Si Occidente está dispuesto a otorgar recursos a condición de que las autoridades actuales del Líbano se mantengan en el poder, esto predeterminará no sólo el futuro económico sino también político del país.

La oposición no lo puede consentir. Resulta, pues, un círculo vicioso: sin inversiones foráneas el Líbano no puede seguir existiendo, pero tendría que admitir a cambio la intervención externa en su política interna, lo que, al fin al cabo, conduciría a una confrontación entre diversas comunidades.

No en vano Alexander Saltanov, viceministro de Asuntos Exteriores de la Federación Rusa, quien encabeza la delegación rusa en la conferencia de París, ha recalcado que sin lograr la reconciliación nacional, cualesquiera programas que adopte el Gobierno del Líbano, por muy buenos que sean, y cualquier ayuda foránea pueden perder sentido.

Mucho depende de las declaraciones políticas que se hagan en el curso de la conferencia de París. ¿Se planteará prestar ayuda al Gobierno de as Siniora o prestar ayuda a todo el Líbano? ¿Qué será lo que se promovería al primer plano: el afán de llegar a una fórmula de compromiso o las simpatías políticas de los países donantes? En todo caso, cuanto sucede en torno al Líbano y en el propio Líbano, no infunde optimismo. Lo único que queda es compadecer de los libaneses.

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Marianna Belenkaya, para RIA Novosti.


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