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Tolerancia

José Manuel López García
sábado, 13 de diciembre de 2014, 17:33 h (CET)
Aunque la libertad de conciencia está profundamente relacionada con un planteamiento político tolerante el filósofo que, a mi juicio, estableció las líneas maestras del mismo es John Locke en su Carta sobre la Tolerancia, publicada por primera vez en 1689 y 1690.

En sus cuatro Cartas Locke trató de fundar una auténtica libertad religiosa que superara la intolerancia y el fanatismo existente en su época. Estaba tomando forma el Estado democrático liberal que afirma y apoya el valor indiscutible de la persona individual, como origen de la razón de ser de la acción del estado no absolutista.

Indudablemente, la consolidación de unos derechos de libre pensamiento y opinión deben ser garantizados por el ordenamiento jurídico, y esto es algo de lo que está convencido Locke. Porque es el modo de evitar que el poder político se inmiscuya en el ámbito privado de los ciudadanos libres.

Las argumentaciones de Locke apoyando la libertad son la expresión de la autonomía personal de los individuos, que no está sometida o subordinada a la coacción de las normas, y de la socialización impuesta por el poder de la organización estatal.

El contraste entre el poder político y la libertad individual es evidente y debe estar delimitado claramente por el bien de todos. De todas maneras, también es cierto que la libertad de los sujetos no es ilimitada, lo que no presupone que no sea muy amplia.En cualquier caso, la ley es la clara referencia, respecto a los niveles de libertad de que disponen los seres humanos que conviven en un estado democrático.

La libertad política parece que es la menos ejercida en la actualidad, porque no consiste, únicamente, en votar cada cuatro años en las correspondientes elecciones. Significa que los ciudadanos pueden participar de modo activo expresando y dilucidando sus ideas, propuestas, opiniones y planteamientos para mejorar, sustancialmente, la vida ciudadana, y el bienestar general.

Las luchas confesionales y el surgimiento del Protestantismo en el siglo XVI impulsaron la idea de la tolerancia en Occidente. Escribe al respecto Bravo Gala:«Los argumentos de que se sirvieron sus defensores (L’Hôpital, Bodino, etc.) son eminentemente políticos, pues conciben la tolerancia como un expediente para restaurar la armonía ciudadana, rota por las disputas religiosas». Y en el siglo XX con los Derechos Humanos la tolerancia también adquiere una relevancia de primer orden.

Es curioso que un pensador político como Bodino esté plenamente convencido de que: «cuanto más se violenta la voluntad de los hombres, tanto más se resiste». Por tanto, es conveniente que no se use la violencia o la coerción sobre las conciencias de las personas porque es, en sí mismo, negativo, y claramente contraproducente, para los intereses de un estado, con una pacífica y armoniosa convivencia. No deben existir persecuciones por motivaciones religiosas.

La neutralidad del poder político ante las creencias religiosas supone el establecimiento de unas bases objetivas que sustentan la obligación política. De este modo se construye un aparato de estado moderno, y que respeta la libertad de pensamiento de forma rotunda.

También Spinoza defiende la libertad de pensamiento al escribir que el propósito final del poder del estado: «No es someter al hombre a la tiranía [...] sino hacer posible que ejerza sus capacidades mentales y físicas en seguridad y que utilice su razón libremente». A lo que contribuyó, de modo decisivo, la libertad de imprenta, y sobre todo la reafirmación liberal de las virtudes y beneficios de la libre y tolerante discusión.

Estos planteamientos desde una perspectiva que es, la propia del siglo XXI, siguen siendo inspiradores de una dinámica de tolerancia que construya una política participativa, colaborativa, solidaria y comunicativa que propicie una efectiva justicia social, y más igualdad real.
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