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Etiquetas:   Crítica de cine   -   Sección:   Cine

'Apocalypto': mucho taparrabo y pocas nueces

Gonzalo G. Velasco
Gonzalo G. Velasco
sábado, 21 de abril de 2007, 09:11 h (CET)
El pasado viernes he ido a ver Apocalypto. Después de todo lo que había escuchado y leído en los días previos al estreno, se me hacía la boca agua sólo de pensar en lo que el inclasificable y políticamente incorrecto Mel Gibson podría haber filmado. Por un lado, muchos cronistas señalaban que la película pecaba de excesivamente violenta, por otro, que denigraba a la cultura maya al retratarla como un foco infecto de barbarie y sanguinolencia, y en el extremo más cinéfilo del espectro, estaban todos aquellos para quienes la cinta era una de las cumbres del séptimo arte por su capacidad para narrar, casi sin palabras, una historia de casi dos horas alejada por completo de la narrativa convencional; pero a decir verdad, Apocalypto defraudó mis expectativas en los tres aspectos: ni me parece excesivamente violenta, ni creo que denigre a la cultura maya, ni mucho menos la considero una gran película alejada de la convencionalidad.

En un momento cinematográfico como este, en el que terror hiperrealista nos ofrece todo tipo de gore descarnado casi sin ningún tipo de filtros (piensen en Hostel, en Los Renegados del Diablo, o en los remakes de Las Colinas Tienen Ojos y la Matanza de Texas), regodeándose con delectación en el grandguignol (casi toda la filmografía de Takashi Miike), echarse las manos a la cabeza porque la película de Gibson contenga un par de sacrificios humanos (narrados de forma no excesivamente truculenta, por otro lado), constituye una soberana tontería. Y si no son esos sacrificios, sino las escenas en las que los indígenas devoran las vísceras de un tapir casi en primer plano, lo que ha llevado a tanta gente a escandalizarse, entonces más de uno debería revisar los documentales etnográficos de Margaret Mead, donde los protagonistas también hacían cosas por el estilo sin pararse a pensar que eso pudiera ofender el buen gusto del primer mundo. A mi juicio, ver a famosos de medio pelo sorbiendo patas de cangrejo en Supervivientes es igual de repulsivo y no pasa nada.

En lo que respecta a toda la polémica sobre el retrato de la cultura maya, también se han cargado las tintas en la escandalera más de lo que la película da pie para hacerlo. Yo diría que todos esos pseudointelectuales hispanoparlantes tan críticos con el film (¿o debería decir con Estados Unidos?), han aparecido en los telediarios pagados por el propio Gibson a fin de promocionar el estreno. No entraré a valorar el trabajo de documentación del director o la veracidad histórica de su puesta en escena, pues para ser honestos, este tipo de cosas me la traen al pairo cuando lo que se me propone es una película de acción precolombina articulada sobre una vibrante persecución, sólo diré que, efectivamente, hay mayas malísimos, salvajes y sanguinolentos (los perseguidores), pero también mayas simpáticos, honrados y de gran corazón (el protagonista con cara de Ronaldinho y sus amigos). O sea, lo mismo que en el noventa y nueve por ciento de las películas: buenos y malos.

El problema reside en que algunas personas, probablemente las mismas a las que les ha encantado El Reino de los Cielos, pretenden revisar la historia, cinematográficamente hablando, desde la óptica ideológica del presente, y de este modo, como hoy en día nos parece un horror que los indígenas se mataran entre ellos o los cruzados gozaran decapitando enemigos, reclamamos tramas a lo alianza de civilizaciones donde no haya espacio para que nadie resulte ofendido, algo que adultera mucho más la historia que centrarse en un aspecto de la misma, como hace Gibson, pues por esa regla de tres, si la gente se pusiera de morros con el cine español actual por su tendencia patológica a ofrecer una imagen sórdida y desangelada de nuestro país, habría que prohibir el cine de Fernando León de Aranoa, lo cual, bien pensado, no estaría nada mal. Quiero decir con esto, por si no ha quedado claro todavía, que en un mundo supuestamente libre como el nuestro, no conviene demandar de los cineastas una representación idílica de ninguna realidad, sea histórica o no, porque precisamente esa es una de las principales características de los regímenes dictatoriales.

Ya por último, Apocalypto tampoco es nada del otro mundo como película propiamente dicha. Su pretendida originalidad se queda en agua de borrajas desde el momento en que, pese a estar rodada en maya yucateco y a abordar una temática pocas veces plasmada en una pantalla de cine, adopta como brújula dramática las más elementales leyes de la narrativa hollywoodiense, maniqueísmo, clichés e inverosimilitudes destinadas a implementar la espectacularidad de la trama incluidas. De su condición de magistral persecución sin palabras, mejor ni hablar, porque ni la caza y captura funciona como eje del film (antes hay que aguantar más de una hora de metraje sólo interesante a rachas), ni es tan magistral, ni está narrada sin diálogos. En resumen, que si bien el film tiene una factura visual bastante resultona y de vez en cuando nos obsequia con subyugadores momentos de gran envergadura cinematográfica, está plagado de lugares comunes, acusa una arritmia considerable, y no tiene mucho que decir. Gibson ha intentado repetir el éxito de La Pasión, pero para ascender definitivamente al panteón de los grandes maestros del celuloide, mucho me temo que aún le quedan, al menos, un par de películas. Paciencia.

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