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Oriente Próximo y nueva estrategia de Bush: al borde de una guerra de envergadura

Piotr Goncharov
Redacción
jueves, 25 de enero de 2007, 21:52 h (CET)
¿No va a ser que la “nueva estrategia de Bush”, según se acostumbra denominar ahora la nueva concepción de acciones de las tropas norteamericanas en Irak, hecha pública recientemente por el mandatario norteamericano, no es un ardid táctico de cara a la próxima carrera electoral, sino una operación bien diseñada con vistas a remediar la situación con la presencia de EE.UU. en Oriente Próximo?

Cabe destacar que el momento clave de la estrategia en cuestión no es el envío a Irak de dos batallones de marines y de cinco brigadas de infantería, pues los 21.500 efectivos no constituyen un refuerzo sustancial para los 132 mil soldados norteamericanos ya estacionados en Irak.

El meollo de “la nueva estrategia” será la aparición en fechas próximas en el Golfo Pérsico de un portaviones norteamericano más con buques de escolta y el despliegue en esta zona del novísimo sistema antibalístico Patriot PAC-3.
Es dudoso que los submarinos nucleares sean un eficaz instrumento de lucha contra los insurgentes iraquíes, sea en ciudades o en desierto.

¿No va a ser que la “nueva estrategia” se extienda más allá de Irak y represente una alternativa al programa nuclear iraní, una respuesta de EE.UU. a los planes de Irán de desempeñar el papel protagónico en Oriente Próximo?
Es muy probable que “la nueva estrategia” de Bush sea la única solución acertada del problema iraquí, desde la óptica de los intereses norteamericanos, por supuesto. Este plan no tiene alternativa razonable. A raíz de una serie de pasos a todas luces equivocados, desde el comienzo de la guerra hasta la ejecución de Sadam Husein, en una situación de hecho atollada, se adopta el único plan viable, capaz de salvar una campaña al parecer irremediablemente perdida. Y no sólo en Irak.

Igual que antes, el principal factor de “la nueva estrategia” es la fuerza. Pero esto ya no significa que la concepción descarte las negociaciones entre los principales grupos de influencia iraquíes con el apoyo de todos los países lindantes, incluyendo Siria e Irán. Todo lo contrario: cuesta trabajo imaginar que el presidente de Irak, Jalal Talabani, no haya concordado los objetivos de sus visitas precisamente a Teherán y Damasco con el “garante de estabilidad”, papel que pretende desempeñar EE.UU. en Irak. Las evidencias vienen a apuntar que Washington ya está jugando ambas cartas, tanto la iraní como la siria, pero según diversos guiones.

Y, por último, en la nueva estrategia no se puede dejar de advertir las propuestas de introducir enmiendas en la Constitución de Irak con tal de incorporar a todos los grupos étnicos y religiosos en el proceso político que se desarrolla en el país. Cabe recalcar asimismo la anunciada ampliación de los poderes de los iraquíes y la no intromisión en su política interna, así como la política de mantener la integridad territorial de Irak.

Una tesis importante (sobre todo para los países árabes del Golfo Pérsico) de la “nueva estrategia” es la relativa al restablecimiento de la seguridad en Irak. El documento insta a los dirigentes de Irak a librar la lucha contra los “focos de tirantez” indistintamente de su pertenencia étnica o religiosa. Hasta ahora la lucha se libraba fundamentalmente contra los grupos sunitas armados, sin afectar a los chiítas, aunque resulta difícil creer que no estén implicados en los atentados y choques armados en Irak.

La opción por la fuerza se debe, por lo visto, a que nadie va a conversar de igual a igual con la parte que rinde sus posiciones. ¿No será más fácil hablar con ella en el lenguaje de los ultimátums?

Los funcionarios de la Casa Blanca recuerdan, desde luego, las consecuencias que trajo la decisión tomada por Yeltsin en noviembre de 1991 de negar la ayuda (se trataba tan sólo de los suministros de kerosene, gasolina y otros derivados de petróleo) al régimen de Najibullah en Afganistán. Como resultado, en abril de 1992, pasados ya tres años después de la retirada de las tropas soviéticas de este país, encontrándose de hecho a dos pasos de llevar a vías de hecho el programa de reconciliación nacional, Najibullah se vio obligado a ceder el poder a la alianza de los siete. Todo ello desembocó en la guerra civil y en el colapso político y social cuyos ecos se dejan sentir hasta hoy.

Una suerte parecida podría correr también Irak en caso de que EE.UU. se retire de este país. La única diferencia con Afganistán consiste en que el trágico desenlace no se hará esperar tres años, sino que se producirá al instante y tendrá proporciones mucho más amplias y peligrosas, siendo de señalar que estarán involucrados en el lío como mínimo tres países: Irán, Arabia Saudita y Turquía.

Evidentemente, no en vano los países árabes del Golfo Pérsico y Egipto aprobaron el plan de Bush. Por mucho que se hable, la “nueva estrategia” contiene muchos elementos positivos, sobre todo en lo relativo a la reconstrucción de la sociedad ciudadana en Irak.

Al propio tiempo, una vez anunciada la “nueva estrategia” en Irak, se deja sentir cada vez más la escalada de tensiones en Oriente Próximo y en primer término en torno a Irán. ¿Para qué el Pentágono envía otro portaviones con buques de escolta al Golfo Pérsico? Posiblemente, EE.UU. hace alarde de la fuerza armada para meter en cintura al indócil Irán y de este modo resolver dos problemas a la vez: el iraquí y el iraní (este último afecta más bien a EE.UU. que a Irán). De ser así, Washington realmente está jugando el todo por el todo, al balancear al borde de una guerra de amplias proporciones. Cuesta trabajo creer que Teherán no dé réplica adecuada en el espacio acuático del Golfo Pérsico que controla.

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Piotr Goncharov, RIA Novosti.

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