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Etiquetas:   Contar por no callar   -   Sección:   Opinión

Siete días de enero

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
jueves, 25 de enero de 2007, 21:52 h (CET)
Espero que Bardem desde ese cielo rojo desde el que nos mira no se enfade conmigo por haberle robado el título de uno de sus mejores films. Estos días se cumplen treinta años de unos acontecimientos que pudieron dar al traste con aquella incipiente democracia que, muerto el viejo dictador, los españoles empezábamos a catar. La vieja policía franquista todavía ocupaba las comisarías por las que los demócratas seguíamos pasando. Los servidores del franquismo seguían ocupando puestos de relevancia en todos los estamentos estatales y se resistían a dejarlos en manos de los demócratas que, después de cuarenta años de dictadura, comenzaban a asomar por los pocos resquicios legales que se iban habilitando.

Los sindicatos de clase todavía seguían siendo ilegales pero la verdad es que todo el mundo conocía la ubicación de los despachos laboralistas en los que unos jóvenes casi recién salidos de la facultad de Derecho se dedicaban a defender a los trabajadores. El terrorismo por aquellos días era más bien cosa de un grupúsculo denominado GRAPO, donde el actual historiador de la derecha Pio Moa ejercía de ideólogo, más que de los etarras que andaban, una vez más, intentado pactar con el gobierno de Adolfo Suárez. Pero las calles de las principales ciudades españolas andaban llenas de extremistas de la derecha que veían cómo se les acababa el chollo que hasta la muerte de Franco habían tenido.Y la policía miraba hacia otra parte cuando no cooperaba con ellos como el tristemente famoso policía de la Brigada Político Social conocido como “Billy el Niño”. Aquí se había muerto el perro pero no se había acabado la rabia.

El lunes 24 de Enero nos despertamos con la triste noticia de que los GRAPO del historiador Pio Moa, ahora en la extrema derecha, habían secuestrado al general Villaescusa. Horas más tarde la noticia que lanzaban todos los teletipos de las agencias era la muerte de la estudiante Mari Luz Najera golpeada por un bote de humo de la policía mientras asistía a una manifestación a favor de la amnistía para los presos políticos. La espiral de la violencia y el golpismo había comenzado con la semana, una semana en la que la no nacida democracia española estuvo seriamente amenazada.

Pero lo pero llegaría a últimas horas de la tarde. Por aquellos días había una huelga en el transporte que, naturalmente, no era bien vista por los jerarcas del todavía oficial y único sindicato permitido, la Central Nacional Sindicalista o CNS. En el clandestino despacho de CC.OO de la calle de Atocha había prevista una reunión de sindicalistas del sector en la que tenía que estar presente el líder del transporte. Sonó un timbre y el empleado Ángel Rodríguez abrió la puerta, unos pistoleros agazapados detrás de sus pasamontañas dirigieron sus pistolas hacia él, hicieron salir al resto de personas que en aquel momento estaban en el despacho y comenzaron a disparar.

Cuando aquella bacanal de sangre y odio terminó quedaron en el suelo, muertos, los cuerpos de Javier Sauquillo, Javier Benavides, Serafín Holgado, Enrique Valdevira y el empleadoÁngel Rodríguez. Otros quedaron debatiéndose entre la vida y la muerte mientras los cobardes asesinos de la extrema derecha salían corriendo escaleras abajo. El sindicalista del transporte al que buscaban estaba cenando un bocadillo en un bar cercano y fue el que descubrió los cadáveres de sus amigos y compañeros. Una vez más el odio había vencido a la razón y las palabras. Se dijo que García Carrés, involucrado también en el intento de golpe del 23-F, había sido el instigador de la matanza. Nunca se pudo probar y con el tiempo los jueces, el estamento judicial todavía era el del franquismo, dieron un permiso a Lerdo de Tejada, uno de los asesinos, y despareció de España.

El día del funeral el Partido Comunista de España, al que pertenecían la mayoría de los asesinados, dio toda una lección de convivencia. Madrid se lanzó a la calle para despedir a los abogados muertos por la ira de los que no atienden a las palabras y el civismo se paseo por las calles de Madrid. Silencio y aplausos al paso de los féretros remarcaron en aquel Enero de 1977 que la izquierda tan sólo pedía reconciliación entre los españoles. Hoy en Atocha 55 hay una placa que recuerda a aquellos que murieron por la libertad junto a la estatua “El abrazo” de Juan Genovés. “A los abogados de Atocha. Si el eco de su voz se debilita, pereceremos”. Las esperanza me dice que pese a quien pese y a pesar de las diarias homilías de la radio de los obispos la voz de aquellos que murieron por defender a los más necesitados nunca perecerá. Los muertos de Atocha siempre estarán en nuestro recuerdo.

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