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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

El pasodoble que añoro

Antonio García-Palao
Redacción
jueves, 25 de enero de 2007, 21:52 h (CET)
Qué tendrá que ver la hermosura de un brillante pasodoble con la crueldad irracional. Qué la luz del mediterráneo con la oscuridad de la muerte. Qué la alegría de una mañana de domingo en el templete de la banda de música con la tarde morbosa y el olor a sangre seca. Qué la hierba verde de los pastos con la arena polvorienta y estéril del coso taurino.

Si el vulgo del tendido pudiese siquiera intuir lo que significa para un compositor sensible escuchar su música como preludio a la barbarie y cómo la belleza de los acordes que acaricia y elige cuidadosamente queda profanada por la perversión disfrazada con lentejuelas, abandonaría la plaza avergonzado.

Me desgarra la belleza del pasodoble de Penella porque evoca mi infancia en el parque, al son de clarinetes uniformados en terceras. Pero también me recuerda el horror de la muerte y el error de la inconsciencia que genera sufrimiento con arpones banderilleros e infames estoques.

Dos pasos por segundo para celebrar la pacificación de los ejércitos. Ciento veinte pasos por minuto para acudir con los niños a los jardines de cada pueblo. Suenen redobles y platillos, trompetas y flautines para entonar romanzas y pasacalles de Vives, Soutullo o Chueca que tararearan nuestros abuelos. Engalanemos nuestras fiestas con inofensivos banderines y organicemos mil juegos inocentes. Vuelen serpentinas de colores por las calles.
Llueva confeti del cielo y celebremos el amor a ritmo de pasodoble.

Pero desfilen con humildad los toreros sólo para admirar con respeto la belleza imponente de la vida que creció en el campo en un solo lustro, y condenemos la vanidad y el negocio mortal al destierro. Que no cruce la muralla la sinrazón del palurdo ni la perversión del intelecto. Suspiren los emigrantes con un pasodoble de la España feliz, soleada y buena, y dejemos que nuestros queridos toros se enamoren si quieren de la luna, y que de amor mueran ya viejos en los encinares de Salamanca o las dehesas de Extremadura. Ojalá que así sea.

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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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