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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Setecientos años de nuestro cantar de gesta

Francisco Arias Solís
Redacción
jueves, 25 de enero de 2007, 21:52 h (CET)
Mío Cid Ruy Díaz, por Burgos entró,
en su compañía, sesenta pendones; salían a mirar mujeres y varones,
burgueses y burguesas por las ventanas son, llorando de los ojos, tanto era su dolor.
De las bocas de todos salía una razón: -“¡Dios, qué buen vasallo si tuviese buen señor!”


El Poema de Mío Cid.

El Poema de Mío Cid es el único cantar de gesta cuyo texto ha llegado casi íntegro hasta nosotros, siendo el primer monumento de la literatura española. Una revisión de la figura del Cid, generalmente presentado como personaje legendario, ha sido iniciada ya por algunos historiadores. A partir de las cifras establecidas por Menéndez Pidal sobre las parias que cobraba en Valencia, Antonio Ubieto ha esbozado una semblanza muy semejante a la aportada por las crónicas árabes: este héroe de imperio, caballero en su caballo, apreciaba más el dinero que el honor. La visión actual del Cid le enfoca como caballero mozárabe fronterizo, capaz de estar bien con cristianos y musulmanes, actuando a favor de unos u otros según su conveniencia.

En 1779 el erudito Tomás Antonio Sánchez publicó por primera vez en su “Colección de poesías castellanas anteriores al siglo XXV”, el texto del Poema del Cid, como le tituló. El códice parece ser una copia hecha en 1307 por un tal Per Abbat. En cuanto al poema, Menéndez Pidal ha fechado su redacción en 1148; últimamente parece cobrar importancia la tesis de Antonio Ubieto que retrasa cincuenta años como mínimo su composición, acercándola a la leva general que Alfonso VIII ordenó para la campaña de las Navas de Tolosa (1212). Según Ubieto, el Poema habría sido compuesto por Per Abbat, al que da como seguro autor, con fines propagandístico para facilitar la leva en Castilla. Sin embargo, Menéndez Pidal, supone que éste es un mero copista y que, por tanto, la fecha es la de copia pero no la de redacción del texto primitivo. Sus autores, fueron, según Menéndez Pidal, al menos dos poetas, el más antiguo seguramente fue originario de la comarca de San Esteban de Gormaz y el otro de la de Medinaceli. En cualquier caso, ninguna de las investigaciones ha aportado pruebas concluyentes.

Los tres mil setecientos treinta versos de que consta el Poema, distribuidos en series asonantadas de medida variable, con predominio de versos de catorce sílabas y hemistiquios bien señalados, se han dividido en tres partes, que corresponden al Cantar del destierro, el Cantar de las bodas y el Cantar de la afrenta de Corpes. En el primero se narra el destierro del Cid, quien se ve obligado a abandonar Castilla por decisión del rey Alfonso VI, que ha roto la relación de vasallaje con el Cid. El manuscrito carece de los primeros versos y el texto se inicia con la marcha del Cid de su casa de Vivar y la llegada a Burgos, donde engaña a los judíos en el conocido episodio de las arcas llenas de arena. Acompañado de pocos y fieles vasallos, el Cid llega a Cardeña, en cuyo monasterio deja a su mujer e hija. Tras la despedida, que constituye uno de los momentos más emotivos de este Cantar, el Cid conquista Castejón y Alcocer, hace tributaria la región de Teruel y Zaragoza, avanza sobre las montañas de Morella y prende al conde de Barcelona, al que liberará generosamente tras humillar su vanidosa soberbia, la ironía y el humor brillan en estos últimos versos. En el Cantar de las bodas se narran las victorias del Cid, quien conquista Valencia, tras sitiarla durante dos años. Esto significa el enriquecimiento del monarca, que permite que la familia del Cid se vaya a Valencia. El episodio en que éste recibe a doña Jimena y a sus hijas es uno de los momentos culminantes de la obra. En él se muestra la auténtica dimensión humana del héroe y el sentido de su esfuerzo. Cuando se presentan ante Valencia las tropas del emir de Marruecos, el héroe se alegra porque así tendrá ocasión de mostrar ante su familia el esfuerzo de su brazo: “afarto verán por sus ojos commo se gana el pan”. El progresivo enriquecimiento del Cid atrae la codicia de los infantes de Carrión, pertenecientes a la alta nobleza leonesa, que, en el fondo, desprecian el linaje del héroe pero aspiran a enriquecerse también a su lado. Piden al rey la mano de las hijas del Cid y, a pesar de la resistencia de éste, cuya desconfianza hacia los de Carrión es patente, se celebran las bodas por decisión del monarca. El Cantar de la afrenta de Corpes comienza con el episodio del león, en el que los infantes de Carrión muestran su cobardía. Al volver a sus tierras en León, dejan abandonados a sus esposas en el robledal de Corpes, de donde son rescatadas por Félix Muñoz, sobrino del Cid, que ha desconfiado de los infantes. El núcleo de este Cantar está formado por la demanda del Cid ante las cortes convocadas en Toledo. Estalla entonces la contienda social latente en el Poema; los infantes de Carrión y su familia, pertenecientes a la alta nobleza de León, desprecian al Cid, al que llegan a llamar “maquilero” aludiendo a los molinos que poseía en tierras de Vivar. El poeta muestra una sólida formación jurídica al narrar la demanda civil y criminal planteada por el Campeador. Su triunfo en ella y en el subsiguiente desafío, en el que los caballeros del Cid derrotan a los infantes, representa la culminación del proceso de recuperación de la honra por el héroe y, en sentido más amplio, el triunfo de la nobleza lograda por el esfuerzo personal sobre la aristocracia de sangre. El significado del Poema hay que buscarlo en los motivos que inspiran las actitud del héroe. Su comportamiento está siempre determinado por su circunstancia personal, esto es, la de un desterrado que ha de ganarse la vida –él y sus compañeros- con el esfuerzo de su brazo, es decir con el único oficio que conoce un caballero medieval: la guerra. Por ello combate a los musulmanes y también a los cristianos si es necesario. El juglar exalta constantemente cómo “creçe en ondra” el Campeador, y esta frase significa tanto “enriquecerse” como “lograr honor”. Perdida su condición de vasallo del rey Alfonso, el objetivo de la acción del héroe es, por tanto, el enriquecimiento personal y de sus mesnadas. La veracidad del Poema consiste en responder a una verdad humana y a unas aspiraciones colectivas. Por eso los hombres que oyeron recitar estos versos hubieron de sentirse identificados con las actitudes y los comportamientos de los personajes. En esto –y no en la veracidad de la peripecia argumental- consiste la historicidad del Poema. Su dominio de los recursos característicos del lenguaje épico hacen de este cantar de gesta una de las obras maestras de la literatura española, que finaliza con las segundas bodas de las hijas del Cid con los infantes de Navarra y Aragón. El juglar entona entonces la loa final del Campeador que de simple desterrado sin nobleza ni hidalguía ha pasado a ser pariente de reyes. Y es que, como se canta en el Poema: “Quando señoras son sus fijas de Navarra e de Aragón / hoy los Reyes de España sos parientes son”.

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