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Un ídolo contra la adversidad
Daniel Sanabria
Desde que en el minuto 76 de partido fallara el penalti, y en consecuencia el posible 1-0 a favor del Atlético, no he parado de escuchar críticas sobre Fernando Torres. “Ya van cuatro seguidos”. “Está gafado desde los once metros”. “Que no tire más”. Es cierto. El capitán rojiblanco volvió a fallar un penalti, y después efectuó su frecuente ritual: mirada al cielo, pregunta a los Dioses por qué otra vez; después baja la cabeza, y fija la vista sobre el césped. ‘Otra vez’, pensó.
La reacción del Vicente Calderón no se hizo esperar. Inmediatamente después del fallo, la afición ovacionó a su estandarte, coreando su nombre una y otra vez. Sólo los atléticos saben lo que Torres significa en este peculiar equipo que alterna rayas rojas y blancas. Sólo un ídolo como él, que nació en tiempos de sequía en el Manzanares, es vitoreado aún tropezando en la misma piedra por cuarta semana consecutiva.
La prensa lo critica, los aficionados de otros equipos también..., todos. Menos los que realmente le conocen, que son esos 46.000 fieles que no le pierden de vista durante los 90 minutos. Sólo ese grupo selecto de sufridores del fútbol ven a su delantero centro bajar a defender los córners, hacer coberturas cuando suben los laterales, tirar del carro cuando ni siquiera le quedan ruedas, levantar 60.000 almas con una jugada de Play Station...
¿Qué es un penalti fallado? ¿Y dos? Pues tres fueron y en un mismo partido los que falló Martín Palermo, campeón de la Copa Intercontinental. El penalti de su vida fue el que erró también su compatriota y amigo de grandes conquistas Román Riquelme en el último suspiro de una semifinal de Champions que podría haberse teñido de amarillo. Y el penalti de un sueño de verano (otro más) fue el que mandó a las nubes Raúl en esa Eurocopa de Holanda que podría haber roto la barrera maldita de los cuartos. Sólo los cracks fallan los penaltis...
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