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La nueva estrategia de Bush

Víktor Litovkin
Redacción
lunes, 22 de enero de 2007, 21:22 h (CET)
En los días transcurridos desde la proclamación de una nueva estrategia militar norteamericana en Irak, anunciada en el discurso a la Nación del presidente de EE UU, George Bush, han sucedido varios acontecimientos sugiriendo una idea sencilla: tal vez esa estrategia persiga otros objetivos además de los que están a la vista.

Veámos lo que dijo el presidente y lo que respondieron sus opositores norteamericanos (y otros).

Pues bien, la tesis clave de la nueva estrategia contempla aumentar en 21.500 soldados el contingente pentagoniano en Irak.

Pero es evidente en demasía que 17.500 soldados y oficiales destinados a la capital del país, Bagdad, y 4 mil, a la provincia rebelde de Anbar (que no se subordina aún al Gobierno iraquí central, ni al mando militar de la coalición de países occidentales y sus aliados) incorporados a los 132 mil “boinas verdes” ya emplazados en Irak, no podrán resolver el problema. Esta medida sólo es capaz de crear por un tiempo apariencias de reforzamiento de la influencia norteamericana sobre la situación en la zona del Golfo Pérsico. Del mismo modo se puede evaluar un nuevo intento de la administración washingtoniana de endosar cuanto antes a los iraquíes la responsabilidad por el actual conflicto intestino y el restablecimiento del orden en el Estado.
Apoyo útil al Gobierno local prestarán las inyecciones en la economía de Irak de mil millones de dólares US para crear nuevos empleos, si no son sustraídos antes de llegar al destinatario. En Oriente, y no sólo allí, es un fenómeno común y corriente.

Es poco probable que a los iraquíes les ayude el aumento del contingente de asesores norteamericanos en todos los niveles de poder estatal, el entrenamiento acelerado de militares profesionales locales, la incorporación de la “minoría islámica”-los sunitas- al proceso político, el crecimiento de la producción de petróleo y la justa distribución de dividendos provenientes de su refinación y suministros al extranjero (lo que el presidente de EE UU prometió también en su discurso a la Nación)...

Difícilmente puedan considerarse absolutamente nuevas las ideas formuladas por Bush y expuestas tanto por él en persona, como por sus asesores y copartidarios republicanos, así como por sus opositores del bando de demócratas y críticos de la anterior estrategia iraquí de la Casa Blanca que no ha cambiado para mejor la situación en Bagdad y sus afueras.

El ejército norteamericano ha sufrido en Irak ya más de tres mil bajas. En los últimos tres años la guerra desplegada en el Golfo Pérsico ha costado ya a EE UU unos 500 mil millones de dólares (la manutención de un soldado norteamericano en la zona del Entrerríos cuesta a razón de 275 mil dólares anuales). Pero brillan por ausencia los éxitos marciales. No fue descubierta el arma de destrucción masiva, motivo de la operación militar. El Gobierno iraquí y sus patrocinadores de ultramar tampoco podrán jactarse de las transformaciones democráticas ni de los progresos económicos. El país devino escenario del sangriento caos que a diario siega la vida de decenas de inocentes. Y el fin de esa desgracia no se otea. Ni el juzgado, ni la ejecución del ex dictador Sadam Husein han mejorado la situación. Al contrario, el Sadam muerto llegó a ser símbolo de la furiosa resistencia a la ocupación norteamericana.

En resumidas cuentas, a causa de permanentes fracasos que sufre el partido republicano encabezado por el actual presidente de EE UU en sus intentos de estabilizar la situación en el entrerríos del Tigre y el Eufrates, ha perdido ya las posiciones de líder en el Congreso y el Senado.

Desde el principio mismo ha sido demasiado claro que “la nueva estrategia de George Bush para Irak” tropezará con la resistencia ostentativa en la Colina del Capitolio. El senador Edward Kennedy, uno de los más influyentes legisladores norteamericanos, ofreció incluso bloquear el envío de tropas complementarias a Oriente Próximo y negarle a Bush el financiamiento por él solicitado. Los congresistas demócratas muestran descontento de que el jefe de la administración no prestó oído a las recomendaciones de la Comisión Baker-Hamilton exhortando a la Administración del país a evacuar sin demora las tropas norteamericanas de Irak y sumarse al proceso conciliador entre Irán y Siria. Además, según el sondeo sociológico efectuado por la corporación Gallup y el diario USA Today la mayoría de norteamericanos: el 61%, se manifiestan contra el aumento del contingente militar estadounidense en la zona del Golfo Pérsico. Falta unidad de pareceres al respecto entre la dirección del Pentágono y el Comité de Jefes de Estados Mayores de las Fuerzas Armadas de EE UU.

Pero ¿tal vez el discurso del presidente de EE UU al pueblo norteamericano persiguiese esa reacción precisamente? Es difícil creer que la Casa Blanca no comprenda que su política miope hacia Irak metió a la Administración washingtoniana en un atolladero. Cada paso suyo no hará más que empeorar la situación: la evacuación relativamente rápida de las tropas recomendada por Baker-Hamilton o el aumento del contingente militar según decidió el mandatario, no surtirán efecto.

El ejército regular, pese a su abrumadora superioridad en armamento, material de guerra y los métodos más modernos de aseguramiento combativo incluido el reconocimiento espacial, los sistemas de guiado, y de comunicaciones y telecomunicaciones, no es capaz de reducir a las formaciones paramilitares de todos pelajes dotados solamente de fusiles automáticos, lanzagranadas, coches-bomba y kamikaze. Es imposible luchar contra los rebeldes que no tienen centro único, mando común, una estrategia concordada ni una táctica de operaciones de combate que los generales y asesores militares norteamericanos simplemente no pueden pronosticar.

Tanto ahora como al cabo de uno o dos años será imposible marcharse de Irak. Al percatarse de su fuerza, los radicales islámicos, sea los chiítas o los sunitas, o bien los agrupados en la cacareada Al Qaeda y Hezbollah, comenzarán a hacer alarde de ésta provocando sangriento caos no sólo en Oriente Próximo o Afganistán y Paquistán, sino también en Europa, Norteamérica y el Sureste Asiático…

La actual Administración de la Casa Blanca no quiere asumir responsabilidad histórica por esa situación. Busca endosarla a otros.

Tal vez por esta razón en su discurso a la Nación George Bush no sólo dijo que los iraquíes y su actual Gobierno deberán asumir la responsabilidad por la situación en el país, sino que les fijó el plazo en que han de presentar informe sobre sus éxitos: noviembre de 2007. No estará de más recordar que éste coincide con el pleno apogeo de la campaña electoral presidencial en EE UU.

Por consiguiente, devienen transparentes y claras el sentido solapado del “aumento del contingente norteamericano en Irak” y otros “hallazgos de la nueva estrategia de Bush”.

Actualmente ya es evidente que después de todas las “peripecias iraquíes” los representantes republicanos podrán despedirse de las ilusiones a ser representados en el Olimpo norteamericano. Sin embargo, si se toma la decisión de poner coto a la campaña iraquí y de retirar las tropas norteamericanas este año precisamente, la bochornosa derrota estará vinculada por siempre con la Administración republicana y su presidente.

Pero de ser iniciada esa labor –que comenzará indudablemente con el presidente-demócrata- todos los fracasos sufridos en Irak se verán asociados solamente a su nombre. Y al cabo de un plazo presidencial, los republicanos podrán pretender de nuevo con pleno derecho al cargo Nº1 de EE UU.

Sería ingenuo suponer que a George Bush y su equipo les preocupe demasiado la situación en Irak y en torno suyo después de evacuadas las tropas norteamericanas de esa zona. Hoy y mañana lo principal para ellos es sacar provecho de su evidente derrota sufrida en la zona del Golfo Pérsico. En vista de ello, la maniobra táctica referente al aumento del contingente pentagoniano y otras medidas presuntamente orientadas a “estabilizar la situación en Bagdad y la zona contigua” no son más que un subterfugio destinado a mantener la influencia duradera de los republicanos sobre la vida política y económica de EE UU. Tal vez, ya al cabo de cuatro años.

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Víktor Litovkin, RIA Novosti.

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